El demonio neón y la muerte de la belleza

La película The Neon Demon (2016) del director danés Nicolas Winding Refn puede ser considerada como una obra que ilustra el estado del arte actual o, al menos, la concepción estética de turno. Esta reseña alude a escenas de la película (spoilers), por lo que recomendamos verla antes de continuar. 

La historia se centra en Jesse (Elle Fanning), aspirante a modelo, quien, mudándose a Los Ángeles, logra ser tempranamente reclutada como musa de un magnate de la moda (Alessandro Nivola). Jesse, de una belleza pura y virginal que haría morir de envidia al mismo Apolo, se convierte en objeto de deseo de todos quienes la rodean. 

En El banquete de Platón, hay un discurso que calza perfecto con la forma en que Jesse es valorada por su entorno. En el diálogo, Sócrates recapitula parte de la discusión señalando que Eros sería amor de lo que se tiene necesidad, esto es, amor por lo bello. Pero si esto es así, entonces Eros no posee la belleza, y tampoco, al ir unidas, las cosas buenas. Allí Sócrates recuerda el discurso dado alguna vez por Diotima, filósofa que afirmara que Eros no sería un Dios, ya que no posee las cosas buenas, bellas y, en consecuencia, la felicidad. Sería más bien un gran demon que está entre lo divino y lo mortal. 

Con su belleza, Jesse aquí representaría lo divino, mientras que las modelos que la envidian serían simples mortales que necesitan de su belleza para elevarse del averno en el que se mueven diariamente. Para Diotima, el amor es el deseo de poseer el bien, pero también de procrear en lo bello, referido tanto al cuerpo como al alma. El amor, afirma Diotima, no es amor de lo bello, como cree Sócrates, sino que amor de la generación y procreación en lo bello, en lo que sería una profunda búsqueda de algo eterno e Inmortal. Esto queda patente cuando las modelos terminan asesinando a Jesse, en lo que pareciera ser un rito de origen dionisiaco, no solo le quitan la vida, sino que también ingieren su cuerpo, pues solo así pareciera que pueden ser parte de lo bello.  

Contrario a varias doctrinas estéticas, aquí lo bello no sería objeto de contemplación desinteresada, sino que de consumo y destrucción. El deseo, como sostenía Zygmunt Bauman, es el anhelo de consumir, de absorber, devorar, ingerir, digerir y aniquilar. El deseo no necesita otro estimulo más que la presencia de alteridad. Esa presencia es siempre una afrenta y una humillación. El deseo es precisamente el impulso por vengar la afrenta y disipar la humillación. Es la compulsión de cerrar la brecha con la alteridad que atrae y repele, que seduce con la promesa de lo inexplorado e irrita con su evasiva y obstinada otredad. El deseo es el impulso por despojar la alteridad (Jesse) de su otredad y, por lo tanto, de su poder. A partir de ser explorada, familiarizada y domesticada, la alteridad debe emerger despojada del aguijón de la tentación. El deseo es así también, destaca Bauman, un impulso de destrucción y de muerte. 

Este viraje de la estética de una contemplación desinteresada de lo bello al consumo y destrucción de este queda patente en la película cuando una de las modelos antropófagas de la belleza de Jesse termina vomitando uno de sus ojos, órgano que siempre ha estado sujeto a una serie de simbolismo en la historia del arte. Pensemos, por ejemplo, en la polémica obra Historia del ojo de George Bataille o el cortometraje Un perro andaluz de los surrealistas Luis Buñuel y Salvador Dalí. En todos estos casos, las respectivas escenas donde se profana el ojo nos ilustran lo aquí señalado: este ya no es un órgano para la contemplación, sino para el uso, gasto y goce de los sentidos. El ojo es así despojado de su función original, erradicándose de su posición natural, para formar ahora parte de las cavidades que solo buscan la degeneración. Es por esto por lo que el expulsado ojo de Jesse del vientre de una de las modelos es rápidamente ingerido por otra, como queriendo mostrarnos que todo intento por resucitar la contemplación de la belleza clásica está condenado al fracaso. 

Eduardo Schele Stoller.

Bauman y la turística ética posmoderna

Bauman caracteriza la revolución posmoderna de la ética como la debacle misma de lo ético, al sustituirse la ética por la estética y al liberarse las acciones de los opresivos deberes, mandamientos y obligaciones. Las utopías e idealismos de ayer se han convertido en fines pragmáticos, viviendo ahora en la era del individualismo puro y de la búsqueda de la buena vida, limitada solamente por la exigencia de tolerancia. Esta moralidad minimalista se basa en el relajamiento gradual de la tradición y la creciente pluralidad de contextos. Una vez que se cuestiona el criterio de evaluación, las dimensiones para la medición comienzan a ramificarse y a crecer en direcciones cada vez más distantes entre sí.

Los fenómenos morales, afirma Bauman, son esencialmente “no racionales”. Al no ser regulares, repetitivos, monótonos y predecibles, no pueden presentarse como una guía de reglas, estando así en contra de un universalismo moral (modernidad). Con el pluralismo de reglas, las elecciones morales nos parecen intrínsecamente ambivalentes. Vivimos tiempos de una fuerte ambigüedad moral, lo que, si bien nos ofrece una libertad de elección nunca vista, también nos lanza a un estado de incertidumbre agobiante.

La moralidad de una sociedad, según Bauman, debiera fundarse de tal manera que comprometa a los seres humanos para no depender de ninguna autoridad supra o extrahumana. Pero, paradójicamente, Bauman destaca que todas las instituciones sociales apoyadas en sanciones coercitivas se han fundado sobre la suposición de que es imposible confiar en que el individuo hará una buena elección. La libertad individual se somete así a normas heterónomas, lo cual, a la larga, evita a los individuos la agonía de la incertidumbre en una sociedad racionalmente organizada.

Pero al caer bajo peso de la multitud, la otredad -aspecto clave para que haya moral- termina por asfixiarse y extinguirse. Mientras la responsabilidad moral se nutre de la diferencia, Bauman afirma que la multitud vive de la similitud. La multitud suspende y hace a un lado a la sociedad con sus estructuras, clasificaciones, categorías y papeles, eliminando de paso la moralidad. La multitud borra la distancia que permite el reconocimiento y la responsabilidad, pues la multitud representa el consuelo de no tener que tomar decisiones ni padecer la incertidumbre.

De concretarse lo anterior, Bauman prevé que no podrán ya visualizarse los impactos futuros de nuestras acciones, pues, para esto, debemos estar bajo la presión de una incertidumbre aguda. La actitud moral verdadera consiste precisamente en lograr que esta incertidumbre no se haga a un lado ni se elimine, sino que se abrace conscientemente. No obstante, hemos preferido delegar tal responsabilidad diluyéndonos en la masa. Como ha destacado Bauman, la tolerancia posmoderna parece alimentar la intolerancia, ya que, si bien la gran certidumbre se ha disipado, el proceso se dividió en una multitud de pequeñas certidumbres, aferradas con más ferocidad a su pequeñez.

Al igual que el vagabundo, el turista sabe que no permanecerá mucho tiempo en el sitio al que llegó. La capacidad estética del turista, su curiosidad, necesidad de diversión, disposición y capacidad de vivir experiencias nuevas y placenteras buscan lograr poseer una libertad de esparcimiento total. Los turistas, a juicio de Bauman, pagan por su libertad, pagan por el derecho a pasar por alto los intereses y sentimientos de los nativos. El turista quiere tejer su propia red de significados, obtenidas mediante una transacción netamente comercial. Para el turista, la rutina cotidiana de los nativos no es más que una mera colección de emociones exóticas, de dramas históricos y de rutinas ajenas. Físicamente cerca, espiritualmente remoto, esa es la fórmula del turista. El alto precio que paga lo hace en parte para que no haya proximidad moral, es decir, para asegurar su libertad y evadir el deber.

En el mundo posmoderno, el turista ha pasado a configurar el modelo de vida cotidiana. El turismo ya no es así algo que solo se practique en vacaciones. La vida normal, la vida buena, deberá ser una vacación continua. La pretensión es vivir en una cultura del carnaval, en donde haya constantes ferias de ruptura pública de la moralidad, la tradición y la rutina. El rito, el exceso, representados en la figura de Dionisos de antaño, amenaza ahora con extender su temporalidad a un estado de vacación constante, en donde la única moral que vale será aquella del derecho a la liviandad, a la felicidad, al no reconocimiento del otro. Pero en el fondo, esta es una no moral, pues ésta siempre ha sido entendida de la mano del deber, idea que busca erradicarse desde la lógica del turismo.

Eduardo Schele Stoller.

Bauman: amor, deseo y consumo

Una visión clásica del amor podemos encontrarla en los diálogos de Platón, cuando Diotima le señala a Sócrates de que el amor no se dirige a lo bello como él cree, sino a concebir y nacer en lo bello. Amar es desear concebir y procrear, razón por la cual el amante busca y se esfuerza por encontrar la cosa bella en la cual pueda concebir. El amor no encuentra su sentido en el ansia de cosas ya hechas, completas o terminadas, sino en el impulso a participar en la construcción de esas cosas. En este sentido, afirma Bauman, el amor está muy cercano a la trascendencia, siendo tan solo otro nombre del impulso creativo.

Esta visión contrasta con la de nuestra actual cultura, partidaria de los productos listos y dispuestos para su uso inmediato, las soluciones rápidas, la satisfacción instantánea, resultados sin esfuerzos prolongados, recetas infalibles, seguros ante cualquier riesgo, garantías de devolución de dinero. El amor clásico se ha convertido así en deseo, asociado este último directamente con el afán de consumo.

El deseo, sostiene Bauman, es el anhelo de consumir, de absorber, devorar, ingerir, digerir y aniquilar. El deseo no necesita otro estimulo más que la presencia de alteridad. Esa presencia es siempre una afrenta y una humillación. El deseo es precisamente el impulso para vengar la afrenta y disipar la humillación. Es la compulsión de cerrar la brecha con la alteridad que atrae y repele, que seduce con la promesa de lo inexplorado e irrita con su evasiva y obstinada otredad. El deseo es el impulso para despojar la alteridad de su otredad y, por lo tanto, de su poder. A partir de ser explorada, familiarizada y domesticada, la alteridad debe emerger despojada del aguijón de la tentación. Lo que se puede consumir atrae, los desechos repelen. El deseo es así también, destaca Bauman, un impulso de destrucción y de muerte.

Por otra parte, el amor se basa en el anhelo de querer y preservar el objeto querido. Un impulso para ingerir, absorber y asimilar al sujeto en el objeto, y no a la inversa como en el deseo. El amor es la supervivencia del yo a través de la alteridad del yo, por eso implica el proteger, nutrir, dar refugio, estar al servicio, a la disposición. Dominio a través de la entrega. El dominio y el ansia de poder, afirma Bauman, son gemelos siameses. Si el deseo ansía consumir, el amor ansía poseer. El deseo aniquila su objeto, el amor busca la durabilidad. El deseo destruye su objeto. El amor esclaviza, hace prisionero y pone en custodia al otro. Arresta para proteger.

Para Bauman el consumismo ya no es sinónimo de acumular bienes, sino de usarlos para luego hacer lugar para nuevos bienes y su uso respectivo. La vida del consumidor invita a la liviandad y a la velocidad, así como a la novedad y variedad que se espera que estas alimenten y proporcionen. Aquellos que no necesitan aferrarse a sus posesiones durante mucho tiempo están en la cima. En la sociedad de consumo la imagen del éxito es la de la renovación constante.

Un hombre así estará plagado de angustias, pues existe siempre la sospecha, señala Bauman, de que estamos viviendo en la mentira o el error, de que algo de importancia crucial se nos ha escapado, perdido o traspapelado, de que algo hemos dejado sin explorar o intentar, de que alguna posibilidad de felicidad desconocida y diferente a la experimentada hasta el momento se nos ha ido entre las manos o está a punto de desaparecer para siempre. Estamos, en consecuencia, condenados a permanecer en la incompletitud y la insatisfacción. El viaje no tiene fin. El itinerario es modificado en cada estación, y el destino es una incógnita a lo largo de todo el recorrido.

El lazo entre la sublimación del instinto sexual y su represión afirma Bauman, se ha roto. La moderna sociedad liquida ha encontrado una manera para sublimar los instintos sexuales sin necesidad de reprimirlos. Ya no impulsados por presiones coercitivas, sino por la seducción de los objetos de deseo sexual disponibles. Cuando la calidad nos defrauda, buscamos la salvación en la cantidad. Cuando la duración no funciona, puede redimirnos la rapidez del cambio. Y esta rapidez es la que también parece regir las relaciones sociales. Cada conexión, sostiene Bauman, puede ser de corta vida, pero su exceso es indestructible. En medio de la eternidad de esa red imperecedera podemos sentirnos a salvo de la irreparable fragilidad de cada conexión individual y transitoria. Siempre podemos correr a refugiarnos en esa red cuando la multitud que nos rodea se vuelve intolerable.

Un caso paradigmático es el que ocurre con los celulares que ayudan a estar conectados a los que están a distancia, pero también permiten a los que se conectan mantenerse a distancia ¿Por qué su popularidad? ¿Fue por la nueva facilidad para conectarse o la nueva facilidad para desconectarse? El advenimiento de la proximidad virtual hace de las conexiones humanas algo a la vez más habitual, pero superficial, más intenso, pero breve, no lográndose establecer, por tanto, un vínculo. Demandan así menos tiempo y esfuerzo para ser realizadas y menos tiempo y esfuerzo para ser cortadas. Así, si bien la distancia no es obstáculo para conectarse, conectarse no es obstáculo para mantenerse a distancia. Estar conectado es más económico que estar relacionado, pero también bastante menos provechoso en la construcción de vínculos y su conservación.

Eduardo Schele Stoller.

Bauman: modernidad líquida, inseguridad y consumo

Zygmunt Bauman nos dejó una idea que nos permite dar cuenta un problema creciente en nuestra sociedad: el análisis de la inseguridad mediante el concepto de “modernidad líquida”.

Según Bauman, estamos en la presencia del paso de la fase sólida de la modernidad a la líquida contemporánea, esto es, a una condición donde las formas sociales ya no pueden mantener su forma por más tiempo, donde ahora lo único que permanece es la transitoriedad.

Si lo que prima es lo efímero, las sociedades abiertas contemporáneas estarán asediadas por el miedo, la inseguridad y la incertidumbre, debido a que hemos dejado de tener el control como individuos, como grupos y colectivo. Todo esto como efecto de haber profanado lo sagrado, desautorizando el pasado y negando a la tradición. Destruimos así, señala Bauman, la armadura protectora de las convicciones, disolviendo, en consecuencia, las fuerzas que podrían mantener el orden.

Esto no era un problema para la modernidad sólida (sistémica), la cual tendía a un totalitarismo claro. En cambio, el capitalismo permitió que coexistieran una cantidad tan numerosa de autoridades que ninguna de ellas puede ser considerada como exclusiva ni muy duradera. Cuando las autoridades son muchas, afirma Bauman, tienden a cancelarse entre sí.

Una manera que los individuos han encontrado para intentar eludir la inseguridad crónica es consumiendo. Tratan de comprar, sostiene Bauman, una promesa de certeza, de identidad, de armonía, de coherencia. La búsqueda de identidad es la lucha constante por detener el flujo, por solidificar lo fluido, por dar forma a lo informe. Esta compulsión puede evidenciarse en los espacios de consumo, en los cuales los individuos comparten, pero no interactuando entre ellos. El llamado al consumo, como ha señalado Bauman, es individual, intentando despertar una cadena de sensaciones experimentable solo subjetivamente.

Eduardo Schele Stoller.