Zurita y la desaparición de los muertos 

La palabra <<INRI>> es el acrónimo de Jesus Nazarenus Rex Iudaeorum, que en latín quiere decir: Jesús de Nazaret, rey de los judíos, rótulo de carácter irónico que Pilatos grabó en su cruz. Pero en algunos lugares, el término <<inri>> ha adoptado una acepción distinta: burla que supone un trato desfavorable o desconsiderado hacia una persona. ¿Podrán estos dos significados relacionarse? 

En el epílogo de INRI, Zurita nos deja claro que el objetivo de su poemario es, de alguna forma, homenajear a todos los asesinados por la dictadura militar, cuyos cuerpos fueron arrojados sin ninguna consideración sobre las montañas, lagos y mar de Chile.  

A falta de tumbas, Zurita nos dice que Chile encalló y naufragó, cual barco a la deriva, en un pedrerío reseco de olas, esto es, en pleno desierto. Y es que este barco herrumbroso y negro no podía más que hundirse sobre un mar de piedras, dejando atrás el día, abrazando la noche con una improvisada cruz a sus espaldas, de la que inútilmente intentaron aferrarse los muertos, un mar de muertos que se hunde entre las piedras del desierto donde una vez hubo un país, pero que ahora se ha consumado junto a sus paisajes. 

Paisajes que expiran como los muertos que yacen bajo ellos y que, como simples mortales, no parecen tener opción de resurrección. En sus cruces no iría estampado el <<INRI>> del nazareno, en sus cruces ni siquiera iría registrado sus nombres, suceso que hace palidecer aún más el corazón de quienes los contemplan. 

Y es que, como señala Zurita, han cortado todos los puentes, hundiéndose por igual tanto la cordillera como el pacífico, quedando tan solo las palabras como huellas, páginas muertas que sueñan con auroras lejanas, nuevos amaneceres que reciban el florecimiento del paisaje, y donde los muertos emerjan desde un nuevo mar hasta un nuevo cielo, permitiendo, con ello, que florezca nuevamente también el amor, aquel sentimiento que también fue asesinado, junto a las personas que cayeron como meras carnadas al mar. 

Pero en el mismo epílogo, Zurita nos advierte que esta última esperanza no ha sido más que un sueño, pues tanto las flores como la aurora han sido aquí inexistente. En realidad, estos muertos no tienen cómo resucitar, pues no tienen reino al que volver ni poder que reclamar. Para ellos se habría aplicado más bien el <<inri>>; la burla y el trato indigno, impropio para todo ser humano, donde ni siquiera hubo espacio para la cruz o placa mortuoria. 

Eduardo Schele Stoller. 

Oda a la demencia: apuntes sobre la Generación Beat 

Más allá de la decadencia que exponen los escritores de la Generación Beat en sus textos, podemos hallar en ellos varios síntomas propios de la sociedad contemporánea, muchos de los cuales seguimos padeciendo, a unos 70 años del origen del movimiento.  

En Aullido, por ejemplo, Allen Ginsberg nos relata cómo la locura destruyó las mejores mentes de su generación, quedando hambrientas, histéricas y desnudas, expulsadas de las academias por su escritura obscena y odas a las drogas. Mentes que, si bien relataban pesadillas, de alguna forma estas mismas ensoñaciones los habían despertado a la realidad. 

Una esfinge de cemento y aluminio abrieron sus cráneos, devorando sus cerebros e imaginación, condenándolos a la soledad, a la inmundicia y los sollozos. Y es que pareciera que solo a través de las alucinaciones que producen tales sustancias es que su puede vivir en éxtasis, iluminando en parte una existencia de naturaleza oscura y carente de sensibilidad. 

Este es el proceder de una generación demente, en búsqueda de nuevos amores bajo las inapelables rocas del tiempo, todo mezclado con suicidios, crucifixiones y epifanías. De allí la necesidad de la droga, que todo santifica, incluida la demencia sufriente y horrible de los mendigos mentales. No parece haber otra salida, como nos dice Jack Kerouac en Tristessa, cuando estando vivos estamos muertos, no pudiendo escabullirse en las labores cotidianas como hace el resto. 

Pero esto no tiene su causa en la mente demente, pues, según Kerouac, la vida de por sí es dolorosa, lo que explicaría nuestra tendencia a la tristeza. Si vivimos en constante dolor es porque la vida es dolor. De aquí en más el objetivo principal será lograr vivir despreocupadamente, ya sea la pobreza, la decadencia o la adicción, tal como el personaje de Tristessa, quien no era consciente de lo sombría que era su existencia, pues, probablemente, no conocía más realidad que la que le había tocado vivir. Es la vida misma la que se encarga de destruir la inocencia y develar el hecho de que todos hemos nacido para morir. Nuevamente, todo se reduce a la frecuencia de nuestros pensamientos, ya que, si esta aumenta, con ello lo hará también el dolor.  
 

Sin embargo, ni siquiera es necesario el pensar, pues basta con contemplar la muerte y suciedad que rebosa en las calles, como si existiese una enorme, implacable y rabiosa fuerza generando este mundo viscoso. Ante esto, como declara William S. Burroughs en El almuerzo desnudo, no quedaría más que entregarse al delirio, reduciendo a pequeños instantes la lucidez de la perversidad que nos rodea. Pero más que escapar de esto, lo que parecen aborrecer estas mentes dementes es el tedio, condición propia del idiotizado hombre occidental moderno, la que ha tratado de evadir mediante artefactos y labores, sin las cuales se vería desnudo.  

Y es, finalmente, el aburrimiento la tensión que no afecta al drogadicto, el que incluso no siente tedio luego de mirarse 8 horas seguidas la punta del zapato, todo a costa de olvidar ciertos placeres corporales, convirtiéndose en una especie de fantasma gris, impermeable a la repugnancia, la vergüenza y reducido a un mero instrumento que se dedica a absorber, más no padecer, el medio en el que vive. 

Eduardo Schele Stoller. 

Jardín en ruinas: los pesares de Pizarnik 

Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste.   

Alas convertidas en pétalos podridos, razón vuelta en vino agrio, la vida convertida en un vacío. Desde estas condiciones parte la profunda poesía de Pizarnik, dando cuenta del horror y destrucción de la civilización y donde solo la alusión al infinito parece salvarnos. El cansancio de las preguntas, de las angustias, de Dios y de la espera ante la anhelada muerte, nos crea la necesidad de viajar entre plegarias y aullidos. 

Es en este viaje que creamos sermones, arrodillados y adorando frases externas, inventando nombres, con la ilusión de poder comunicar lo incomunicable, de abrazar el mundo y, mediante la luz, eliminar el miedo de no saber nombrar lo que no existe. Aquí también se da para Pizarnik la nostalgia, al extrañar el desacostumbramiento, el oficio de recién llegado. Una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo, siendo iluminados ante nuestra propia falta de luz. 

Y es que a la casa del lenguaje se le ha volado el tejado, por lo que las palabras ya no guarecen, pero es por eso mismo que hablamos, aunque sin sentido ni destino, mirando, nos dice Pizarnik, con inocencia, como si no pasara nada. Solo así parece posible restaurar y reconstruir en la víspera de la muerte, víspera que pueda transcurrir como una fiesta delirante, que simule un lenguaje sin límites para poder desnudar la garganta y medir la elevación del espíritu en medio de la visión enlutada, desgarrada del jardín con estatuas rotas. 

Es la ruptura de tales monumentos lo que nos ha desnudado, llevándonos al hastío de tener que recoger los despojos, los restos de una civilización colapsada. Como una pequeña difunta en un jardín en ruinas, Pizarnik declara ocultarse en el lenguaje debido al miedo de naufragar entre los fragmentos del pasado. Sin embargo, ¿podrá el lenguaje desenterrar un mundo? ¿pueden salvarnos las palabras? Pizarnik teme dejar de ser la nunca fue, esto es, perder los lazos que la unían a aquello que ya estaba desunido, corroído por ficciones impuestas desde fuera.  

Y en este sentido, nada se vuelve más intenso que el terror de perder la identidad, quedando abandonados en una casa en ruinas, con la esperanza de encontrar un jardín inaccesible, propicio solo para la contemplación, no para habitar en él, pues es en el alojamiento que no podemos evitar ir hasta el fondo de nosotros mismos. 

Eduardo Schele Stoller.

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Soublette y la poética del acontecer 

No es que el mundo se vaya a acabar; el mundo ya se acabó.   

El filósofo chileno Gastón Soublette realiza duras críticas al mundo puramente causal en el que vivimos, donde la ciudad expulsa como cuerpos extraños a la poesía y el misterio, haciéndose la verdad vertical y absoluta, clavándose en el suelo como un poste. La urbe moderna erizada de rascacielos es una materialización analógica del absolutismo vertical de la mente moderna.  

Si bien nacemos con la aptitud para entender al mundo, la observación humana está viciada por las proyecciones que el sujeto estampa sobre las cosas, esto es, por sus propias pretensiones, las que, destaca Soublette, ni si quiera le son propias, sino que impuestas por aquellos que golpean y aprietan más fuerte. Y es que la observación humana tiene el ojo enfermo por el deseo de apropiación y dominio, definiendo y percibiendo las cosas limitados por la semejanza de lo que tenemos más a mano. En esto también habría una necesidad, pues una vez que constatamos nuestra desnudez, nos comenzamos a vestir para evitar la vergüenza mediante la ciencia, en vista de establecer un muro protector y vivir con dignidad. El problema es que, procediendo de esta forma, nos enemistamos con la vida a través de las diversas ideologías.  

Es al comer del árbol de la ciencia de la ganancia y de la pérdida, cuando se aspira a la riqueza y cuando se construyen los grandes edificios, que desaparecen, afirma Soublette, los jardines divinos. Bajo este panorama, nuestra visión y audición quedan muy próximas a la ceguera y a la sordera, pues están distorsionadas por el deseo de que lo visto y oído aparezca como lo que se espera que sea. Aunque, eventualmente, lo creído puede desvanecerse, desgajando lo visto, apareciendo con el tiempo la decepción o la sorpresa, lo que podría dar paso a la constatación del vacío.  

El enfrentamiento crudo y directo con la virtud del vacío se elude mediante el juego ritual, el que se asocia a un sentido, usualmente en sintonía con el universo. Citando a Confucio, Soublette nos dice que el rito es la conducta humana transformada en obra de arte, eludiendo el enfrentamiento directo del sentido. Y es aquí donde se vuelve necesario el volver a la naturaleza, entendidos estos espacios como reservas de paz para que el avance del desierto del espíritu no sea tan evidente. Pero la magia ha sido abolida por una malla de conceptos, expulsada por un pensamiento ordenado y legaliforme. El espacio, destaca Soublette, se llenó de cálculo, de ruido y parloteo, pues el silencio se nos vuelve insoportable al tener que lidiar con nuestra desnudez (no ser). 

Lejos de ser algo apocalíptico, el fin del mundo ha sido más bien un hecho banal. Deambulamos, señala Soublette, entre los escombros de lo que fue un mundo. Acostumbrados a lo monstruoso nos vamos acostumbrando a todo, mientras la mayor desgracia sea la de otros. Creemos que los recursos financieros y la tecnología nos construirán algo mejor, pero ya no hay un mundo que mejorar. Y es que ya estamos en el juicio final, pero desconociendo, nos advierte Soublette, quienes son los jueces y los defensores.  

Eduardo Schele Stoller. 

POETICA DEL ACONTECER, LA. SOUBLETTE, GASTON. 9789561125735 Librería del GAM

Mistral y la belleza como cura para la desolación

De toda creación saldrás con vergüenza, porque fue inferior a tu sueño.   

No son pocos los filósofos que han destacado una cierta inherencia de tristeza al ejercicio del pensamiento. En poesía también podemos aludir a algunos ejemplos. Este es el caso de Gabriela Mistral en el poemario Desolación. 

Describiendo al pensador de Rodin, Mistral declara cómo este, con el mentón sobre la mano ruda, se acuerda que no es más que carne sobre huesos, carne fatal, delante de un destino desnudo y que cae hacia una necesaria y odiada muerte. Tal constatación causa en el pensador el temblor propio de la apertura a la verdad y consecuente tristeza. Y es que el “tenemos que morir”, señala Mistral, pasa ahora por su frente, comenzando así la noche de su existencia, de la mano del terror y la angustia de aquel que medita ahora mirando de frente a su propio ocaso.  

Pero es el dolor el que nos hace viva el alma, volviéndola honda y sensitiva, convirtiéndola en casa de amargura, pasión y alarido. Esto es, destaca Mistral, en conciencia de que vamos solos, como huérfanos ante la muerte, mordiendo un verso de locura en cada tarde de la existencia. Pero es preciso exprimir el corazón para teñir el lienzo de la vida, vertiéndolo de impresiones sensibles. Es el asombro el que abre el alma, lo que en el amor abre paso también a la vergüenza, al palpar nuestra desnudez y pobreza. 

Tal condición explicará el cansancio propio del vernos arrastrarnos por los surcos de la vida, por donde el resto deambula feliz. Quizás por esto todo adquiere en su boca un sabor persistente de lágrimas, de trova, de plegaria, como un duro oficio de lágrimas. Sin embargo, al igual como vimos en Neruda, Mistral no se queda en el pesimismo, pues declara que la vida también es oro y dulzura de trigo, siendo breve el odio en comparación con el inmenso amor y alegría que, por ejemplo, nos entrega el solo hecho de contemplar la naturaleza, gracias a lo cual nos olvidamos de que es duro morir.  

No hay nada ya que mis carnes taladre. Con el amor acabose el hervir.  

En Pinares, por ejemplo, nos dice como estos árboles, con su calma, pueden dormirnos la pena y el recuerdo, causa de la amargura del pensamiento, que constantemente nos acuerda que vivimos. La naturaleza aquí nos ayudaría a evitar el silencio, tan propio del sujeto que piensa.  

Esto lo podemos ver más latente en su Decálogo del artista donde señala que este debe amar por sobre todo la belleza, aunque no se crea en el origen divino de esta. Una belleza que no ha de buscarse como un cebo para los sentidos, como pretexto para la lujuria o la vanidad, sino como alimento para el alma, quizás más cercano a lo sublime, algo que no se encuentra en las ferias ni el opio adormecedor, sino el vino generoso que nos enciende para la acción humana. 

Eduardo Schele Stoller. 

DESOLACIÓN – Ediciones UDP

Los sublimes demonios de Teresa Wilms Montt

Según registra la etimología, el término demonio procede de la voz griega antigua daimōn (δαίμων) cuya traducción en nuestra lengua, refiere al vocablo genio.

En la Antigüedad clásica, la palabra demonio era usada para designar a entidades divinas menores (algunas de ellas femeninas), generalmente vinculadas con elementos de la naturaleza cuyo propósito era establecer una suerte de puente entre los seres humanos y los dioses, cobrando especial importancia, dentro de esta última función, aquellos que se desempeñaban como emisarios encargados de conectar aspectos mundanos y terrenales con el plano divino propiciando el conocimiento y la comprensión para los hombres, de los misterios del sueño y de la muerte.

Con la llegada del cristianismo, el término mudó su significado, identificándose con aspectos oscuros y malignos, operando como el reverso de la luminosidad propuesta por la representación cristiana del bien mediante figuras angelicales, adquiriendo, de este modo, connotaciones referenciadas en la concepción binaria del mundo propia de esta ideología.

Así, ambas cosmovisiones, la clásica y la cristiana, entenderán de modo diametralmente opuesto el significado de este término abriendo la posibilidad, a través de ello, de establecer una singular dicotomía que no pocas veces, se encarnará en la obra de artistas que, seguramente sin saberlo, articularon su propuesta sobre la base de la oscilación constante y el contraste permanente entre lo divino y lo demoníaco.

Teresa Wilms Montt, poeta y narradora chilena de la primera mitad del siglo XX, trasluce en su breve pero intensa producción, rasgos representativos de esta particular dualidad. Con una vida breve y novelesca, la artista se permitió transitar desde una visión de la realidad escindida por una formación extremadamente rígida, enmarcada en el paradigma alienante y castrador del cristianismo, hacia una comprensión holística del mundo que quedó plasmada en su poesía de la mano de las luces y las sombras de un, para ese entonces, naciente Creacionismo.

Un ejemplo de lo anterior es posible de constatar en el poema Belzebuth, texto que puede ser entendido como una suerte de manifiesto en el que la poeta expresa, mediante la voz de una extasiada hablante, la necesidad y el deseo de invocar el sentimiento del amor y la pasión humanas materializándolo en la figura mítica del arcángel caído.

Así, el poema despliega una serie de elementos que refieren de modo inevitable al imaginario religioso que son empleados por la poeta como una suerte de provocación a su contexto epocal y también , seguramente, como una manera de visibilizar la urgencia de desprenderse de los pesados y profundos prejuicios que cercaron su fugaz existencia.

Por otro lado, la disposición de los términos que conforman esta obra, confiere al poema una potencia capaz de deconstruir la imagen del objeto lírico (Belzebuth) y presentarlo ante el lector desde una concepción cercana al imaginario clásico en lo que respecta a su condición pues, es revelado como un ser distante de la dimensión maligna tradicional con la que se concibe lo demoníaco y presentado en cambio, como una entidad que permite a la hablante despojarse de los prejuicios y conceder a su alma la posibilidad de transitar hacia la concretización de sus reales y legítimos deseos, abandonándose a la sublime experiencia de trascender a lo que el mundo espera de ella. Sin duda, la obra de Teresa, invisibilizada y olvidada durante tantos años por el ingrato mundo de las letras, nos recuerda la urgencia de reflexionar acerca de cuan dispuestos solemos estar a despertar del letargo impuesto por la propia vida, para volver la mirada, sin temor a equivocarnos, hacia nuestra verdadera esencia, rescatando de ella lo que en realidad nos moviliza y no lo que nos sumerge en la inercia. Los sublimes demonios de Teresa nos conminan a transitar entre lo humano y lo divino, otorgándonos la posibilidad de recordar con qué propósito vivimos y de qué manera queremos verdaderamente situarnos en el mundo.

Andrea Hidalgo.

La poesía de Neruda: buscando luz en los oscuros pozos de la existencia

Es claro que la poesía de Neruda parte de cierta desazón. Como señaló Nicanor Parra, en los poemas del premio Nobel hay cierta tendencia al “llanto”. Pero sería erróneo identificar su obra con el pesimismo.  

Es cierto, como nos dice Neruda, que el corazón ha de pasar por un oscuro túnel, padeciendo de un naufragio o muerte hacia dentro. De alguna forma, nos ahogamos, cayendo desde la piel al alma. Sin embargo, el mismo poeta declara que no quiere seguir siendo raíz en las tinieblas, vacilante, extendido, tiritando de sueño, hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra, absorbiendo y pensando cada día.  

Quizás por esto señala que se cansa de ser hombre, pues sería parte de nuestra naturaleza hundirse y caer, en un viaje funerario, como ha destacado Heidegger, desde el nacimiento. Se cansa precisamente de los lamentos y desvelos sin origen, los que no hacen más que infartar el alma.  

En cualquier caso, Neruda afirma hablar de cosas que existen, no pretendiendo inventar cosas en sus cantos, pues los versos han de servirnos para cuando el crepúsculo aceche nuestros días y nos enfrentemos a la realidad de la muerte. Y es que el hombre, sostiene Neruda, es más ancho que el mar y sus islas, pero hemos de caer en él como en un pozo para salir del fondo. Solo después de esto podremos subir a nacer o, más bien, a renacer:  

Dame la mano desde la profunda zona de tu dolor diseminado. Traed la copa de esta nueva vida vuestros viejos dolores enterrados.  

Tal como promulgara Nietzsche, este renacer supone el olvido, como elemento necesario que puede desarrollar el crecimiento y alimentar la vida. Aquí Neruda nos dice que, si nos obligamos a vivir en las quemaduras, no es para detenerse en ellas ni para golpearse contra la tierra, sino para caminar conociendo, esto es, para cargarnos de sentido. Esta severidad contará así como una condición de la alegría y para sentirnos invencibles.  

En todo este camino nos puede acompañar la poesía, camino que deambula desde las más enrarecidas alturas hasta la simpleza insigne de los hombres comunes. Y es que es entre este tipo de personas y sus prácticas que dejamos atrás el lamento de la muerte y nos dedicamos a vivir, pidiendo permiso para volver a nacer. Es por esto que, para Neruda, es deber de los poetas cantar con sus pueblos y dar al hombre lo que es del hombre: sueño y amor, luz y noche, razón y desvarío.  

Quizás esta vida y canto común puede verse perturbada a ratos por contemplaciones sublimes, esto es, cuando de pronto logra verse el cielo desgranado, abierto, en conjunto con los planetas y la noche arrolladora. El mínimo ser que somos queda así ebrio del gran vacío constelado, sintiéndose parte del abismo, rodando con las estrellas y desatando su corazón al viento. Pero antes de “descansar” en estos dominios, es preciso haber atravesado por la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio, en vista de poder llegar al recinto mágico en que podamos danzar torpemente o cantar con melancolía.  

El poeta, afirma Neruda contra Huidobro, “no es un pequeño Dios”, ya que no está por sobre quienes ejercen otros menesteres y oficios; el mejor poeta es el que nos entrega el pan de cada día. Por eso Neruda declara que con sus versos quiso instalarse como un objeto palpable, tal como instrumentos útiles de trabajo. A pesar de reconocer que su poesía parte del abandono y el dolor, señala siempre haber tenido confianza y esperanza en el ser humano en su objetivo por conquistar, con ardiente paciencia, la justicia y la dignidad. De lograrse esto, la poesía no habrá cantado en vano. 

El gran dilema que aqueja al individuo consciente es si debe obedecer el necesario decreto de la muerte o, como pretende Neruda, lograr sentirse bien, tal como el cuerpo lo aconseja. En esta duda no sabemos si dedicarnos a meditar (filosofía) o a alimentarnos de claveles (poesía). Para Neruda la decisión es clara: terminados los lamentos, y en busca del renacer de la profunda zona del dolor humano, ha de cantarse sobre cosas que alegren el espíritu y llenen el corazón, es decir, la poesía ha de centrarse en tópicos que alimenten nuestras ganas de vivir.  

Lejos entonces del pesimismo, la búsqueda de Neruda a través de la poesía es alcanzar los bordes luminosos de los oscuros pozos de nuestra existencia, aunque hayamos tenido antes que llorar para reír después con más fuerza. Como nos dice en El mar y las campanas: 

Si cada día cae 

dentro de cada noche 

hay un pozo 

donde la claridad está encerrada. 

Hay que sentarse a la orilla  

del pozo de la sombra  

Y pescar luz caída 

con paciencia. 

Eduardo Schele Stoller. 

(Obras utilizadas para la elaboración de esta reseña: Residencia en la tierra II, Canto general, La arena traicionada, Odas elementales, Estravagario, Las piedras de Chile, Memorial de Isla Negra, Discurso pronunciado con ocasión de la entrega del Premio Nobel de Literatura, El corazón amarillo, El mar y las campanas). 

Horizonte cuadrado: el creacionismo según Huidobro

Hacer un poema como la naturaleza hace un árbol 

En términos de Vicente Huidobro, el creacionismo cuenta como una teoría estética que pone énfasis en una poesía centrada en el acto mismo de creación. Un poema creado es un poema que en el que cada parte constitutiva, y todo el conjunto, muestra un hecho nuevo, independiente del mundo externo, desligado de cualquier otra realidad que no sea la propia, distinguiéndose del resto de fenómenos. Esto es algo que no puede existir sino en la cabeza del poeta.  

La belleza de un poema, por tanto, no radica en lo que nos evoca, sino que el poema es hermoso en sí, no teniendo punto de comparación, ya que se hace realidad a sí mismo. Un poeta debe decir aquellas cosas que nunca se dirían sin él, de allí que nos acerque, cuando se logra esto, a lo sublime, despreocupándonos de la realidad y la pretensión de veracidad. 

Al crear hechos nuevos, la poesía creacionista se hace traducible y universal, pues estos pueden ser contrastables en todas las lenguas, más allá de los arraigos culturales e identitarios. Esto no quiere decir que el poema deba ser objetivo, todo lo contrario, Huidobro señala que todo debe ser humanizado por medio del poeta, precisando lo vago, concretizando lo abstracto y abstrayendo lo concreto, siempre en equilibrio, en vista de que no se aleje lo escrito de quien escribe, perdiéndose así de sus intereses personales.  

De lo que se trata es de crear un poema sacando de la vida sus motivos transformándolos para darles una vida nueva e independiente, evitando tanto la anécdota como la descripción. Y es que, para Huidobro, el arte es una cosa y la naturaleza otra, por lo que, al mezclarlas, no se está amando ni a la una ni a la otra. Es por esto que la poesía no debe imitar los aspectos de las cosas sino seguir las leyes constructivas que forman su esencia y que le dan independencia propia.  

Habrá que luchar entonces contra la fragmentación de la totalidad, la pérdida del sentido de la unidad y el olvido del verbo creador, pero para esto, tenemos que mirar más hacia el porvenir que el pasado, pues en este último ya está todo hecho. 

Eduardo Schele Stoller. 

Huidobro Antología, Altazor y otros poemas - Curriculum Nacional. MINEDUC.  Chile.

Rilke y la actitud del poeta

Para el creador no existe la pobreza ni ningún lugar pobre o indiferente. 

En sus recomendaciones a un joven poeta, Rainer Maria Rilke destaca que una condición esencial para hacer poesía es adentrarse en uno mismo, en vista de investigar la razón del por qué escribir y de si existen raíces emotivas para hacerlo. Esto se relaciona con el valor de una obra de arte, el que depende si esta surgió o no de la necesidad, es decir, no depende tanto de su resultado como sí de su origen. 

Lejos de cálculos racionales, el artista debe madurar lentamente, aprendiendo pacientemente del día a día y, en el caso del poeta, a escribir en estado celo, bajo estados constantes de sufrimiento y deseo. El poeta no solo debe escribir sobre estas emociones, sino que, por sobre todo, padecerlas. Rilke sostiene que para escribir ha de vivirse todo, incluidas las preguntas, en espera de que algún día podamos responderlas. 

Pero para esto, el artista tendrá que abrazar una soledad grande e íntima, pues no debe encontrarse con nadie para lograr encontrarse a sí mismo. Y en sus esporádicos contactos con el resto del mundo, deambulará entre ellos como niño, siempre ajeno a sus absurdas y miserables preocupaciones, las que se alejan cada vez más raudamente de la vida.  

El extrañamiento que produce el dejar atrás las costumbres y las antiguas identidades permiten también desprenderse de viejos temores y deseos, viendo las cosas en el vacío y como juguetes rotos. Da igual que lo externo se desgrane, pues el verdadero mundo es el interior. El exterior, destaca Rilke, va desapareciendo y empequeñeciéndose cada vez más.  

Como un espectador omnipresente, el poeta ha de estar en todas partes, mirándolo todo, pero siempre desde dentro. Mientras todo se derrumba, siempre tiene la postura de aquel que se marcha o que, en realidad, nunca estuvo del todo presente. Como aquel que sobre la última colina que le muestra de nuevo su valle al completo se vuelve, se detiene, se demora, así vivimos y siempre, según Rilke, nos estamos despidiendo. 

Eduardo Schele Stoller. 

Lea Cartas a un joven poeta - Elegías del Dunio de Rainer Maria Rilke en  línea | Libros

Baudelaire y la urgencia de lo feo

“Las moscas bordoneaban sobre ese vientre podrido, del que salían negros batallones de larvas, que corrían cual un espeso líquido a lo largo de aquellos vivientes harapos…”

De vez en cuando, la literatura incluye dentro de sus filas autores cuya propuesta fractura el canon existente resignificando el concepto de lo que, aun hoy, asociamos con lo bello. Es el caso de Charles Baudelaire, poeta maldito de la segunda mitad del siglo XIX quien, definido como un aficionado a la decadencia de la condición humana, propuso y plasmó en sus obras un profundo replanteamiento de la estética de la poesía: el descubrimiento de la belleza en lo no bello.

Con la publicación de su obra Las flores del mal (1857), Baudelaire irrumpe con una poética provocadora e inquietante, desmarcada de todo parámetro epocal en la que se desliza una propuesta transformadora en relación a la mirada estética tradicional acerca del mundo. En el marco de esta obra y como materialización de lo anterior, el poema Una carroña entrega al lector la posibilidad de comprender que es viable fusionar elementos de la lírica tradicional con temáticas que desafían el paradigma estético-poético instalado por la tradición. Mediante el uso de tópicos familiares a un lector de poesía tradicional, el autor logra hacernos entrar en un doble juego de imágenes que contrastan de modo abrupto y progresivo entre sí, manteniendo al receptor en una permanente oscilación entre lo bello y lo feo.

El sentido de los versos que conforman este poema, es susceptible  de ser construido sólo comprendiendo que, lo que Baudelaire intenciona al exaltar lo feo, es la búsqueda urgente  de una reflexión del lector acerca de la fragilidad de su propia existencia y que, por ende, la selección de términos y  la construcción de imágenes del mundo lírico mediante estos, no es más que un recurso para conducirnos hacia un estremecimiento en función de lo leído lo que generará en nosotros la necesidad de comprender esa imagen y apropiarnos del sentido estético que dicha construcción persigue despertar.

Por otro lado, en la medida de que la obra va desplegando su sentido por construir mediante el uso de palabras que se vuelven cada vez más cruentas en cuanto al grado de precisión descriptiva, es posible conectarse con la idea de que el autor, indefectiblemente, busca relevar la noción de lo feo por sobre la de lo bello.

Esta intención responde sin duda, a un aspecto medular de la lírica de Baudelaire, quien declara a través de su obra (y también de su propia vida) un deseo de evidenciar un sentido de no adherencia a los valores que la sociedad burguesa de su época promueve. Existe entonces en este poema, un claro propósito contracultural que sustenta su disenso en la apropiación por parte de la literatura del concepto de lo feo, para exponerlo al mundo como un componente más de la existencia humana.

De este modo, las imágenes descritas no deben ser entendidas desde una mirada pragmática ni cientificista, sino más bien como un objeto estético a partir del cual el autor representa la transitoriedad de la vida invitando con ello al lector a hacerse consciente de su propia naturaleza. No obstante lo anterior, y habiendo transcurrido más de 150 años desde la publicación de esta obra,  muchos siguen  detenidos  en analizar el hecho de que Baudelaire haya escogido “estos temas” y “este lenguaje” para dar forma a su creación pues, desde la posición puramente observante (y escasamente contemplativa) desde que la mayoría de los seres humanos “valoran” el arte, el foco de atención sigue centrado en el objeto artístico y no en la forma en que éste es representado lo que explica que propuestas poéticas como la de Baudelaire continúen siendo materia de discusión y controversia.

A modo de reflexión final, resulta necesario concluir que mientras se siga insistiendo en comprender, interpretar y valorar el arte desde una visión reduccionista y cosificada, poetas como Baudelaire mantendrán intacto su lugar en la historia de aquellos que se aventuraron a desacralizar (para muchos al extremo de la profanación) el canon estético-literario. Asimismo y por fortuna, seguirá existiendo la urgencia para muchos de nosotros de revisitar sus versos cada vez que sea necesario conectarnos con la verdadera esencia de nuestra frágil y precaria condición humana.

Andrea Hidalgo.

El vuelo sin orillas de la Vanguardia Latinoamericana desde los ojos de Oliverio Girondo

El influjo y la trascendencia en la génesis de la construcción de la Vanguardia como ideario estético, surge a partir de la necesidad de los artistas de esos años de fracturar el pasado y la tradición artística heredada de los siglos XVIII y XIX.

A juicio de estos “nuevos creadores”, hasta antes de la vanguardia, la literatura y el arte en general tributaban a una función más bien utilitarista y sociológica reduciendo su sentido a la intención de retratar de modo innecesariamente fidedigno, costumbres, vicios y virtudes del ser humano con la única finalidad de analizar la relación de correspondencia (mimetizada al extremo) entre arte y vida.

Considerando que la Vanguardia, como fenómeno de transformación artístico y cultural, trasciende fronteras, extendiendo sus alcances desde Europa occidental hasta Latinoamérica de modo simultáneo (escindiendo con ello por vez primera la máxima establecida desde la tradición) es que resulta interesante analizar el modo en que su propuesta se materializa en obras literarias que pretenden dar cuenta de las intenciones renovadoras de autores que abrazaron ese ideario.

Dentro de este grupo alentado por la disidencia, el poeta argentino Oliverio Girondo visibiliza esta urgencia renovadora mediante la creación de obras marcadas por un profundo tono existencialista donde la agudeza crítica de sus escritos opera como una suerte de testimonio de las profundas transformaciones que, para este momento de la historia, se desplegaban en el proceso de deconstrucción del orden histórico y social hasta entonces conocido.

Resulta inevitable entonces puntualizar, que la obra  de Oliverio Girondo es considerada como uno de los antecedentes literarios que marcan el inicio del movimiento vanguardista latinoamericano que proponía, en el caso particular de la lírica, la disolución de los versos retóricos a través de una depuración del lenguaje empleado en las composiciones que estableciera una suerte de relevación de lo necesario en el poema por sobre el afán de representar el mundo  mediante  un cúmulo de elementos accesorios.

A consecuencia de lo anterior, la lírica vanguardista se centró particularmente en temas distanciados de los lugares poéticos comunes para focalizarse en la introspección subjetiva del “yo lírico”, entendido este como sujeto en conflicto permanente con su individualidad y también con su contexto vital. De este modo, la poesía, según la concibe y la propone Girondo, debe internarse en recodos de la existencia humana que dejen al descubierto la posición del hombre en el contexto de un mundo desmantelado por la acción demoledora de la modernidad en el cual este debe, forzosamente, resignificarse desde una experiencia vital propia, distanciada de los márgenes establecidos por un ideario social fracasado.

Apoyado en esta suerte autoconcepto generacional, el autor escogerá lugares comunes para situar en ellos sus reflexiones, destacándose entre estos escenarios el espacio de la urbe que sintetiza, en algún grado, la angustia y el desencanto por la herencia que dejaron a esta generación los ideales fallidos de la modernidad.

A partir de lo anterior, la ciudad será concebida desde una sensación de extrañamiento por parte del artista, como un espacio de no pertenencia aunque se habite en ella, un lugar otro que funcionará como una suerte de escenificación de un mundo ajeno, que conduce al ser humano hacia  la inclinación por  una actitud existencialista frente a la idea de transformación y desmantelamiento de aquello que, en el pasado, le fuese rutinario y familiar.

Así es como en Vuelo sin orillas (uno de los primeros poemas de este autor), Girondo construye una situación inicial que posiciona al hablante desde una actitud reflexiva y nostálgica que da cuenta de la decisión de este de desprenderse de aquello que, en algún momento le fue familiar y propio, pero que, desde su presente, le resulta ajeno.

Es posible distinguir en esta obra, una selección de términos que refiere a espacios y circunstancias vitales vinculables con la cotidianeidad del funcionamiento de un contexto urbano y que contrastan con el deseo y la voluntad del hablante de desapegarse de este “para salir volando/ desesperadamente”. Este enunciado contiene , a su vez, la representación del mundo que pretende evidenciarse mediante el poema, remitiendo a la construcción de una alegoría que hace referencia a la idea de liberarse de un entorno en ruinas a través del ejercicio imposible para el ser humano de emprender el vuelo. Es precisamente en esta imposibilidad, en lo que radica el tono nostálgico y desesperanzado de la obra, pues la idea del escape mediante el vuelo se instala, a lo largo del texto, como una representación del deseo de libertad que, al verse truncado por condicionantes inherentes a la naturaleza humana, se vuelve una utopía.

Avanzado el texto, es posible distinguir una tendencia hacia la progresión en cuanto al modo de describir el vuelo que el hablante adopta, dando cuenta de que el ejercicio de escapar de su contexto, lo hace iniciar un tránsito amargo por espacios que, en otro tiempo sintió propios, y que, desde su presente, le resultan agobiantes

La resignificación del mundo presentada a través de cada verso da cuenta de un universo desmantelado (fracturado, roto) por el que el hablante se desplaza a partir del vuelo emprendido que, a su vez, alegoriza el deseo de desprenderse de todo aquello que represente un obstáculo para una rearticulación de su propia existencia.

La recurrencia de expresiones sinestésicas que aluden a sensaciones corporales descritas, traspasan al lector la experiencia sensorial de vivenciar el sentimiento de imposibilidad de concretar lo que se anhela aun cuando se persiste en la intención de lograrlo, permitiendo así la apropiación estética de la obra desde la percepción y también desde la experiencia vital de quien la recepciona.

Por otra parte, y vinculando a la obra con su contexto de producción, es posible reconocer en el poema la idea de testimoniar mediante cada verso, el deseo de desvincularse de la concepción que se tuvo del arte durante siglos emprendiendo, para ello, un vuelo desesperado conducente a la comprensión de la realidad desmarcada de representaciones especulares de esta y centrada, en cambio, en su resignificación.

Considerando este enfoque, Vuelo sin orillas bien podría entenderse como una suerte de manifiesto del espíritu y los afanes que motivaron a los artistas de esta línea estética a generar canales de expresión mediante los cuales pudiesen otorgar nuevos sentidos a sus creaciones. Tal vez sea esto último lo que hace que la lente de Girondo entonces, no se agote en la mezquindad de dejarse ajustar por su propio dueño sino más bien permita que esta funcione como un espacio abierto a las regulaciones, filtros y enfoques que el lector se anime a realizar desde su propia capacidad interpretativa dando espacio, de este modo, a que cada uno pueda descender por fin en sus propias orillas.

Andrea Hidalgo.

Pizarnik: ¿Vivir o hacer poesía?

En la poesía de Alejandra Pizarnik nos encontramos una profunda crítica al lenguaje, la cual se termina transformando en pesar al no poder desprendernos tan fácilmente de la determinación de las palabras en nuestras mentes.

Ojalá fuera cierto que las palabras se las lleva el viento, pues estas tienen un amargo sabor (a vientre viejo, a huesos, a animales mojados por agua negra). Lástima que no podamos ver las cosas tan solo como cosas, pues estas, señala Pizarnik, no ocultan nada. Es por culpa de las palabras que “esperamos” un montón de cosas y es en la esperanza en donde radica muchas veces el sufrimiento. Cuando arriba la fatiga por expresar lo inexpresable, surge también el amor por el silencio. 

Es durante los silencios que las cosas parecen mostrarse, es decir, cuando estas son percibidas en vez de nombradas. “Quiero ver en vez de nombrar”, afirma Pizarnik, pues todo lenguaje es vacuo y no logra realmente llegar a las cosas. Morimos, nos dice, en poemas muertos, ya que no logran fluir como quisiéramos, no haciendo más que ilusionarnos con el presunto poder del lenguaje.

El poema es incapaz de aludir hasta a las sombras más visibles y menos traidoras, pues hablar es comentar tan solo lo que nos place o disgusta a nosotros mismos, esto es, un lenguaje visceral constatador de los fantasmas de las apariencias. En este sentido, no puede sernos eficaz un lenguaje que hemos heredado de extraños, pues ni siquiera responde a nuestros propios intereses. De allí que Pizarnik declare sentirse extranjera, sin patria, sin lengua natal. 

El poema ha de asemejarse más a una pintura, la cual, señala Pizarnik, viene a ser como un poema callado. Dentro de estos límites, la poesía se convierte en el lugar donde todo es posible, desde el humor al suicidio. En esto radica el valor de la poesía; convertirse en el lugar donde lo imposible se vuelve posible, arriesgando y transgrediendo los límites. El poeta, afirma Pizarnik, trae nuevas de la otra orilla, siendo el emisario o depositario de lo vedado, labor que lo lleva a su vez a confrontarse no solo con las maravillas del mundo, sino que también con la locura y la muerte. 

A raíz de lo anterior, se le pregunta a Pizarnik ¿no sería mejor transformar la vida en poesía que hacer poesía con la vida?, a lo que ella responde: “Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir”. 

Eduardo Schele Stoller. 

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