Soublette y la poética del acontecer 

No es que el mundo se vaya a acabar; el mundo ya se acabó.   

El filósofo chileno Gastón Soublette realiza duras críticas al mundo puramente causal en el que vivimos, donde la ciudad expulsa como cuerpos extraños a la poesía y el misterio, haciéndose la verdad vertical y absoluta, clavándose en el suelo como un poste. La urbe moderna erizada de rascacielos es una materialización analógica del absolutismo vertical de la mente moderna.  

Si bien nacemos con la aptitud para entender al mundo, la observación humana está viciada por las proyecciones que el sujeto estampa sobre las cosas, esto es, por sus propias pretensiones, las que, destaca Soublette, ni si quiera le son propias, sino que impuestas por aquellos que golpean y aprietan más fuerte. Y es que la observación humana tiene el ojo enfermo por el deseo de apropiación y dominio, definiendo y percibiendo las cosas limitados por la semejanza de lo que tenemos más a mano. En esto también habría una necesidad, pues una vez que constatamos nuestra desnudez, nos comenzamos a vestir para evitar la vergüenza mediante la ciencia, en vista de establecer un muro protector y vivir con dignidad. El problema es que, procediendo de esta forma, nos enemistamos con la vida a través de las diversas ideologías.  

Es al comer del árbol de la ciencia de la ganancia y de la pérdida, cuando se aspira a la riqueza y cuando se construyen los grandes edificios, que desaparecen, afirma Soublette, los jardines divinos. Bajo este panorama, nuestra visión y audición quedan muy próximas a la ceguera y a la sordera, pues están distorsionadas por el deseo de que lo visto y oído aparezca como lo que se espera que sea. Aunque, eventualmente, lo creído puede desvanecerse, desgajando lo visto, apareciendo con el tiempo la decepción o la sorpresa, lo que podría dar paso a la constatación del vacío.  

El enfrentamiento crudo y directo con la virtud del vacío se elude mediante el juego ritual, el que se asocia a un sentido, usualmente en sintonía con el universo. Citando a Confucio, Soublette nos dice que el rito es la conducta humana transformada en obra de arte, eludiendo el enfrentamiento directo del sentido. Y es aquí donde se vuelve necesario el volver a la naturaleza, entendidos estos espacios como reservas de paz para que el avance del desierto del espíritu no sea tan evidente. Pero la magia ha sido abolida por una malla de conceptos, expulsada por un pensamiento ordenado y legaliforme. El espacio, destaca Soublette, se llenó de cálculo, de ruido y parloteo, pues el silencio se nos vuelve insoportable al tener que lidiar con nuestra desnudez (no ser). 

Lejos de ser algo apocalíptico, el fin del mundo ha sido más bien un hecho banal. Deambulamos, señala Soublette, entre los escombros de lo que fue un mundo. Acostumbrados a lo monstruoso nos vamos acostumbrando a todo, mientras la mayor desgracia sea la de otros. Creemos que los recursos financieros y la tecnología nos construirán algo mejor, pero ya no hay un mundo que mejorar. Y es que ya estamos en el juicio final, pero desconociendo, nos advierte Soublette, quienes son los jueces y los defensores.  

Eduardo Schele Stoller. 

POETICA DEL ACONTECER, LA. SOUBLETTE, GASTON. 9789561125735 Librería del GAM

Lipovetsky: pantallas, redes y la desrealización del mundo

En menos de medio siglo, nos señala el filósofo francés Gilles Lipovetsky, hemos pasado de la pantalla espectáculo a la pantalla comunicación, de la unipantalla a la omnipantalla. Vivimos en la era de la pantalla global, ya no solo limitadas al cine o la televisión, sino que ahora extendidas a todas partes. 

Bajo la ultramodernización, el mismo cine pasa a convertirse en un hipercine, el que refleja una demanda general de sensaciones y emociones perpetuamente renovadas que se apoya tanto en el triunfo de la cultura hedonista como en la necesidad de alejarse de una cotidianidad que cada vez genera más malestar y más ansiedades subjetivas. La imagen-velocidad, por ejemplo, funciona como un vértigo, una droga a la vez hipnótica y estimulante. El cine se convierte así más en una vía de escape que en un medio para la reflexión. De hecho, los personajes del cine han pasado de ser protagonistas sublimes, ideales, para convertirse en una exageración, en una hipertrofia, traduciéndose en una imagen exceso, como una alternativa y escape a lo rutinario. 

Lipovetsky señala que esta es una nueva etapa de individuación, que se desmarca de las antiguas formas de encuadramiento colectivo, reivindicando el derecho al «delirio» juvenil y a jugar libremente con las convenciones. Presenciamos así en el cine una diversificación de enfoques, de formas, pasando del aprendizaje académico a un discurso simple, a una crítica propia de un mundo liberado de los referentes colectivos del bien y el mal, de la derecha y la izquierda, y de las grandes visiones del sentido histórico.  

La sociedad hipermoderna, sostiene Lipovetsky, está dominada por la categoría temporal del presente, producto del agotamiento de las grandes doctrinas futuristas. La cotidianidad se rige hoy por las normas del aquí y el ahora, por la instantaneidad. Una cultura consagrada al presente, basada en la brevedad de los beneficios económicos, la inmediatez de las redes digitales y los goces privados. 
 
Ante la invasión de las pantallas, Lipovetsky afirma que surgen dos actitudes; la primera se expresa en el entusiasmo de los partidarios de la inmediatez, la velocidad y la interactividad posibilitadas por la comunicación hipertecnológica, presentándose como un instrumento que contribuye a renovar y ensanchar el espacio democrático, a devolver el poder a la sociedad civil, a que los ciudadanos sean más abiertos, más críticos, más libres (teledemocracia). Sin embargo, advierte Lipovetsky, la sobreabundancia de información no equivale a conocimiento, ya que este exige una cultura previa, una formación intelectual, conceptos organizados que permitan hacer selecciones, plantear preguntas correctamente, interpretar los contenidos disponibles hasta la saciedad. Sin formación inicial ni contextos intelectuales, la relación con la abundancia informativa solo creará confusión, algo que Lipovetsky denomina como “zapeo del turismo intelectual”. 
 
Sumémosle a esta dificultad la amenaza que significa internet para la vinculación social. Lipovetsky señala al respecto que si bien en el ciberespacio los individuos se comunican sin cesar, estos ya no se conocen. En la sociedad de las redes informatizadas, los individuos se quedan delante de la pantalla en vez de reunirse y vivir experiencias juntos. Nos comunicamos informáticamente, en lugar de hablar directamente con los demás. Se denuncia así el crecimiento de una existencia abstracta, informatizada, sin vínculo humano tangible. Conforme el cuerpo deja de ser el asidero real de la vida, el horizonte que se perfila es el de un universo fantasma, un universo descorporeizado y desensualizado, perdiéndose en las pantallas la realidad del mundo sensible, en lo que sería un decadente proceso de desrealización. 

Eduardo Schele Stoller.

La pantalla global - Lipovetsky, Gilles,Serroy, Jean - 978-84-339-6290-4 -  Editorial Anagrama

La minoría de edad intelectual del “Homo digitalis”

Hoy en día, la verdad viene definida por los primeros resultados de la búsqueda de Google. Yuval Noah Harari. 

El escritor español José María Lassalle destaca cómo la revolución digital en la que estamos inmersos hace cada día más palpable la condición posmoderna, asociada al dominio de la técnica y la consecuente incapacidad para decidir por nosotros mismos. Sin capacidad crítica y asfixiados por un incesante flujo de información, el ser humano comienza a padecer los efectos de la que podría llegar a convertirse en dictadura tecnológica, donde veremos una concentración inédita de poder, no necesitando este ya de ningún relato de legitimidad para su justificación.  

Según Lassalle, parece inevitable que en el siglo XXI aparezca un “Ciberleviatán”, en vista de tener un poder único y centralizado, mediante el que se permita dar orden y sentido a la masa de información que desborda nuestros procesos de análisis que pretenden organizar la realidad. Ahora estos medios ya no requerirían justificarse mediante relatos o narraciones coherentes, pues, de hecho, el vértigo que produce en nosotros el “tsunami de datos” no lo permite. 

El estrés que producen los datos va anulando, según Lassalle, nuestra capacidad de respuesta bajo un síndrome de “infoxicación” que afecta las capacidades epistemológicas y políticas del sujeto. Estamos ante le presencia del “homo digitalis”, esto es, una persona agrupada pero deslocalizada, al no tener autonomía ni poder decisión, dejándose guiar por las creencias y conductas del resto. La subjetividad, por tanto, se está deslocalizando del cuerpo para migrar hacia los dispositivos inteligentes y dialogar permanente con las pantallas, donde el individuo pasa a tener un rol secundario. Con el humanismo en crisis, el ser humano va perdiendo la centralidad directiva y narrativa del mundo. 

Llegados a este punto, Lassalle prevé que ya no podremos apagar las máquinas, ya que seremos tan dependientes de ellas que hacerlo equivaldría a un suicidio y al acceso a una libertad que ya no estaremos preparados para recibir o hacernos cargo. En esto precisamente radicará la dependencia tecnológica; en que ella se haga cargo de nuestras vidas, organizando el excesivo flujo de información que nos asecha. Reducidos a un “zoon elektronikón”, el despotismo algorítmico nos condenará a una nueva minoría de edad intelectual, pues a lo menos que nos atreveremos es a pensar por nosotros mismos. 

Eduardo Schele Stoller. 

Ciberleviatán — El Escritorio de Alejandro Barros : El Escritorio de  Alejandro Barros

Nietzsche, Marx y Freud: la sospecha y humillaciones sobre la conciencia

A juicio de Paul Ricoeur, el psicoanálisis cuenta como una hermenéutica de la cultura, la que comienza con la prohibición de los más antiguos deseos humanos, tales como el incesto, el canibalismo y el crimen. Pero la cultura no se reduce solo a la coerción, sino que también a la ilusión, todo en vista de disminuir la carga de los sacrificios pulsionales impuesto a las personas, ofreciendo compensaciones satisfactorias por estos sacrificios. Este rol cumplen, destaca Ricoeur, los dioses, a través de los cuales se intenta exorcizar nuestros miedos y compensar el sufrimiento de la cultura. 

La sociedad se alimenta de la energía extraída de la sexualidad, al punto de amenazarla de atrofia. Por ejemplo, nos dice Ricoeur, esta nos impone un mandamiento absurdo: amar al prójimo como a nosotros mismos, pues esto va en contra de la innata tentación humana de satisfacer la necesidad de agresión en el otro, de explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, de aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, de apropiarse de sus bienes, de humillarlo, de infringirle sufrimientos, de martirizarlo y hasta de matarlo. En esto consistiría la pulsión de muerte: la hostilidad primordial del hombre hacia el hombre.

Esta pulsión agresiva se convierte en la principal representante del instinto de muerte que, junto al de Eros, comparte la dominación del mundo. La evolución de la civilización, según Freud, nos muestra la lucha entre el Eros y la Muerte, entre el instinto de vida y el instinto de destrucción. Esa lucha es para el psicoanálisis el contenido esencial de la vida.

Estos instintos han tratado de reprimirse mediante el sentimiento de culpabilidad, medio a través del cual la civilización se vale para poner en jaque nuestra agresividad. Es así que, según Ricoeur, el progreso de la humanidad ha de pagarse con una pérdida de felicidad producida al reforzarse tal sentimiento, al hacer de nosotros la conciencia unos cobardes. El sentimiento de culpabilidad no parece ser más que el efecto de una agresividad interiorizada, introyectada, que el superyó asume como propia a título de conciencia moral, y que se vuelve contra el yo. A juicio de Freud, la cultura domina la peligrosa inclinación agresiva del individuo, debilitándolo, desarmándolo y haciéndolo vigilar por intermedio de una instancia instaurada en su interior, como una guarnición militar en una ciudad conquistada.

En este sentido, Ricoeur afirma que Freud es tan importante para la toma de conciencia del hombre moderno como lo es Marx o Nietzsche. De hecho, habría un parentesco entre estas tres críticas de la “falsa conciencia”, ante lo cual instauran la sospecha. Estos tres autores atacan una misma ilusión: la aureolada conciencia de sí, la que antes había triunfado por sobre la ilusión de la cosa. Pero después de la duda sobre la cosa, entramos ahora en la duda sobre la conciencia.

Contra los prejuicios de la época, Nietzsche, Marx y Freud hicieron coincidir sus métodos de desciframiento con el trabajo del cifrado que atribuían a la voluntad de poder, al ser social y al psiquismo inconsciente. Los tres comienzan, afirma Ricoeur, por la sospecha que concierne a las ilusiones de la conciencia, y continúan por la astucia de la decodificación, pero lejos de ser detractores de la conciencia, aspiran a una extensión de la misma.

El mismo Freud señalaba que el psicoanálisis es la última de las graves humillaciones que el narcisismo haya sufrido hasta el presente por parte de la investigación científica. Primero fue la humillación cosmológica que propicia Copérnico y que arruinó la ilusión narcisista según la cual el habitáculo del hombre estaría en reposo en el centro de las cosas. Luego corresponde a la humillación biológica por parte de Darwin, cuando puso fin a la pretensión humana de estar separado del reino animal. Finalmente, arriba la humillación psicológica, cuando el hombre descubre que ni siquiera es el señor de su psiquis.

Ricoeur sostiene que no es la conciencia la que es humillada, sino la pretensión que esta tiene de estar centrada en sí misma. La conciencia se ve desplazada hacia la inmensidad del cosmos por Copérnico, hacia el genio móvil de la vida por Darwin, hacia las tenebrosas profundidades de la psiquis por Freud. Pero la conciencia se incrementa a sí misma a través de la sospecha, por lo que se termina encontrando al perderse.

Eduardo Schele Stoller. 

Paul Ricoeur El Conflicto de Las Interpretaciones | Economias | Negocios

Russell y la crítica a las religiones

En una conferencia dada en 1927 en Londres, Bertrand Russell realiza una dura crítica a las grandes religiones del mundo, colocando dentro de tal categoría al budismo, el hinduismo, el cristianismo, el islam y hasta el comunismo, todas tildadas de falsas y dañinas, al atrofiar y cerrar las mentes de los individuo por medio de rígidos sistemas.  

Russell destaca que la gente no adhiere a estos sistemas religiosos por criterios racionales, sino que esto responde casi exclusivamente a aspectos emocionales, de allí que no tenga mucho sentido refutar los supuestos argumentos para la existencia de Dios. Pero esto hace que aparezca más fácil el dogmatismo y, con él, las más diversas formas de fanatismo y violencia. Pensando en la inquisición, Russell afirma que el cristianismo ha sido en este sentido el principal enemigo del progreso del mundo, a través de los flagelos o sufrimientos derivados de la moral, la cual, por lo demás, nunca ha tenido como objetivo la felicidad de la gente.

A juicio de Russell, la religión es una enfermedad que se basa en el miedo a lo desconocido, en el deseo de sentir que se tiene un hermano mayor que nos va a defender ante las miserias de la vida y ante la incertidumbre de la muerte. En este marco, es la ciencia la que puede ayudar a librarnos de ese miedo cobarde con el que la humanidad ha vivido a lo largo de tantas generaciones.

En un debate radiado en el año 1948 por la BBC entre Russell y un sacerdote, el padre Copleston, se añaden otras interesantes críticas a la creencia religiosa. Al afirmar Copleston que no puede ser explicada la existencia de ninguno de nosotros sin referencia a algo o alguien fuera de nosotros, Russell, quizás basándose en Hume, replica señalando que todo concepto de causa está derivado de nuestra observación de cosas particulares, por lo que no encuentra razón alguna para suponer que el todo tenga una causa. A pesar de que un físico busque causas, eso no significa necesariamente que haya causas por todas partes. Russell llega a sostener que la noción de que el mundo tiene una explicación es en realidad un error.

Ante estos cuestionamientos de la divinidad, Copleston se pregunta como distinguir entonces entre lo bueno y lo malo, a lo que Russell responde que esto también suele hacerse a través de los sentimientos. La noción de deber, por ejemplo, la atribuye a una serie de reflejos condicionados, ya que si obtenemos siempre un castigo para un determinado acto, al cabo de un tiempo dejaremos de ejecutarlo, pudiendo llegar a considerarlo incluso como malo. No obstante, Russell advierte que del hecho que una creencia tenga un efecto moral sobre alguien, no constituye ninguna evidencia en favor de su verdad, como suelen pretender todas las grandes religiones.

Eduardo Schele Stoller.

Russell, B. - Porqué no soy cristiano

La ambivalencia del progreso

El historiador y filólogo británico-irlandés John Bagnell Bury ha destacado cómo la idea de progreso ha servido para dirigir e impulsar a la civilización occidental. La idea del futuro o destino de la humanidad ha arrastrado a las personas a aceptar todo tipo de privaciones y miserias en vista de alcanzar sus ideales. Las ideas gobiernan el mundo en la medida que expresan aspiraciones humanas, es decir, cuando tienen alguna aspiración de progreso, muchas veces contando estas tan solo como meros actos de fe.

La idea del Progreso humano es, afirma Bury, una teoría que contiene siempre una síntesis del pasado y una previsión del futuro. Esta es la razón de que no hubiera una doctrina del progreso sino hasta el siglo XVI. Los filósofos griegos, por ejemplo, creían más bien en que estaban viviendo en un período de inevitable degeneración y declive, algo que relacionaban con la naturaleza del Universo, el cual, en algún momento, comenzará a ir marcha atrás. De allí que valoraran más la identidad y lo inmutable como aspectos que no degeneran (Platón).

Bury señala que estos prejuicios terminaron por excluir la idea de que pudiera alcanzarse un orden perfecto mediante una larga serie de cambios y adaptaciones. Tenemos el caso de los estoicos, quienes basaban su filosofía en el pesimismo y la resignación, al considerar que no hay forma de transgredir los límites que separaban lo humano del destino divino. Esto es algo que también se replicó en la Edad Media, donde, según la teoría cristiana, el propósito del movimiento total de la historia es asegurar la felicidad de una pequeña parte del género humano en otro mundo.

Francis Bacon, destaca Bury, vino a cuestionar estas concepciones, proponiendo una renovación del saber y la necesidad de romper con el pasado, imponiéndose ahora un carácter del conocimiento más práctico, con el fin de mejorar las condiciones de la vida humana, yendo más allá de la mera satisfacción especulativa. Lo que se busca a partir de la modernidad es el dominio humano sobre la naturaleza.

Sin embargo, las diversas teorías científicas que van surgiendo a partir de la modernidad van a tener un componente ambivalente con respecto a la noción de progreso, ya que si bien estas justifican o validan la idea de que avanzamos hacia algo mejor, también han ido en desmedro del valor del ser humano en el cosmos. Por ejemplo, la teoría del origen de las especies de Darwin nos destrona de la posición privilegiada que gozábamos bajo ciertas concepciones previas, peor aún con la postulación de la teoría heliocéntrica, donde dejamos de ser el centro del universo.

Eduardo Schele Stoller.

La idea del progreso - Alianza Editorial

“Un mundo feliz”: ¿distopía o utopía?

En “Un mundo feliz” (1932), Aldous Huxley nos presenta una futurista ficción que, con el paso de los años, se acerca peligrosamente a nuestra realidad. La civilización que nos describe en la obra, mediante centros de incubación y condicionamiento, busca producir y determinar el devenir de los individuos, poniendo por sobre estos, el interés de la comunidad, a través del orden. La estabilidad social se alcanza mediante la estandarización de la vida humana, la que está dividida en castas; desde los más privilegiados (los Alphas) hasta los más desposeídos (los Epsilones), todos creados en serie y condicionados por igual, según la clase a la cual pertenecen y según el rol o función social que deban cumplir, todo acorde a los principios del gran fundador; Ford (aludiendo a la primer empresario que impulsó la producción de artefactos en serie).

Esta sociedad del futuro, señala Huxley, logra aplicar la producción en masa a la biología, predestinando mediante el condicionamiento (castigo-recompensa) la inteligencia y conciencia de cada clase, limitándolas solo a la función que deben seguir para replicar el mismo sistema de producción, labores que los mismos sujetos terminan por amar y desear. Dentro de cada casta, todas las personas representan el mismo rol, por lo que lo importante no es el individuo, sino la función que este cumple en vista del bien social. “El mundo pertenece a todo el mundo”, reza el proverbio “hipnopédico” que apunta a anular la voluntad individual. De todas formas, cualquier atisbo de angustia o ansiedad puede ser neutralizado rápidamente mediante el consumo del “soma”; droga que tendría todas las ventajas del cristianismo y del alcohol, pero ninguno de sus inconvenientes. “Un centímetro cubico de soma cura diez sentimientos y pensamientos melancólicos”.

Bernard Marx, uno de los personajes principales de la obra, contaba como una excepción a la conducta alienada de la masa de mellizos, pues prefería ser él mismo, aunque esto se tradujera en una profunda desdicha. De ahí que no quisiera ser parte del cuerpo social, esto es, ser un mero engranaje más del sistema. Le obsesionaba la idea de ser libre, más allá de los condicionamientos, tal como viven los salvajes en la reserva fuera de la civilización. El personaje de Lenina representa la esterilización, la higiene y la limpieza que ostenta y desea la civilización, desconociendo y relegando lo feo y la vejez, llegando a condicionar desde niños a las personas para no perturbarse ante la muerte, pues ¿Qué más constitutivo para la libre reflexión y conciencia que la angustia ante la muerte? Como el Zaratustra de Nietzsche, el salvaje John trata de despertar a los que aun duermen, boicoteando la entrega de soma y alentándolos a que aspiren a su libertad. Pero estos, indignados, hacen oídos sordos, tal como sucede en la alegoría de la caverna de Platón, donde los esclavos no saben que lo son, pues no solo han nacido en esa condición, sino que también han sido constantemente condicionados para desear serlo.

Huxley parece mostrarnos que la gente prefiere representar un rol y una función preestablecida a hacerse cargo de la responsabilidad que implica asumir la propia existencia. Es precisamente en este sentido que la sociedad que nos describe Huxley es feliz, ya que esta puede obtener gran parte de lo que desea, mediante la desaparición de la angustia tan típica del ejercicio de la reflexión, la conciencia y la libertad. Sometidos a la rutina del diario vivir, la masa se siente a gusto, a salvo, no temiendo a la muerte e ignorando tanto la pasión como la vejez. En este mundo feliz, ya no se requiere de redenciones, por ejemplo, a través de la religión, pues ya no se es consciente de las pérdidas que esta debe compensar. Es el soma el que ahora garantiza el orden social.

¿No es acaso a esto mismo lo que aspiran las personas actualmente? Si todos tuvieran acceso a un soma ¿acaso no lo tomarían? La mayoría anhelaría ya no tener que soportar el dolor y penuria de sus vidas. La esencia de esta obra parece girar en torno a las nociones del orden y el caos. Si me esclavizo al orden preestablecido sufriré menos y, en consecuencia, seré más feliz. Sin embargo, alejando el caos de nuestras vidas, nos volveremos cada vez menos reflexivos y conscientes. Así, la paradójica enseñanza que nos deja Huxley es que debemos optar por ser idiotas felices o mártires conscientes. Para los primeros, lo que se presenta en la obra no puede ser más que una utopía.

Eduardo Schele Stoller.  

Un mundo feliz. Prologo con resena critica de la obra, vida y obra ...

El coronavirus y la valoración humana en la naturaleza

A fines del 2019 comenzaron a notificarse los primeros contagios de un nuevo tipo coronavirus en la ciudad China de Wuhan, los cuales, pocos meses después, se han extendido ya a lo largo del mundo, llevando a miles de personas a la muerte. Con la declaración de pandemia por parte de la Organización Mundial de la Salud, el temor parece reinar entre las personas, las que, tal como una novela distópica, han tenido que confinarse en sus hogares para protegerse. Este virus no solo cuenta como una amenaza para la salud humana, sino que también como un correctivo o, si se prefiere, recuerdo de nuestro verdadero estatus en la naturaleza. 

En su célebre libro El gen egoísta (1976), el científico británico Richard Dawkins (1941-) señala que una de las implicaciones de la teoría de la evolución que no ha sido indagada es el análisis de la biología del egoísmo y del altruismo. Este aspecto lo aborda Dawkins bajo su teoría del gen egoísta, la cual difiere de la de Darwin, ya que esta última se centraba en el individuo y el grupo. Esta interpretación altruista sostiene que las criaturas evolucionan y actúan conforme al bien de la especie, al observarse que en la naturaleza la mayoría de la vida animal gira en torno a su perpetuación, de allí la ayuda que, según se cree, se genera dentro de ella. Los defensores de la “selección de grupos” sostienen que aquellas especies en las que los individuos estén dispuestos a sacrificarse por el bien de todos, tendrán mayores posibilidades de supervivencia que un grupo predominantemente egoísta. Sin embargo, esta noción cambia drásticamente si la unidad de selección la reemplazamos por el gen.

Según Dawkins, al igual que el resto de seres vivos, los seres humanos somos meras máquinas de supervivencia, creados y programados por nuestros genes para la conservación de los mismos, es decir, lo que prima es su replicación y no los intereses de los vehículos que los transmiten. Así, un cuerpo no es un replicador, sino solo un vehículo. Los vehículos, afirma Dawkins, no se replican a sí mismos, sino que trabajan para propagar sus replicadores. Los replicadores, por su parte, no se comportan, no perciben el mundo, no capturan presas, no huyen ante los depredadores, sino que construyen vehículos que hacen todo esto.  

Dawkins aclara que la forma en que los genes controlan el comportamiento de sus máquinas de supervivencia no es de manera directa, como títeres, sino que se da de forma indirecta, al igual como lo hace un programador con la computadora. Lo que hacen los genes es solo preparar la máquina de supervivencia con antelación, la cual luego se encuentra bajo su propia responsabilidad. Los genes, por tanto, le dan cierta libertad a las máquinas de supervivencia, pero con la instrucción general de que se mantengan vivos y reproduzcan, condiciones que, en el caso del COVID-19, ni siquiera se requieren, pues estos genes solo nos “piden” alojarlos y transportarlos de un ser humano a otro, condición que hoy logramos cumplir de forma efectiva, mediante nuestra progresiva masificación y tendencia gregaria, lo que Bauman entendía como “visión turística de mundo».  

¿Qué queda entonces de la superioridad humana en la naturaleza? Si, como nos demuestra la pandemia del COVID-19, servimos como meros vehículos de replicación de un virus, entonces nuestras vidas vienen a estar sometidas a intereses ajenos, los cuales van más allá de nuestro poder o voluntad. Tal como sucede con otros desastres naturales, esta crisis nos recuerda la extrema fragilidad de nuestra existencia, arrancándonos bruscamente del pedestal al que arbitrariamente tendemos a subirnos cada cierto tiempo, recordándonos, como decía Nietzsche, que nuestra vida como animales inteligentes no significa ni si quiera un minuto de la historia universal y, por sobre todo, que no es el mundo el que gira alrededor del humano, sino que somos nosotros los que giramos en torno al vertiginoso ritmo de la naturaleza.  

Eduardo Schele Stoller. 

Resultado de imagen de el gen egoista dawkins

El positivismo y sus consecuencias

El filósofo francés Auguste Comte (1798-1857) entendía lo “positivo” como un conocimiento asociado al progreso y renovación de la sociedad, a partir de lo dado al observador, esto es, a partir de los hechos de la experiencia concreta. Con esto trata de cimentar un método científico experimental, en oposición al idealismo y la metafísica que reinaba en su época. Solo los hechos de la experiencia, consideraba Comte, constituyen el objeto de nuestro conocimiento. Nada podemos conocer fuera de esta. No hay esencias ni causas últimas. El positivismo pretendía así una regeneración universal, política y filosófica. Esto lo Ilustra Comte a través de su famosa ley de los tres estados, ley general que describía la marcha progresiva del espíritu humano. La historia, tanto individual como social, pasaría por tres estados: teológico (ficticio), metafísico (abstracto) y científico (positivo). 

En el estado teológico de nuestra infancia y mitológico de la humanidad, el espíritu se dirige hacia conocimientos absolutos y a indagar las causas últimas de los fenómenos, siempre en relación directa con agentes sobre naturales. Hay así un inento de explicación de lo absoluto, predominando la imaginación por sobre la razón. Esto cambia en el estado metafísico (juventud), en donde los agentes sobrenaturales son reemplazados por fuerzas abstractas, esto es, por explicaciones ahora inmanentes (no trascedentes) a los objetos. Finalmente, en la adultez personal y madurez intelectual de la humanidad, se llega reconocer la imposibilidad de obtener nociones absolutas. Se renuncia a buscar el origen y destino del universo. Bajo el estado positivo, nos desentendemos de lo absoluto y nos concentramos solo en lo relativo a los hechos de la experiencia y sus relaciones. Si bien todo esto se da en la teoría, el positivismo también ha tenido aplicaciones prácticas. Aludiremos aquí al caso del diseño y la construcción. 

Un autor que estudia esta influencia es el filósofo estadounidense Peter Galison (1955-), quien analiza las relaciones entre el movimiento filosófico positivista y el artístico arquitectónico del Dessau Bauhaus alemán (1919-1933). Galison señala que estos movimientos tenían los mismos enemigos: la religión, el nacionalismo y el antropomorfismo. Ambos enfoques tenían una visión modernista del mundo, la cual, para el caso arquitectónico, puede definirse como “construcción transparente”. Esta concebía la construcción de edificios sobre la base de elementos y geometrías simples, excluyendo cualquier aspecto innecesario, ya sea en el diseño o en la decoración, relacionados con aspectos místicos (etapa metafísica).

Los objetivos arquitectónicos de la Bauhaus son similares a los del proyecto positivista para el conocimiento; a partir de reportes observacionales simples (enunciados protocolares) y conectores lógicos, se buscaba establecer, de manera científica, un conocimiento que fuese confiable sobre cimientos sólidos, separándolos de los no confiables. La ciencia se unificaría a partir de estos puntos de partida. En lugar de la filosofía tradicional, el círculo de Viena quiso erigir la estructura de una ciencia unificada, edificada sobre una base en proposiciones experimentales y lógicas. Neurath, por ejemplo, vio en esto una gran revolución asociada con una nueva forma de sociedad y vida personal. El artista podía así liderar una batalla contra una liberación espiritual del pasado (teológica-metafísica). La arquitectura moderna demandaba racionalidad y funcionalismo. La arquitectura podría así reflejar y modelar el espíritu de los tiempos modernos. El Bauhaus era un ejemplo de esto. La construcción pasa a manos distintas que las del arquitecto, el cual estaba más cercano al artista. Para Meyer, la construcción solo requiere de organización social, técnica y económica. Con esto se pretendía reformular no solo la forma de vida pública, sino que también la privada. 

La concepción científica del mundo reconoce que solo hay conocimiento derivado de la experiencia, la cual se basa en lo inmediatamente dado. Esta concepción racionalista del positivismo debía penetrar en la educación, la economía y, como hemos visto, hasta en la arquitectura. Los positivistas se sentían así participes y gestores de una nueva forma de vida, en donde primaría lo técnico por sobre lo ideológico, incluso por sobre lo filosófico. La triada entre filosofía, política y estética buscaba, afirma Galison, fundamentar un estilo de vida moderno, libre de ideologías y basada en una visión de la era de las máquinas y la tecnología. Este es el sueño de un mundo donde la ingeniería racional pueda moldear nuestras formas de vida. 

Pero el positivismo no solo afecta el diseño externo de nuestras construcciones, sino que también la disposición y tipos de objetos que habitan en su interior. El filósofo francés Jean Baudrillard (1929-2007) considera que en nuestra vida ordinaria somos inconscientes de la realidad tecnológica de los objetos que nos rodean. Dentro de un hogar, por ejemplo, muebles y objetos tienen como función personificar las relaciones humanas, poblar el espacio que comparten y poseer un alma. La disposición de estos objetos responde a una persistencia de las estructuras familiares tradicionales de la sociedad. Al mismo tiempo que cambian las relaciones del individuo con la familia y con la sociedad, cambia el estilo de los objetos mobiliarios, los cuales vienen a responder a las nuevas necesidades del espacio o, mejor dicho, de la carencia del mismo.

En este sentido, afirma Baudrillard, es la pobreza la que da lugar a la invención. La relación entre los individuos y los objetos ha cambiado, su uso pasa a ser más liviano, pues ya no representan el constreñimiento moral antiguo. La relación entre ambos se ha vuelto más liberal. Sin embargo, Baudrillard nos advierte que hoy en día los objetos han dejado de mostrar de manera clara su funcionalidad. El valor simbólico y de uso que poseían da paso ahora a valores organizacionales. 

Esto puede verse, por ejemplo, en la nueva disposición de las habitaciones en el hogar, las cuales pasan a rebasar las tradicionales separaciones, abriéndose y comunicándose con el resto de espacios. Han desaparecido también los retratos familiares, espejos, relojes y chimeneas, todos símbolos de la domesticidad burguesa. También podemos notar este cambio en la decoración, pues esta deja de ser un discurso poético, de interrelación y comunicación de los objetos. Los objetos ya no se responden. Ya no se trata, señala Baudrillard, de implantar un teatro de objetos o de crear una atmosfera, sino más bien de resolver un problema. Se ha perdido, por ejemplo, la esencia de los viejos y buenos muebles a cambio de una conceptualización práctica. Vivimos bajo un mundo que ya no nos es dado, sino que es, según Baudrillard, producido, dominado, manipulado, inventariado y controlado. En esta empresa técnica, no sustancial, es necesario que todo comunique, que todo sea funcional, que no haya secretos ni misterios. Todo debe ser claro. Si las necesidades anteriores eran morales, hoy son funcionales.  

El hombre moderno se vuelve menos coherente que sus objetos. Estos últimos lo preceden en la organización del ambiente y, por consiguiente, terminan por imponer sus propias conductas. De la misma manera que se estructuran las diversas partes del mecanismo de un objeto, así tienden a organizarse entre sí, independientemente del hombre, los diversos objetos técnicos, a remitirse los unos a los otros en la uniformidad de su praxis simplificada, y a constituirse, de tal modo, en orden articulado que sigue su propio modo de evolución tecnológica y en el que la responsabilidad del hombre no hará más que ejercer un control mecánico del que, en el límite, la máquina misma se encargará. Al consumarse este proyecto funcionalista, se habrá relegado al hombre a la contemplación de nuestro irresponsable poderío. ¿Funcional a qué?, se pregunta Baudrillard, pues a un orden o sistema, y ya no a un fin determinado. 

De todas las servidumbres que afectan al objeto de serie, Baudrillard destaca aquella que concierne a su duración y calidad técnica. Las innovaciones y criterios de la moda hacen al objeto más frágil y efímero. Si antes era el hombre el que imponía su ritmo a los objetos, hoy en día, destaca Baudrillard, son los objetos los que imponen sus ritmos discontinuos a los hombres, su manera discontinua de estar allí, de descomponerse o de sustituirse unos a otros sin envejecer. El status de una civilización entera cambia según el modo de presencia y de disfrute de los objetos cotidianos. El consumidor moderno compra para que la sociedad siga produciendo, lo que le permite seguir trabajando, pero en vista de poder pagar lo que ha comprado. Baudrillard afirma que esto se condice con el estatus de los objetos contemporáneos, los cuales ya no tienen como destino el ser poseídos y usados en base a ciertas necesidades, sino solamente el ser producidos y comprados, en un círculo que parece ser interminable. 

¿De dónde proviene el actual encanto por el objeto antiguo? Pues, precisamente, de que no responden a la lógica funcionalista contemporánea. Son, señala Baudrillard, testimonios, recuerdos de una concepción mitológica pasada. A través de ellos intentamos recuperar los signos e indicios culturales de una época. Contrario a los objetos modernos, que carecen de significación, refiriéndose y agotándose en la cotidianeidad. El objeto mitológico posee una funcionalidad mínima pero una significación máxima. En ello tiende a radicar su belleza. Habría así, según Baudrillard, dos funciones en todo objeto: la de ser utilizado, aunque cada vez menos producto del automatismo, y la de ser poseído. La primera se mantiene dentro de la dimensión práctica, dejándonos en la actualidad como irresponsables espectadores. Mientras que la segunda se extiende a una empresa de totalización abstracta del sujeto, de trascendencia del mundo (objeto de colección). Sin embargo, estas dos funciones parecen hoy estar en razón inversa la una de la otra. 

Eduardo Schele Stoller. 

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Harari y el Homo Deus

Según Yuval Noah Harari, los evidentes aumentos en los niveles de prosperidad humana, hará que nos tracemos nuevas metas y objetivos en torno a la felicidad y la divinidad. Y es que el hombre no se contenta solo con suplir las necesidades básicas. Al respecto, Harari señala que la felicidad se sustenta en dos aspectos: uno biológico y otro psicológico. Con respecto a esto último, la felicidad depende no solo de condiciones objetivas, sino que también de expectativas, de donde se genera el problema que, al mejorar las condiciones básicas, las expectativas se disparan, pero con ello, a su vez, disminuye la satisfacción.

La filosofía que ha estado detrás de esto ha sido, sostiene Harari, el humanismo, mediante el cual se ha sacralizado la vida, la felicidad y el poder del homo sapiens. Sin embargo, ahora la humanidad se ve ante la posibilidad de sustituir la selección natural con el diseño inteligente, extendiendo además la vida desde el ámbito orgánico al inorgánico. Lo anterior tiene que ver con el reconocimiento de que la historia gira alrededor de nuestros relatos de ficción, los cuales no solo han sido utilizados para describir la realidad, sino que también para remodelarla. Las ficciones, afirma Harari, nos permiten cooperar mejor, pero, a cambio, nos arriesgamos a que la misma ficción pase a determinar los objetivos de nuestra cooperación. En este sentido, nos puede parecer que el sistema funciona muy bien, pero únicamente si adoptamos los criterios propios del mismo sistema.

Según Harari la religión es una creación humana que se define por su función social y no por la creencia en existencia de deidades. Las religiones legitiman así las estructuras sociales asegurando que reflejen ciertas leyes, mediante la revelación dada por diferentes visionarios y profetas (Buda, Lao-tsé, Hitler, Lenin). La religión, por tanto, es una herramienta para preservar el orden social y para organizar la cooperación a gran escala[1]. Pero tales pactos sociales hoy vienen a ser reemplazados por la ciencia. Mientras la religión, señala Harari, busca la mantención de la estructura social, la ciencia, en cambio, está mas interesada en el poder (curar, combatir, producir). El pacto de la modernidad es un contrato mediante el cual renunciamos al sentido a cambio de poder.

Mientras antes había un plan cósmico que daba sentido a la vida humana, lo hacía a través de una restricción de nuestro poder, pues solo éramos actores en un escenario y en una trama ya escrita. Pero a cambio de la renunciar al poder, la vida de los humanos premodernos ganaba en sentido, ya que contaban con una protección psicológica ante la adversidad. Sin embargo, afirma Harari, hoy la vida ya no tiene guion, dramaturgo, director, productor ni sentido. Las cosas simplemente ocurren, una después de otra. Pero al no creer el mundo moderno en la finalidad, ahora somos libres para hacer todo lo que queramos.

Eduardo Schele Stoller.

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[1] La religión difiere a su vez, según Harari, de la espiritualidad, pues ésta úlrima representa un viaje individual, no social. De allí que las religiones la vean más bien como una amenaza.

Transhumanismo

Segun Edward Fredkin, hay tres grandes acontecimientos en la historia: la creación de universo, la aparición de la vida, y la aparición de la inteligencia artificial. De esto último se hace precisamente eco el transhumanismo, enfoque que, como lo caracteriza Antonio Diéguez, se ha vuelto en la filosofía de moda, en la utopía del momento.

Mediante el culto a la técnica, el transhumanismo pasa a verse como una nueva religión, la cual vendría a corregir los fallos de las anteriores, buscando nuevos sentidos para nuestra vida, permitiéndonos escapar del nihilismo. Puede entenderse como una continuación del humanismo clásico -respeto por la razón y la ciencia, compromiso con el progreso, apreciación de la existencia humana en vida-, pero también como una superación del mismo, principalmente, a través de una sobrevaloración de la dimensión tecnológica. El transhumanismo, señala Diéguez, busca guiarnos hacia una condición posthumana, pues, mientras el humanismo tendía a confiar exclusivamente en los refinamientos educativos y culturales para mejorar la naturaleza humana, el transhumanismo pretende aplicar la tecnología a la superación de los límites impuestos por nuestra herencia biológica y genética.

El termino “transhumanismo” fue acuñado en 1927 por el biólogo y eugenista británico Julian Huxley, bajo la creencia de que la especie humana podía trascenderse a sí misma, automodificándose y tomando el control de su propia evolución mediante la tecnología, a través, por ejemplo, de la fusión con las máquinas (cíborgs), mejora mediante medicamentos y la manipulación genética. Es lo que evolutivamente, señala Diéguez, se espera de toda especie biológica; terminar cediendo su paso a otras especies más evolucionadas, pero en este caso mediante un proceso mucho más acelerado y dirigido por nuestras decisiones y ya no por el azar genético en relación con el medio ambiente. Según el transhumanismo, hemos de abandonar la pasividad a la que nos hemos visto sometidos en el proceso evolutivo darwiniano. Tales limitaciones han de ser superadas mediante la tecnología, llegado así la hora de que el ser humano tome el control de su propia evolución, dirigiéndola y diseñándola.

El ser humano buscaría así trascenderse a sí mismo, dejándose atrás para superarse, en un intento de liberación no solo de las limitaciones biológicas, corporales y temporales, sino que también sociales. Ante el tedio, rutina y hastío de la vida, se le oponen las diversas ocupaciones y narrativas de la experiencia tecnológica. Pero la perdurabilidad de la mente en la red, no solo para mi mismo, sino que también para los demás, también puede derivar, como ha destacado Diéguez, en la amenaza de la desaparición de la identidad y en un angustiante envejecimiento de la mente. Perdida la posibilidad del asombro propio de la experiencia nueva, el aburrimiento de un saber total no hará más que derivar en un nuevo tipo de hastío que nos hará pedir a gritos la muerte. Y quizás en esto radique el mayor peligro del transhumanismo; perder la libertad de poder elegir dejar de vivir.

Eduardo Schele Stoller.

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Horkheimer y la teoría crítica

La teoría científica actual, señala Horkheimer, se corresponde con una noción de teoría equivalente a un conjunto de relaciones e inferencias de proposiciones acerca de un campo determinado de objetos. La validez de estas consiste en que las proposiciones deducidas concuerden con eventos concretos. En relación con los hechos, la teoría será siempre una hipótesis, pues habrá que estar dispuesto a modificarla si surgen problemas en su verificación. La meta final de este tipo de teoría es generar un sistema universal de la ciencia, ya no limitado a un campo particular, sino que abarcando todos los objetos posibles.

Hay así un interés por extender el trabajo teórico de la ciencia a dominios sociales prácticos, en vista de poder predecir hechos y obtener resultados útiles. No obstante, advierte Horkheimer, suele omitirse que el científico y su ciencia están sujetos a un aparto social determinado. Sus logros son parte de la autoconservación de algo ya establecido. El pensamiento ordenador de cada individuo, a su juicio, pertenece al conjunto de relaciones sociales, que tienden a adaptarse de una manera que responda lo mejor posible a las necesidades.

En su configuración y en su modo de sentir los hombres son un resultado de la historia. Los hechos que nos entregan nuestros sentidos, sostiene Horkheimer, están preformados socialmente de dos modos: por el carácter histórico del objeto percibido y por el carácter histórico del órgano que percibe. El hecho percibido está así, ya antes de su elaboración teórica consciente, condicionado por ideas y conceptos humanos.

La existencia de la sociedad ha reposado, según Horkheimer, en una represión directa o, al menos, mediada, por la contradicción de fuerzas antagónicas, pero no ha sido el fruto de la espontaneidad consciente de los individuos libres. De hecho, bajo la economía burguesa, la actividad de la sociedad es ciega y concreta, mientras que la del individuo aparenta ser abstracta y consciente. Esta ilusión de independencia tiene su raíz en la supuesta libertad que tienen los sujetos económicos dentro de la sociedad burguesa. Estos creen actuar de acuerdo con decisiones individuales, cuando en realidad, señala Horkheimer, hasta en sus más complicadas especulaciones son exponentes del inaprehensible mecanismo social.

La teoría crítica de Horkheimer ataca esta separación arbitraria entre individuo y sociedad, en virtud de la cual el individuo acepta como naturales los límites prefijados a su actividad, enmarcándola ahora en el contexto de la división del trabajo, las diferencias de clase y la búsqueda de ciertos fines, reconociendo así que ellos mismos forman parte de la economía y de la cultura fundada sobre ella. El pensamiento burgués, en cambio, estaría constituido de tal manera que se cree a sí mismo como autónomo, dándole prioridad absoluta a su individualidad, como esencia, como causa última.

Bajo la noción burguesa, Horkheimer señala que la autodeterminación de la ciencia se vuelve cada vez más abstracta, conformándose el pensamiento, aferrándose al principio de que este es una actividad fija, un reino cerrado en sí mismo, renunciando así a la esencia misma del pensar ¿Se puede escapar de esta condición? ¿Cómo hemos caído en ella? Según Horkheimer, son los mismos hombres que, con su trabajo, renuevan una realidad que, de un modo creciente, los esclaviza.

Eduardo Schele Stoller.

Teoría Crítica | Aprende y Comunica