1945/ Erika Guerrero

Para una tarde de domingo, casi siempre de horas lánguidas, esperar en la butaca que comience un filme del que no se tiene ninguna referencia, es una apuesta peligrosa. Y esta película sí que es un salto al vacío. Inicia con imágenes de un pueblo rural en la Hungría post Segunda Guerra, una solitaria estación de tren, el jefe de estación, campesinos a la espera de una carga y rusos rondando, quienes amedrentan a dos judíos recién llegados que bajan del vagón de carga dos baúles en los supuestamente traen mercancía. Ya desde estas primeras secuencias, es de todo sentido el blanco y negro que utiliza el director y, sin duda, el idioma pues los personajes se comunican en húngaro (sic) utilizando densos silencios.

Se produce una inmediata dualidad: CULPA-INOCENCIA. Blanco-negro. Los primeros planos a los rostros de quienes hilan una trama que resultará extraordinariamente categórica: la delación, la culpa, los remordimientos, la deslealtad y corrupción, no prescriben. No habrá ningún respiro para todo un pueblo que envió a la muerte y usurpó las propiedades a las familias judías del lugar durante la guerra.

La lenta caminata, una suerte de cortejo fúnebre de los judíos tras los dos baúles y que aparecen como un látigo en la vida decadente de los hombres y mujeres, provoca que en cada conciencia estalle un pasado en el que la traición de las que todos participaron terminará por cobrar su precio en la misma muerte, abandono, fuego y ruina que causaron. Tanto un alcalde desesperado, un vecino suicida, el hijo que escapa de su boda y de su padre, un sacerdote cómplice, el Pueblo sobre el que recae la complicidad del silencio; re-viven ese pasado reciente en el que ni los gritos más desesperados por justificar sus actos, los librará de la condena, ni siquiera el constatar que los temidos baúles solo contenían algunas prendas y objetos de los amigos y familias judías muertas en campos de concentración, los que fueron enterrados en el cementerio del pueblo.

La irrupción del pasado en la figura de los dos judíos silenciosos, cuyo dolor se advierte en sus ojos, en la parsimonia de los gestos, la inesperada ceremonia del entierro y la ausencia total de contacto con los habitantes del pueblo; será la peor y más desgarradora de las condenas.

Erika Guerrero.

“1945”

Feren Török

Hungría

2018

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