Microrrelatos: la elocuencia de lo dicho/ Andrea Hidalgo

Lo bueno, si breve, dos veces bueno

(B. Gracián)

Si entendemos la definición del término texto en su sentido etimológico, este remitirá a la idea de trama o tejido. Este significado, breve y preciso, contiene en sí mismo, una de las claves que permiten comprender de modo más amplio y profundo el significado real de un enunciado.

Lo anterior tiene sentido porque si se piensa detenidamente, todo texto está constituido por un entramado de ideas que, al imbricarse entre sí, otorgan la posibilidad al lector de una infinita construcción de significados que se irán desplegando a través de las palabras, que han sido escogidas para formar parte de esta trama de manera deliberada por el autor, y que permanecen silentes aguardando que quien acceda a su lectura les otorgue la carga sígnica que inherentemente poseen.

La palabra es signo (afirmaba Saussure), convencional y arbitrario, lineal y temporal, mutable e inmutable a la vez. Por lo anterior, la carga de significación que como hablantes otorguemos a dicha entidad, estará circunscrita a variables de naturaleza diversa y muchas veces contradictoria, sin embargo, y de manera paradojal, esas mismas contradicciones posibilitarán el hecho de que dicha carga interpretativa ambigua y compleja, contribuya a dotar de múltiples sentidos al entramado textual transformándolo en una fuente ilimitada de análisis e interpretaciones.

Pero ¿qué ocurre cuando en un texto escasean las palabras? ¿cómo incide la ausencia de signos lingüísticos en la construcción de sentidos de un enunciado? Aparentemente, la supresión de términos dentro de un escrito podría asociarse a la restricción de nuestras posibilidades como lectores de urdir este complejo entramado que es el texto, sin embargo, en la práctica, la ausencia de signos lingüísticos puede transformarse en una posibilidad de descubrir sentidos que subyacen y que sientan las bases de su significado en lo que se omite, en aquello que no se declara mediante palabras, en aquello que no ha sido dicho.

El microrrelato es una invención antigua, tanto así que muchos atribuyen su génesis a culturas de milenaria data y de diversas latitudes, sin embargo, se sabe que es recién en el siglo XX, al alero de las vanguardias literarias, el momento en el que adquiere relevancia como una de las manifestaciones evidentes de la urgencia, característica de esos años, de renovar el modo de hacer y de entender el arte y la literatura.

De este modo, estos breves textos narrativos en prosa fueron adoptados rápidamente por autores de distintas culturas, como un medio para plasmar en pocas líneas un universo literario tan sucinto como críptico en el que la supresión intencionada de términos (elipsis) y la obligada referencia intertextual, se convierten en las claves para la construcción de los infinitos múltiples sentidos que dichas narraciones suelen ofrecer a modo de desafío para el lector.

Entre los muchos autores que incursionaron en la escritura de este tipo de textos (dentro de los cuales es posible encontrar nombres tan célebres como los de Monterroso, Borges y Cortázar) es posible relevar, en el contexto de la tradición literaria latinoamericana, la figura de Marco Denevi, escritor argentino que en su obra Falsedades (1966) recopila una serie de relatos en los que articula sus breves narraciones en torno a mundos vinculados con hechos o personajes del pasado mítico, histórico y literario con el propósito de contradecir y derrumbar la versión oficial que se tiene acerca de ellos. De esta manera, con una importante dosis de ironía, humor y claras intenciones contraculturales, Denevi omite buena parte de la información aparentemente necesaria para la construcción del sentido global del texto reemplazándola en cambio, por nombres, fechas y datos, en apariencia inconexos, que obligan al lector a echar mano de sus propios recursos para lograr la comprensión de lo leído.

“Pocas palabras, muchos sentidos” parece ser la consigna que atraviesa esta obra pues, la omisión intencional de buena parte de la trama en cada una de estas historias, desafía al lector a movilizarse en múltiples direcciones, sujetándose de las pocas palabras/signos que el autor proporciona, para procurar la siempre anhelada y a veces tan esquiva apropiación estética de lo leído. Tal vez en esto último descansa victorioso el mérito de este tipo de escritos.

A modo de reflexión, resulta inevitable reconocer que, desde la teoría literaria tradicional, existen voces que consideran una suerte de sacrilegio dar pie a la idea de que puedan reconocerse tantas interpretaciones de un texto como lectores existen, sin embargo, vale la pena preguntarse si es imperiosamente necesario, en los tiempos que corren, seguir tributando al canon y agotar nuestras lecturas en la siempre confortable y limitada categorización impuesta desde quienes sistematizaron el análisis de la literatura casi al punto de la mecanización. La palabra es signo (insistió Saussure hasta el cansancio) y como tal representa un universo inagotable de posibilidades de interpretación y análisis sin embargo, quizás sea en “aquello que no se dice” donde, como lectores, debamos buscar  la construcción del real sentido de los textos para contribuir de ese modo a que la trama de esos tejidos se entrelace y enriquezca cada vez que nos animemos a revisitar sus líneas.

Andrea Hidalgo.