Onfray y las razones del ateísmo/ Eduardo Schele

La religión: crucificar la vida y celebrar la nada.

¿Por qué ciertos individuos prefieren las ficciones tranquilizadoras de los niños a las crueles certidumbres de los adultos? La razón, según el filósofo francés Michel Onfray, es que prefieren la fe que calma a la razón que intranquiliza, aun al precio de un perpetuo infantilismo y miseria espiritual, lo cual termina produciendo la renuncia de sí mismo, a través de miserias sexuales, mentales, políticas e intelectuales.

Es el deseo de no ver la realidad, las ansias de un espectáculo alegre, aun cuando provenga de la ficción más absoluta, lo que lleva a la creencia religiosa. Son preferibles, nos dice Onfray, las fábulas, las ficciones, los mitos, los cuentos para niños, a enfrentar el develamiento de la crueldad de lo real que obliga a soportar la evidencia de la tragedia del mundo. Pero el imperio patológico de la pulsión de muerte no se cura, señala Onfray, con un esparcimiento caótico y mágico, sino con el trabajo filosófico sobre sí mismo, mediante una introspección filosófica y racional bien llevada. En este sentido, el ateísmo no es una terapia, sino salud mental recuperada, contraria al nihilismo pasivo de antaño. Y es que el siglo XX veía la muerte por todas partes: muerte del arte, muerte de la filosofía, muerte de la metafísica, muerte de la novela, muerte de la política, todas muertes, según Onfray, ficticias, que solo servían para montar la escenografía de las paradojas antes del cambio de chaqueta metafísica.

La palabra “a-teo” supone una negación, una falta, un agujero y una forma de oposición. En este sentido, no existe ningún término para calificar de modo positivo al que no rinde pleitesía a las quimeras fuera de la construcción lingüística, para significar el aspecto solar, afirmativo, positivo, libre y fuerte del individuo ubicado más allá del pensamiento mágico y de las fábulas. La pobreza del vocabulario ateísta, sostiene Onfray, se explica por la dominación histórica de los teístas, que hace más de quince siglos dominan tales asignaciones de términos, buscando cristalizar y petrificar sus propias representaciones.

Pero este encierro también es cognitivo, pues en los ritos religiosos carecen las invitaciones a reflexionar, analizar y criticar, ejercitando con ellos más bien solo la memoria. Y es que, como destaca Onfray, desde el Génesis ya se nos incita a no querer saber, a contentarse con creer y obedecer, a preferir la fe al conocimiento, a rechazar el amor a la ciencia y enaltecer la pasión por la sumisión y la obediencia, predicando a su vez el odio al cuerpo, a las mujeres y al sexo libre.

Cuando los hombres crean a un Dios, lo hacen a su imagen y semejanza: violento, celoso, vengativo, misógino, agresivo, tiránico e intolerante, es decir, señala Onfray, terminan esculpiendo su propia pulsión de muerte, el aspecto sombrío, y hacen de ello una máquina lanzada a toda velocidad contra sí mismos, renunciando a la vida del aquí y ahora. Son los imbéciles contentos los que prefieren la ignorancia del paraíso. Debemos alabar, nos dice Onfrey, a Eva, pues ella opta por la inteligencia al precio de la muerte, el conocimiento que nos abre la tragedia del mundo, pero que, al menos, no nos somete a una especie de muerte en vida.

Los creyentes inventan su criatura (Jesús) y luego le rinden alienadamente culto, transformando su neurosis personal en el modelo del mundo. Es el caso de Pablo de Tarso (10 d.C. – 64 d.C.), evangelizador que, bajo el Imperio romano, terminó viendo el mundo conforme a su propia personalidad histérica, misógina y masoquista. Si la cultura impide el acceso a Dios, de allí se entiende el ensañamiento contra ella, el odio, el desprecio y la intolerancia. No es casual entonces, nos dice Onfray, que la Iglesia católica haya inventado el etnocidio. El año 1492 no sólo marca el descubrimiento del Nuevo Mundo, sino también la aniquilación de otros.

Eduardo Schele Stoller.