La ambivalencia del progreso/ Eduardo Schele

El historiador y filólogo británico-irlandés John Bagnell Bury ha destacado cómo la idea de progreso ha servido para dirigir e impulsar a la civilización occidental. La idea del futuro o destino de la humanidad ha arrastrado a las personas a aceptar todo tipo de privaciones y miserias en vista de alcanzar sus ideales. Las ideas gobiernan el mundo en la medida que expresan aspiraciones humanas, es decir, cuando tienen alguna aspiración de progreso, muchas veces contando estas tan solo como meros actos de fe.

La idea del Progreso humano es, afirma Bury, una teoría que contiene siempre una síntesis del pasado y una previsión del futuro. Esta es la razón de que no hubiera una doctrina del progreso sino hasta el siglo XVI. Los filósofos griegos, por ejemplo, creían más bien en que estaban viviendo en un período de inevitable degeneración y declive, algo que relacionaban con la naturaleza del Universo, el cual, en algún momento, comenzará a ir marcha atrás. De allí que valoraran más la identidad y lo inmutable como aspectos que no degeneran (Platón).

Bury señala que estos prejuicios terminaron por excluir la idea de que pudiera alcanzarse un orden perfecto mediante una larga serie de cambios y adaptaciones. Tenemos el caso de los estoicos, quienes basaban su filosofía en el pesimismo y la resignación, al considerar que no hay forma de transgredir los límites que separaban lo humano del destino divino. Esto es algo que también se replicó en la Edad Media, donde, según la teoría cristiana, el propósito del movimiento total de la historia es asegurar la felicidad de una pequeña parte del género humano en otro mundo.

Francis Bacon, destaca Bury, vino a cuestionar estas concepciones, proponiendo una renovación del saber y la necesidad de romper con el pasado, imponiéndose ahora un carácter del conocimiento más práctico, con el fin de mejorar las condiciones de la vida humana, yendo más allá de la mera satisfacción especulativa. Lo que se busca a partir de la modernidad es el dominio humano sobre la naturaleza.

Sin embargo, las diversas teorías científicas que van surgiendo a partir de la modernidad van a tener un componente ambivalente con respecto a la noción de progreso, ya que si bien estas justifican o validan la idea de que avanzamos hacia algo mejor, también han ido en desmedro del valor del ser humano en el cosmos. Por ejemplo, la teoría del origen de las especies de Darwin nos destrona de la posición privilegiada que gozábamos bajo ciertas concepciones previas, peor aún con la postulación de la teoría heliocéntrica, donde dejamos de ser el centro del universo.

Eduardo Schele Stoller.

La idea del progreso - Alianza Editorial