Federico García Lorca y el teatro de la subversión/ Andrea Hidalgo

A través del tiempo, el teatro ha sido considerado como una de las manifestaciones culturales en la que la contemplación sensorial del arte y la apropiación genuina de sus mensajes se vuelve realmente posible. Esto, porque la escenificación de toda obra dramática permite otorgar vida, cuerpo, voz y movimiento a entidades que se gestaron en ese universo inacabado que suele ser la mente del dramaturgo y que, al ser arrojadas al mundo de la representación, son capaces de tensionar mediante sus acciones y sus decisiones el pequeño espacio en el que habitan y también el alma de quienes recepcionan sus mensajes.

El teatro es por esencia conflicto, oposición de ideas, visiones de mundo y horizontes de expectativas chocando de modo caóticamente organizado. El teatro es contraste deliberado, dilema permanente, progresión frenética y relaciones fundadas sobre la base de la causalidad. Nada ocurre porque sí pues, al interior del mundo dramático, ninguna palabra o acción es jamás inocente.

En ese espacio de contrastes intencionados al extremo, existen autores que profundizan y acentúan la dicotomía que constituye el alma de este arte. Federico García Lorca, autor español adscrito a la Generación del 27, es quizás uno de los dramaturgos del siglo XX que mejor logra comprender y testimoniar en sus creaciones esta naturaleza conflictiva inherente al drama.

Su teatro, atravesado por un indiscutible tinte localista y con marcadas influencias de la estética de vanguardia, hace posible la visibilización de conflictos humanos esenciales que trascienden el contexto en el que sus obras fueron escritas.

El mundo presentado por García Lorca en sus dramas es el de las apariencias y de las oposiciones, el de los prejuicios y los estereotipos, pero a la vez es el mundo de la subversión y de la disidencia, aquél en el que fluyen por dimensiones paralelas, la fuerza y el peso ineludible de la tradición, pero también la necesidad imperiosa de despojarse de ella.

El teatro lorquiano está habitado por personajes que muchas veces no poseen nombre propio, acción deliberada del dramaturgo que, intencionadamente, nos los presenta como seres sin identidad ni voluntad aparente, arrastrados por la inercia del lugar que les ha sido dado en el orden del universo dramático en el que existen. Esa suerte de “no lugar” en el que estos otorgan sentido a su existencia a partir de la paradoja de, por una parte, escapar del destino que les ha sido dado y, al mismo tiempo, intentar subvertir lo que, en algún momento, ellos mismos escogieron para sus vidas.

La estructura de la tragedia clásica apelaba a una idea similar: personajes asediados por un destino fatal que no tuvieron la posibilidad de escoger y su épica lucha por intentar escapar de ello.

El punto de inflexión en Lorca reside en que, en sus obras, los personajes sí eligen su destino el que, a poco andar, les resulta insostenible. Es allí, en ese acto consciente de tomar sus propias decisiones, donde reside la verdadera subversión y también, por cierto, la gran paradoja de negar lo que se ha concebido inicialmente como una opción vital, para ir ahora en busca de otras vivencias, de otras nuevas y distintas decisiones para redireccionar a partir de ellas la propia vida.

De este modo, los personajes del drama lorquiano son capaces de verse a sí mismos, asumiendo su condición de seres inmersos en un contexto social en que las tradiciones, costumbres y conservadores paradigmas los obligan a ajustarse a las normas inamovibles impuestas por ese orden. Es aquí donde se deconstruyen, impulsados fundamentalmente por la necesidad de que sean sus propios deseos y aspiraciones los que direccionen su vida y no los deseos de otros. En esto consiste, para ellos, la verdadera subversión. En el acto de dejar de vivir a la sombra de otros y comenzar a vivir en función de sí mismos, siendo fieles a sus propias motivaciones, aunque esto suponga muchas veces “traicionar” lo que el mundo espera de ellos.

Lorca nos revela a través de su teatro, las aspiraciones y deseos de personajes que representan, para el contexto de su época, una nueva forma en que el ser humano debe posicionarse en el mundo. Esa forma que invita a deshacerse de una excesiva conciencia de lo que debemos ser para abrazar, en cambio, la urgencia de reconocer lo que en realidad queremos ser, deslizando en cada una de sus historias la posibilidad de que, nosotros los espectadores, al vernos reflejados en ese enorme espejo que es el teatro, seamos capaces de animarnos a ir en busca también de la idea de revertir el destino que hemos escogido y aventurarnos, al igual que sus personajes, a dejar fluir nuestras propias subversiones.

Andrea Hidalgo.

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