Ensayos

El arte y belleza de lo cotidiano según Oscar Wilde/ Eduardo Schele

Uno puede prescindir perfectamente de la filosofía si se rodea de objetos hermosos.

El arte, nos decía Oscar Wilde, no es un mero hecho fortuito de la existencia que podamos dejar de lado, sino una gran necesidad humana, en vista de no vivir limitados a lo que ha dispuesto la naturaleza; es decir, sería lo que nos constituye como seres humanos.

El arte se encarga, según Wilde, de cubrir de belleza las cosas que nos son comunes a todos, generando placer no solo en la contemplación de la obra, sino que también en su creación. Más que la exactitud o la precisión, aspectos logrables incluso por máquinas, lo que distingue a las verdaderas obras de arte son la dulce y encantadora vitalidad espiritual e intelectual con que el autor las crea. Aquí no importa, entonces, tanto la obra como la creación de la misma, donde el autor no solo trabaje con las manos, sino también con el corazón y la cabeza.

Pero esta labor no es algo que Wilde limite a la creación de pinturas, esculturas o poemas, pues también lo extiende al embellecimiento de vestimentas y casas, aspecto ya poco considerado en su época, donde, en medio de tanta prisa y negocios, no había tiempo para dedicar a ornamentaciones delicadas ni contemplar el diseño de lo que los rodeaba.

De allí la necesidad que nos propone Wilde de cultivar la admiración, pero para esto, también  se hace imprescindible vivir entre cosas hermosas, con el fin de poder contemplarlas. En este sentido, ataca la pobreza, la insignificancia de la arquitectura, y la vulgaridad y estridencia de las publicidades, que poco y nada contribuyen a transformar los elementos cotidianos de la vida en algo bello, ya que el arte no llega al pueblo a través de costosos cuadros que permanecen en galerías privadas. Wilde sostiene que la gente puede adquirir más conocimiento artístico de un objeto de uso cotidiano que esté bien diseñado.

En suma, Wilde considera que la belleza siempre es orgánica y proviene del interior, no del exterior; ya que si bien nos habla siempre de objetos cotidianos, estos deben ser diseños y dispuestos por un espíritu que vaya más allá de los criterios prácticos, priorizando más bien la belleza y la estética. Sin embargo, esto no quiere decir que debamos entregarnos a los designios de la moda, pues esta es de hecho el mayor enemigo del arte, al apoyarse en la insensatez de lo efímero. Si la moda es tan insoportable que tenemos que cambiarla cada seis meses, nada realmente hermoso y racional puede haber en ella. Características que sí posee el verdadero arte y que lo convierte, por tanto, en eterno.

Eduardo Schele Stoller.

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