Lo espectacular desde la descripción en Lo Infraordinario, de George Perec/ Jorge Pinto

George Perec (1936-1982), escritor francés, considerado uno de los grandes exponentes de las letras parisinas del siglo pasado -y con justa causa- si en 1978 nos regala, como acto de divinidad literaria, la novela “La vida instrucciones de uso”. Su desarrollo en las letras abarcó más de una apuesta literaria, recorrió más de un género y se permitió experimentar y criticar en más de una ocasión, lo que se sugiere con estricto rigor academicista, hacer literatura. Es en este último punto donde me quiero detener, en su laboratorio literario que, entre otras cosas, abrió posibilidades, extrañamientos, como antaño dijeran los formalistas.

Desde su muerte en 1982 han aparecido una serie de artículos, ensayos y escritos literarios, los que muchas veces superan con creces lo que publicó en vida. La mayoría de estos textos son recopilaciones que Perec publicó en diversos medios y sobre los cuales la crítica se ha encargado de agrupar por temas, para ser exactos, en tres grandes temas, a saber: Pensar/Clasificar, textos en los que Perec se refiere a la forma de categorizar la realidad; Lo infraordinario, textos en los que se desautomatiza el espacio físico y; Nací, textos en los que Perec experimenta en las posibilidades de la autobiografía. De estos tres temas me interesa Lo infraordinario, por tratarse de ensayos, literarios o no, que exploran el límite de la diégesis al punto de exiliarla del texto, eliminarla, si se quiere exactitud.

Lo infraordinario abarcan textos que Perec escribió entre 1973 y 1981. El motor que mueve los escritos de Lo infraordinario es la observación minuciosa de la realidad, de los lugares y las cosas que están en ellos, una especie de mímesis sobrecargada (como en Matrix). Por ejemplo, en “¿Aproximaciones a qué?” examina el funcionamiento de nuestra civilización, desde el espacio físico, “La rue Vilin” se centra en el recorrido de una calle, espacio que no siempre vemos de la forma en la que Perec lo hace y, “Alrededor de Beaubourg” o “Paseo por Londrés” análisis de los lugares de paso.

¿Qué lleva a Perec a la inflexión entre diégesis y descripción? En el artículo “¿Aproximaciones a qué?” Perec señala:

“Lo que nos habla, me parece, es siempre el acontecimiento, lo insólito, lo extraordinario: Los trenes solo comienzan a existir cuando se descarrilan y cuantos más pasajeros muertos más existen, los aviones solo acceden a la existencia cuando los secuestran (…)  Detrás de un acontecimiento tiene que haber un escándalo, una fisura, un peligro, como si la vida solo debiera revelarse a través de lo espectacular, como si lo que se dice, lo significativo fuese siempre anormal.”

Para Perec la realidad sin espectáculo se desvanece en el aire, el escándalo agudiza nuestra capacidad de observación, la garantía de fijar como se debe la mirada en algo necesita una fisura, un arrebatamiento espectacular. Entre lo revelado por la realidad y nuestra capacidad de observación existe un abismo. Perec intenta desestabilizar ese abismo y aplica en los textos una fisura que obliga a posar los ojos en lugares, a fuerza de tiro claro, suprimiendo en sus palabras la diégesis, remitiéndose solo y exclusivamente a la descripción de los espacios y las cosas que en ellos se encuentran. La diégesis, esa parte fundamental de la narrativa, del drama y -en circunstancias- de la lírica- provoca la invisibilidad de elementos considerados ordinarios para Perec, los que por su calidad de banales se quejan por aparecer en escena. Perec escribe:

“Lo que pasa realmente, lo que vivimos, lo demás, todo lo demás ¿Dónde está? ¿Cómo dar cuenta de lo que pasa cada día y de lo que vuelve a pasar, de lo banal, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual? ¿Cómo interrogarlo? ¿Cómo describirlo?”

El ejercicio de narrar puede perdernos en un vacío narrativo, girar en torno a la historia, abasteciendo los personajes de tiempo y más tiempo, sin detenciones, sin fisuras. Bien sabemos que la descripción provoca una detención temporal. El momento se congela cuando lo describimos y los objetos, el físico (corporal), las cosas, vuelven a aparecer entre nuestras narices. Perec desea que lo extraordinario se duerma un momento y le de espacio a lo infraordinario, a lo que aparece solo cuando nos detenemos a mirar, como niños descubriendo el mundo. Perec nos obliga a parar un instante y recorrer -con tiempo detenido- lo infraordinario, lo que siempre ha estado ahí gritando yo también estoy acá.

Jorge Pinto.

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