Altazor de Vicente Huidobro, los límites del lenguaje poético/ Jorge Pinto

Vicente Huidobro, seudónimo literario del poeta chileno Vicente García – Huidobro Fernández, es considerado por la crítica -nacional e internacional- como uno de los principales exponentes del movimiento poético de vanguardia en Chile como en Latinoamérica durante la primera mitad del siglo XX.

A Huidobro le debemos la teoría estética del Creacionismo, movimiento poético –y permítame señalarlo, también lingüístico-  que en su génesis postula una simbiosis entre el poeta y el acto divino de crear mediante la palabra alejándose de la mímesis, principal trampa en la que caen los poetas según el vate chileno.

La teoría estética huidobriana del Creacionismo postula la independencia de la obra literaria con respecto a un referente absoluto. Bien sabemos desde los postulados de Saussure que la palabra forma parte de un sistema en el que participan tanto un significado como un significante, estrechamente unidos por un referente real o imaginario. Para Huidobro la literatura ha quedado atrapada en sus referentes, sin ánimo de escapar de ellos, sino más bien de acentuarlos, repetirlos a lo largo de la historia literaria. La literatura sería un conglomerado de adaptaciones estéticas en que cada palabra se une siempre y exclusivamente al mismo referente, una especie de espejo referencial del que se hace difícil -tal vez imposible- escapar.

Qué hacer entonces con la palabra si el referente parece imbricado a ésta en una constante. Para Huidobro la poesía –y en notoria diferencia con la narrativa o el drama- debe ser una totalidad lírica independiente en absoluto, un arte de la palabra superior a su contexto (su referente próximo) y adecuarse a la creación constante, utilizando la palabra para crear nuevos referentes, nuevos mundos, tal cual canta en sus Manifiestos creacionistas.

Ahora bien, a diferencia de otros movimientos vanguardistas europeos tales como el Surrealismo o el Dadaísmo, el Creacionismo no pretendió anular la racionalidad en la producción poética, sino más bien hacer de la poesía una teoría estética que se asome a los bordes del lenguaje y, así también, gestar una política en la que el poeta tiene como propósito transformar el mundo alejándose de la mímesis y crear belleza desde nuevas interpretaciones lingüísticas: el poeta es, tal cual Dios, un ser divino dotado de lenguaje creador, los poetas son pequeños dioses.

Altazor, publicado en 1931, supone el alcance y los límites literarios del proyecto creacionista de Vicente Huidobro. Para gran parte de la crítica el poemario es un experimento vanguardista en el que Huidobro recorre de forma azarosa los experimentos formales del lenguaje, intentando hacer de éste un ejercicio en el que la palabra signifique su propia realidad dentro de un contexto determinado, por el o la poeta, claro.

Altazor, compuesto por un prefacio y siete cantos, es un viaje del hablante lírico hacia la muerte terrenal. Éste se lanza con un paracaídas en la espalda al vacío, lo cual supone entre otras cosas, no tan solo la muerte venidera del sujeto que canta en el poema, sino que a su vez la muerte del referente lingüístico, su desintegración con el fin último de crear mundos paralelos al que acostumbramos a habitar. El salto al vacío, leemos a lo largo de los siete cantos, advierte un hablante lírico fragmentado, que pierde su propia identidad a medida se acerca a su aterrizaje forzoso. El poeta va perdiendo su centro existencial, su norte (tan característico de la poesía modernista y clásica), situándose en un tiempo y espacio indeterminado, extraño y disperso, en simetría con las sensaciones de confusión que genera el lenguaje nuevo, creacionista.

Huidobro desea que Altazor, haga tambalear al lenguaje, que su propia existencia sea la desintegración de su persona y del lenguaje a medida que avanzamos en el poema. Huidobro canta: “Todas las lenguas están muertas / muertas en manos del vecino trágico / Hay que resucitar las lenguas”. El resucitar de las lenguas es una declaración de principios, es una muestra de lo que para el poeta significa la palabra en pleno acto de creación, una nueva forma de generar vida, cual génesis bíblico. Para el último canto Huidobro inicia una desfragmentación lingüística completa, utilizando la jitanjáfora como recurso de demostración de la nueva creación poética, alterando la semántica de las palabras, jugando con el sin sentido, explorando los bordes conceptuales de las palabras.

De esta manera Altazor se presenta como un acto declarativo: la mímesis –para Huidobro la naturaleza- no permite que el poeta se sirva de las palabras, sino que solo sea un servidor de ésta. La razón de ser para un poeta radica en el máximo acto creador, para el poeta chileno en declararle la guerra a la madre natura y dejar la servidumbre mimética, contraponerla con nuevos referentes creados por el poeta, el auténtico Dios entre los creadores de palabras.

Jorge Pinto.

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