En la poesía de Alejandra Pizarnik nos encontramos una profunda crítica al lenguaje, la cual se termina transformando en pesar al no poder desprendernos tan fácilmente de la determinación de las palabras en nuestras mentes. Ojalá fuera cierto que las palabras se las lleva el viento. Las palabras tienen un amargo sabor (a vientre viejo, a huesos, a animales mojados por agua negra). Lástima que no podamos ver las cosas tan solo como cosas, pues estas, señala Pizarnik, no ocultan nada. Es por culpa de las palabras que “esperamos” un montón de cosas y es en la esperanza en donde radica muchas veces el sufrimiento. Cuando arriba la fatiga por expresar lo inexpresable, surge también el amor por el silencio. 

Es durante los silencios que las cosas parecen mostrarse, es decir, cuando estas son percibidas en vez de nombradas. “Quiero ver en vez de nombrar”, afirma Pizarnik, pues todo lenguaje es vacuo y no logra realmente llegar a las cosas. Morimos, nos dice, en poemas muertos, ya que no logran fluir como quisiéramos, no haciendo más que ilusionarnos con el presunto poder del lenguaje. El poema es incapaz de aludir hasta a las sombras más visibles y menos traidoras, pues hablar es comentar tan solo lo que nos place o disgusta a nosotros mismos, esto es, un lenguaje visceral constatador de los fantasmas de las apariencias. En este sentido, no puede sernos eficaz un lenguaje que hemos heredado de extraños, pues ni siquiera responde a nuestros propios intereses. De allí que Pizarnik declare sentirse extranjera, sin patria, sin lengua natal. 

El poema ha de asemejarse más a una pintura, la cual, señala Pizarnik, viene a ser como un poema callado. Dentro de estos límites, la poesía se convierte en el lugar donde todo es posible, desde el humor al suicidio. En esto radica el valor de la poesía; convertirse en el lugar donde lo imposible se vuelve posible, arriesgando y transgrediendo los límites. El poeta, afirma Pizarnik, trae nuevas de la otra orilla, siendo el emisario o depositario de lo vedado, labor que lo lleva a su vez a confrontarse no solo con las maravillas del mundo, sino que también con la locura y la muerte. 

A raíz de lo anterior, se le pregunta a Pizarnik ¿no sería mejor transformar la vida en poesía que hacer poesía con la vida?, a lo que ella responde: “Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir”. 

Eduardo Schele Stoller. 

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