Los experimentos mentales han sido siempre un medio útil para explicar ideas y problemas filosóficos; la paradoja de Aquiles y la tortuga de Zenón, la alegoría de la caverna de Platón, el genio maligno de Descartes o la habitación china de Searle, por nombrar algunos. Muchas veces estas alegorías las podemos encontrar también en el cine. Es el caso de la película El hoyo (2020), del director Galder Gaztelu-Urrutia, cuya trama discurre dentro de una especie de cárcel vertical, dividida en más de 300 niveles, todos unidos por un mismo agujero. Cada mes las parejas de presos por nivel son cambiadas, aparentemente de forma aleatoria, a otro piso. Estos cambios no son intrascendentes, pues según el piso en el que queden, será cómo y cuánto podrán comer. Desde el nivel 0 baja cada día una plataforma con los platos favoritos de cada reo. En teoría, cada individuo alcanzaría a comer su ración diaria. ¿Qué ocurre en la práctica?

Aquí nos enfrentamos a un clásico dilema filosófico: ¿somos buenos o malos por naturaleza? ¿Altruistas o egoístas?  Mucha tinta ha corrido a lo largo de la historia de la filosofía sobre este problema. Desde la era moderna, Hobbes y Kant, por ejemplo, eran de la idea que nuestras acciones tendían innatamente al egoísmo, de allí la necesidad de imponer leyes, normas y morales castigadoras para posibilitar la convivencia social. Rousseau, por el contrario, creía que es la bondad y la cooperación la que nos define, pero la sociedad nos corrompe y nos vuelve malvados. Desde la teoría evolutiva este juicio dependerá de qué consideremos como unidad de selección natural; si creemos que es la especie, hablaremos de solidaridad en la medida que se beneficia el grupo (Darwin), si creemos que es el gen, aludiremos al egoísmo, pues lo único que importa es la replicación genética, siendo los seres vivos, incluido el ser humano, meros vehículos de replicación (Dawkins). Ahora bien, para el conductismo todo esto es un falso problema; no somos buenos ni malos por naturaleza, sino que tenemos el potencial de ser ambos, según los estímulos que recibamos o no recibamos del entorno.

En la práctica, esto último es lo que parece ocurrir en el hoyo, pues al poco tiempo de estar confinados allí, las conductas de los individuos van cambiando drásticamente, pues entienden que a cualquiera le puede tocar estar en los pisos inferiores, a los cuales la plataforma llega, pero vacía. Esto quiere decir que cada sujeto termina comiendo más de lo que le corresponde en los niveles superiores, en calidad, cantidad y variedad, condenado a los últimos a cometer las mayores atrocidades imaginables para lograr sobrevivir con las sobras y desechos que van quedando. Estas obligadas abstinencias hacen que, cuando se logra estar en los primeros niveles, se caiga en atracones compulsivos de comida, lo que parece crear una especie de circulo vicioso interminable. Algunos personajes tratan de romper este círculo egoísta mediante una moral solidaria, primero mediante el convencimiento racional, medida que no resulta efectiva, pues termina primando siempre el interés personal, consumiendo más de lo necesario para vivir. ¿No es acaso lo mismo que vemos, una y otra vez, en situaciones de crisis? Lo estamos viviendo actualmente, por ejemplo, con la pandemia del coronavirus, donde los que pueden comprar acaparan, pensando en un futuro desabastecimiento, pero privando en el presente a quienes no pueden hacerlo.

La película, en este sentido, es muy kantiana, ya que no solo necesitamos imperativos racionales para el establecimiento de una moral que favorezca la convivencia, sino que también de la fuerza. El “tapiz humano” se entreteje, a juicio de Kant, con hilos de locura, vanidad infantil, maldad y afán destructivo. No podemos suponer en nuestra especie, por tanto, la existencia de ningún sito racional, pues nuestras acciones humanas se hallan más bien determinadas por las leyes generales de la naturaleza. Aquí es donde aparece la insociable sociabilidad humana, manifestándose en nuestra inclinación a formar sociedad, pero en conjunto al deseo por disolverla. Tenemos una inclinación a entrar en sociedad, pues allí sentimos que podemos desarrollar nuestras disposiciones naturales. Pero también existe una gran tendencia a aislarse, pues nos encontramos en la sociedad con innumerables resistencias a nuestra voluntad. Kant ve con buenos ojos esta contradicción, pues considera que es dentro de la asociación civil que las inclinaciones naturales producen su mejor resultado, tales como los árboles que crecen erguidos en un bosque, versus aquellos que se encorvan y retuercen en aislamiento. Toda la cultura y el arte son frutos de la insociabilidad, la cual ella misma se ve en la necesidad de someterse a disciplina.

Esto es lo que termina ocurriendo en el “hoyo”, pues sino fuese por la amenaza de la fuerza y el castigo físico, los personajes principales no habrían logrado llegar con algo de comida al nivel más bajo, lo que nos muestra, hipotéticamente, que si bien unos pocos dentro de una situación de crisis pueden cooperar entre sí, la mayoría hará valer sus propios intereses, primando en consecuencia el egoísmo. ¿Por qué? Pues precisamente para no caer a niveles más bajos de existencia. No obstante, como nos deja entrever magistralmente la película, si primara la cooperación, la jerarquización de niveles perdería todo el sentido, algo que a estas alturas, sin mediación de la fuerza, parece una mera utopía.

Eduardo Schele Stoller.

Libro: Filosofía de la Historia - 9789681601904 - Kant, Immanuel ...

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