Existir, nos dice Emil Cioran, implica teñir de afecto cada instante, pues solo así logramos matizar la nada de la realidad. Sin los dispendios del alma viviríamos en un universo blanco, donde nuestras ideas no son más que compensaciones de tal vacío. Pero el tiempo convertido en afectividad deviene en melancolía. El ser humano, destaca Cioran, se esfuerza en vivir, mirándose al espejo antes de realizar cada acción; somos un animal que se ve viviendo, por eso, de puro asco, tendemos a construirnos fortalezas en el fondo de los mares, en vista de que la cruz del tiempo no nos clave en el hastío. A medida que el hastío espesa el tiempo, afirma Cioran, adelgaza las cosas hasta hacerlas transparentes. Aburrirse significa así ver a través de los objetos, volatilizando la naturaleza a través de la lucidez.

En consecuencia, el sufrimiento para Cioran cuenta como un instrumento de conocimiento. Sino tuviera tal fin, el suicidio, a su juicio, sería obligatorio. Es a través de la tristeza que tomamos conciencia tanto del cuerpo como del alma, tomando las cosas en serio, bajo un sentido trágico, involucrándose en su suerte, como los filósofos; pobres agentes de lo Absoluto, profesionales alimentados de las tristezas colectivas. Y es que las creaciones del espíritu son un indicador, señala Cioran, de lo insoportable de la vida, donde la melancolía viene a ser el estado onírico del egoísmo. Egoísmo, pues se basa en un ardor de los propios sentidos y en la incapacidad del control de los afectos.

Cioran señala que todo cuanto no es inerte precisa, en diferente grado, de apoyo. En el ser humano esto se hace aún más patente, pues nuestro destino solo se cumple inventando certezas y mentiras. Pero quien se pone frente a sí mismo, quien se desliza por la transparencia de su propia condición, ya no puede apelar a este tradicional y perverso abuso del conocimiento. Ya no desea seguir malgastando su vida, enfermando a través de lo Absoluto. Si la libertad requiere desligarse del sentido único, la lucidez será la consecuencia de una pérdida, pero también implica la posibilidad de probarse a sí mismo hasta dónde podemos llegar.

En esto radica la tragedia del suicidio, pues, usualmente, este se comete antes de alcanzar todo nuestro potencial. Los suicidios son horribles, afirma Cioran, por el hecho de que no se llevan a cabo a su debido tiempo, porque tronchan un destino en lugar de coronarlo. Un final tiene que cultivarse como si fuera un huerto y esta idea del huerto nos dice mucho, pues supone la posibilidad de cultivar y cosechar lo que queramos. Es preferible el desencanto del alma al suicidio que cometemos diariamente bajos los diversos apoyos que nos sustentan. La nada cuenta, según Cioran, como un bálsamo existencial, el cual puede traducirse incluso como alegría, entendida esta como lucidez y reflejo psíquico de la pura existencia. La constatación de la nada nos desengaña de las ilusiones que nos amarraban a una determinación de ser y que coartaban, en consecuencia, nuestra libertad.

Eduardo Schele Stoller.

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