Del cielo a la tierra: Schlegel y la relación filosofía-poesía

En poesía, nos dice Friedrich Schlegel, todo lo completo puede quedarse a medias y todo lo que está a medias puede resultar auténticamente completo. El poema es solo una cosa natural que quiere llegar a ser una obra de arte. Cosa natural, pues se basaría más en el instinto y la pasión que la razón. De hecho, para escribir bien sobre un asunto, afirma Schlegel, es necesario no interesarse más por él, esto es, debe abordarse con serenidad. Aquí se vuelve importante la “autolimitación”, ya que, de lo contrario, nos vemos limitados por el mundo, siendo sus esclavos, cuando de lo que se trata, a través de la poesía, es de elevarse, tanto creándose como destruyéndose a sí mismo.

Según lo anterior, para Schlegel es tan absurdo el concepto de un poema científico como el de una ciencia poética. Y es que ni el arte ni las obras hacen al artista, sino la sensibilidad, el entusiasmo y el impulso, es decir, todo lo que entra en plano de la subjetividad. La razón, a juicio de Schlegel, es solo un género de la misma tenue y acuosa razón. Aun así, reconoce que la historia entera de la poesía moderna es un continuo comentario al breve texto de la filosofía y que poesía y filosofía han de estar unidas. Antes de poetizar se debería filosofar. La razón parece ser la siguiente. Schlegel afirma que el hombre corriente se conforma al rebaño, echando raíces y renunciando al deseo insensato de moverse con libertad, terminando por petrificarse en la cultura. El hombre es así cancelado y torneado para ser convertido en máquina. La mera vida solo por mor de la vida es la auténtica fuente de la vulgaridad, y vulgar es todo aquello que carece por completo del espíritu secular de la filosofía y la poesía. Únicamente filosofía y poesía, sostiene Schlegel, son totales y solo ellas pueden vivificar y reunir en un todo cada una de las ciencias y artes particulares. Solo en ellas puede la obra singular abarcar el mundo. La filosofía ayuda así a elevar la poesía por sobre la enajenación mundana.

Un hombre vulgar no puede tener ningún fin cabal y, por tanto, no puede producir nada adecuado; todos los objetos se hallan demasiado cerca o demasiado lejos del hombre práctico. Todas las relaciones perturban su mirada, no se pudiendo alcanzar ninguna visión adecuada de la vida. No hay aislamiento más insensato, sostiene Schlegel, que arrinconar y limitar la vida como si fuera esta un oficio vulgar, ya que la verdadera esencia de la vida humana reside en la totalidad, la plenitud y la libre actividad de todas sus potencias. Algo completamente diferente es aquel aislamiento que se produce cuando, en medio de la multitud de los objetos, un espíritu encuentra el adecuado, lo aísla de todas las circunstancias perturbadoras y profundiza en su interior hasta que tal objeto se convierte para él en un mundo que desearía reproducir en palabras o en obras. Se ve arrastrado de un objeto a otro afín, progresando de uno a otro sin cesar, pero permaneciendo inalterablemente fiel al punto central, al que regresa más enriquecido cada vez.

Hasta aquí lo de común entre poesía y filosofía, pues la primera también puede atenerse a los pensamientos divinos, elevando a los hombres a dioses. Pero la poesía también puede recorrer el camino inverso; tratándose como música, esto es, como un bello acompañamiento y complemento de la vida, logrando trabar así amistad entre el espíritu y la naturaleza, descendiendo del cielo a la tierra. De hecho, Schlegel nos dice que la poesía es más afín a esta última. Si bien la filosofía con frecuencia niega a los dioses, los trasciende por medio de la abstracción, alejándose así del arte, pues artista es quien dedica su existencia a cultivar su sensibilidad aferrándose a la tierra. La filosofía la eleva lo justo y necesario, pues si se excede, la poesía terminaría por perder sus raíces.

Eduardo Schele Stoller.

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