La filosofía del jardín

Antes de encerrarse entre las cuatro paredes de los edificios escolares, las ideas de los filósofos se escuchaban entremezcladas con los trinos de los pájaros, la letanía de las cigarras y el murmullo de las hojas sacudidas por la brisa.

El jardín, nos advierte Santiago Beruete, ha sido escasamente estudiado por la filosofía y eso a pesar de que las primeras escuelas filosóficas se desarrollaron en ellos, todo esto en parte a la sobrevaloración del entendimiento por sobre los sentidos como fuente de conocimiento. Aún así, los jardines han sido testigos de la relación del hombre con la naturaleza, lo que, mediante un lenguaje plástico y sensorial, ha sabido mostrar incluso la metafísica vigente en cada momento histórico. Todo jardín, afirma Beruete, formula una teoría estética de la belleza y una visión ética de la felicidad, llegando a servir también como medios para la reflexión. Ya desde la antigüedad, la academia de Platón, el liceo de Aristóteles y el jardín de Epicuro son muestra de esto.

La utopía y la esperanza en un mundo mejor se vive en los jardines. Pero también nos hablan de la nostalgia de lo que una vez fue como de lo que nunca podrá ser. En cualquier caso, Beruete señala que nos sirven como medios de evasión de la realidad y de ideal de un retorno a la naturaleza o al paraíso perdido, nostalgia espiritual de los orígenes. La valoración estética del paisaje natural va asociada, nos dice Beruete, a la aparición de una nueva sensibilidad hacia la naturaleza que desarrolla y cultiva la noción de lo “sublime”, esto es, más que placer, una especie de horror delicioso o de una especie de tranquilidad teñida de terror, tratando de igualar lo que ya producía por si mismo el paisaje natural. Por otro lado, en los jardines se busca la armonía y el gozo mediante la perfección estética de la justa proporción, depurando y sometiendo así la naturaleza a la abstracción geométrica con el propósito de catapultarnos a una belleza trascendente y fundirnos con el paisaje. La mirada del espectador, señala Beruete, es proyectada por la matemática oculta de su trazado hacia un más allá presidido por la belleza abstracta del orden. Se produce una suerte de catarsis visual, de elevación hacia una realidad superior que busca calmar las ansias de inmortalidad del hombre, su anhelo de escapar a su condición mortal y liberarse de su naturaleza material.

Pero el jardín no solo ha tenido este fin metafísico. Beruete nos advierte que también ha servido como símbolo de poder, de control de la naturaleza, como un signo de ostentación y un instrumento de propaganda. La naturaleza, doblegada por la ciencia de las proporciones y la simetría, se humaniza y se torna apacible, deleitable y llena de incitaciones para los sentidos y el espíritu, perdiendo así su carácter inhospitalario, tosco y amenazante del pasado. Todo jardín, afirma Beruete, es una utopía realizada, un anticipo del Cielo y un oasis en medio de la fealdad del mundo. En el siglo XVIII, por ejemplo, los pensadores ilustrados deificaron la naturaleza y propugnaron el contacto con ella como fuente de sabiduría, consuelo espiritual y perfección moral, disolviéndose ya los límites del jardín, confundiéndose con los límites de la naturaleza. Y es que todos los jardines, afirma Beruete, son una burda imitación del paraíso terrenal y este el arquetipo de todas las utopías que se han descrito.

Pero el jardín no solo surge para la contemplación, pues en él también puede darse la práctica del paseo, para huir del tedio y encontrase con uno mismo. Esta es la práctica del filósofo andante, tan antigua como los peripatéticos, pero que se consagra como actividad cultural en el siglo XVIII. Aquí la marcha, señala Beruete, se eleva a la categoría de arte y forma parte de una sabiduría de la vida. A la experiencia del deleite sensorial e intelectual del paseo, se añade el puro placer del movimiento corporal. El contacto con la naturaleza, ni que decir tiene, vivifica nuestro cuerpo, repone nuestra energía vital y nos predispone al encuentro con nosotros mismos de una manera epidérmica y sensitiva, sin la mediación de artefactos culturales ni ceremonias elaboradas. Caminar, destaca Beruete, es un lujo de pobres, de pensionistas, de personas ociosas, un entretenimiento demasiado caro para aquellos que carecen de tiempo y del sosiego necesario. Una forma de suspender el juicio, de desacelerar y desconectarse. Así, los jardines no solo son reflejos de reflexión de una época, sino que también la propicia, al contribuir a la serenidad, a la disolución momentánea del ego y a la observación desprejuiciada de la realidad. Quizás es por esto, nos dice Beruete, que caminar sea la primera cosa que un niño quiere hacer y la última a la que una persona mayor desea renunciar. Además, de allí la importancia que desde el siglo XIX se le ha dado al proceso de democratización de los jardines y al urbanismo moderno, pues, como ha destacado Beruete, salir al jardín supone siempre entrar en nosotros mismos.

Eduardo Schele Stoller.

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