La felicidad como proceso inconsciente

En su estudio sobre la felicidad, Sara Ahmed comienza afirmando que, si bien anhelamos la felicidad, no necesariamente sabemos qué queremos cuando la anhelamos. Cuando deseamos la felicidad, anhelamos, nos dice Ahmed, que se nos relaciones con ella, lo que por transitividad supone que se nos relacione al conjunto de cosas relacionadas con ella. En este sentido, puede que la promesa de la felicidad es aquello que se recibe por establecer las relaciones correctas, lo que nos orienta a relacionarnos con determinadas cosas. En una época que ha dado un agobiante “giro hacia la felicidad”, los individuos, según la psicología positiva, deben ser felices para los demás. En la medida en que alimentamos nuestra propia felicidad, señala Ahmed, incrementamos la felicidad también de los demás, de allí que tengamos la obligación de ser felices. La felicidad se convierte así en un instrumento, ya no un fin en sí misma, como pensara Aristóteles, sino un medio para otro fin. La felicidad se entiende ahora como un capital que nos permite hacer y conseguir cosas. La psicología positiva, afirma Ahmed, implica la instrumentalización de la felicidad y su transformación en una técnica y como un medio de maximizar las posibilidades de alcanzar todo aquello que se desea. La felicidad se transforma así en un bien de consumo más.

Desde la filosofía moderna, el empirismo de Locke en el siglo XVII planteaba que lo bueno es aquello que es capaz de causar o de aumentar en nosotros el placer o disminuir el dolor. Se describe así los objetos felices como aquellos que nos afectan de la mejor manera posible. Desde un enfoque más racionalista, para Spinoza lo bueno o malo tiene que ver con lo útil o perjudicial para la conservación de nuestro ser, favoreciendo o reprimiendo nuestras potencialidades. La felicidad se sigue, por tanto, de la proximidad a ciertas cosas, involucrando las dimensiones del afecto (ser afectado por algo), la intencionalidad (ser feliz por algo) y la evaluación o el juicio (ser feliz por algo hace que eso sea bueno). El problema surge, advierte Ahmed, cuando nos volvemos conscientes de ser felices, es decir, cuando el sentimiento se convierte en un objeto de pensamiento, pues allí la felicidad tiende a desvanecerse o cargarse de ansiedad. La felicidad puede esfumarse apenas se la reconoce como tal.

La felicidad depende así más de un hábito inconsciente, ya que es mediante el hábito que la proximidad entre un objeto y un sentimiento ordena el modo de darse de un objeto. Los objetos, afirma Ahmed, pueden convertirse en causas de felicidad incluso antes de salir a nuestro encuentro. De hecho, somos direccionados hacia aquellos objetos de los que se nos anticipa que causan la felicidad. Así, en vez de ser lo bueno aquello que es apto para causar placer, en realidad aquello que es capaz de causar placer se juzga de antemano como bueno. Por tanto, la felicidad es más bien una expectativa de algo que habrá de venir. La felicidad nos obliga así a vivir con la contingencia, no siendo, en consecuencia, necesaria. El deseo, sostiene Ahmed, es aquello que nos promete lo que nos falta. Es la carencia lo que vuelve al objeto deseable. No obtener lo que se quiere permite preservar la felicidad de eso como fantasía. La felicidad es así más cuestión de seguir que de encontrar, es lo que hace que la espera sea soportable y deseable; cuanto más se espera, más se nos promete a cambio, mayor es nuestra expectativa de lo que habremos de obtener.

La problemática surge al ser constatar que hemos sido direccionados hacia una serie de objetos a los que se ha atribuido de antemano la idea de deleite. Los objetos que salen a nuestro encuentro no son neutrales, sino que ya traen un determinado valor afectivo. Han sido investidos, nos dice Ahmed, de valor positivo o negativo a través del hábito. Ser afectado por objetos de antemano evaluados como buenos es una forma de pertenecer a una comunidad afectiva, alineándonos con otros. La felicidad implica así un modo de alienarse con los demás, o de marchar en la dirección correcta previamente establecida. Son estos puntos de alineamiento los que se convierten en puntos de felicidad. En este sentido, para Ahmed la felicidad es utilizada como una tecnología o un instrumento que posibilita la reorientación del deseo individual hacia el bien común. Según Bauman, podríamos tener felicidad mientras tuviéramos esperanza: somos felices mientras no perdamos la esperanza de llegar a ser felices. Tener esperanza nos inquieta, nos angustia, porque la esperanza implica querer algo que podría o no ocurrir. La esperanza, concluye Ahmed, está relacionada con el deseo del “podría”, que solo es un “podría” si mantiene abierta la esperanza del “podría no”. El conflicto es que esta esperanza o posibilidad no nos pertenece, pues ha sido impuesta de antemano por la tradición cultural a la que pertenecemos. La felicidad implica así no solo una insatisfacción constante, sino también una profunda inconsciencia con respecto al fundamento mismo de nuestros deseos.

Eduardo Schele Stoller.

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