La demagogia como amenaza de la democracia

A raíz de la aparición de distintos populismos en el mundo, los politólogos Steven Levisky y Daniel Ziblatt, se preguntan si la democracia se encuentran bajo un real peligro. Las democracias, a su juicio, pueden fracasar a manos ya no de generales, sino de líderes electos, de presidentes o primeros ministros que subvierten el proceso mismo que los condujo al poder. Desde el final de la Guerra Fría, la mayoría de las quiebras democráticas no las han provocado generales y soldados, sino los propios gobiernos. Los autócratas electos mantienen una apariencia de democracia, a la que van destripando hasta despojarla de contenido. Esto hace que, para muchas personas, la erosión de la democracia se vuelva casi imperceptible.

Todas las democracias, señalan Levisky y Ziblatt, albergan a demagogos en potencia y, de vez en cuando, alguno de ellos hace vibrar al público. Estos carismáticos personajes suelen desafiar al viejo orden establecido mediante las siguientes formas: 1) rechazando, ya sea de palabra o mediante acciones, las reglas democráticas del juego, 2) negando la legitimidad de sus oponentes, 3) tolerando o alentando la violencia o 4) indicando su voluntad de restringir las libertades civiles de sus opositores, incluidos los medios de comunicación. En estos autoritarismos suelen caer con frecuencia los candidatos populistas externos al sistema, los que afirman representar la voz del «pueblo» y que libran una guerra contra lo que describen como una élite corrupta y conspiradora. Los populistas, afirman Levisky y Ziblatt, tienden a negar la legitimidad de los partidos establecidos, a quienes atacan tildándolos de antidemocráticos o incluso de antipatrióticos. Les dicen a los votantes que el sistema existente en realidad no es una democracia, sino que ésta ha sido secuestrada, está corrupta o manipulada por una élite, prometiéndoles enterrarla y reintegrar el poder al pueblo.

Este proceso suele empezar con meras palabras. Los demagogos, señalan Levisky y Ziblatt, atacan a sus críticos con términos severos y provocadores, tratándolos como enemigos, como elementos subversivos e incluso como terroristas. El demagogo tiende a polarizar a la sociedad, creando un clima de pánico, hostilidad y desconfianza mutua. Paradójicamente, en defensa de la democracia, suelen esgrimir su misma subversión, soliendo usar las crisis económicas, los desastres naturales y las amenazas a la seguridad (guerras, insurgencias armadas o atentados terroristas) para justificar la adopción de medidas antidemocráticas. De hecho, es más probable que la ciudadanía tolere y respalde medidas autoritarias durante una crisis de seguridad, sobre todo cuando temen por su propia protección. Para un demagogo que se siente asediado por las críticas y cautivo de las instituciones democráticas, Levisky y Ziblatt destacan que las crisis abren una ventana de oportunidad para silenciar a la crítica y debilitar a sus rivales. Los autócratas requieren de estas crisis, puesto que las amenazas externas les brindan la posibilidad de zafarse de prohibiciones de manera rápida y legal.

Levisky y Ziblatt analizan la hostilidad entre partidos dada en Chile, intensificada en el transcurso de la presidencia de Allende. Sus aliados de izquierdas empezaron a describir a los opositores como fascistas y «enemigos del pueblo», mientras que la derecha calificaba al Gobierno de totalitario. La creciente intolerancia socavó los esfuerzos de Allende y los demócratas cristianos por negociar, pues los aliados radicales de Allende consideraban que tales negociaciones representaban «abrir la puerta al fascismo», mientras que los grupos de derechas criticaban a los demócratas cristianos por no oponer resistencia a la amenaza comunista. Para aprobar leyes, el Gobierno necesitaba el apoyo de los demócratas cristianos, quienes a principios de 1973 habían decidido ya, en palabras del líder del partido, Patricio Aylwin, «no permitir a Allende marcar ni un solo gol». Este ejemplo muestra como la polarización puede despedazar las normas democráticas, esto es, cuando las diferencias socioeconómicas, raciales o religiosas dan lugar a un partidismo extremo, en el que las sociedades se clasifican por bandos políticos cuyas concepciones del mundo no solo son diferentes, sino, además, mutuamente excluyentes, resultando difícil sostener así la tolerancia. Es la sociedad polarizada la que favorece la demagogia y amenaza a las democracias. Solo cuando los políticos sufren el trauma de una dictadura violenta o una guerra civil constatan lo que está en juego. La alternativa a aprender a cooperar al margen de la polarización subyacente es superar tal polarización, favoreciendo, en consecuencia, el dialogo, el cual es la base de la democracia.

Eduardo Schele Stoller.

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