El declive de la política

Las trasformaciones políticas, nos dice el filósofo español Daniel Innerarity, modifican tres clases de asuntos: los sujetos, los temas y las condiciones. En la actualidad, los tres parecen cuestionados. Ya la expresión “clase política” implica desafecto, distancia, falta de coincidencia entre sus intereses y los nuestros. A pesar de acoger las criticas a la política, Innerarity asume que su actividad es inevitable para un buen desarrollo de la democracia y que, además, en el mal funcionamiento de esta también tienen responsabilidad quienes no pertenecen a la clase política. De hecho, señala que el desprecio a la clase política suele revelar una gran ignorancia acerca de la naturaleza de la misma, lo cual pasa a promover una dañina mentalidad anti política.

Gran parte de este problema se debe a que vivimos, como afirmaba Bauman, bajo un panorama líquido, donde los flujos no tienen una dirección reconocible, afectando también el devenir de la política. El electorado, por ejemplo, se ha vuelto, afirma Innerarity, voluble e impredecible. Hemos pasado del “cuerpo electoral” al “mercado político”, con todas los riesgos e imprevisibilidad del mercado. En vez de electores, un partido tiene una mezcla entre hooligans y clientes, cuyas demandas se han vuelto más complejas y fragmentadas. Si la política se ha desideologizado y personalizado, también lo ha hecho el electorado. La racionalidad estratégica, sostiene Innerarity, se vuelve muy difícil cuando ya no se dan las circunstancias de estabilidad del mundo que la hacían posible. Un ejemplo de esto es la proliferación de partidos políticos, los que tratan de responder con agilidad a las contradictorias demandas de diferentes estados de opinión. La distancia entre los ciudadanos y los partidos ha aumentado al mismo tiempo que han disminuido las diferencias entre los partidos, procesos que refuerzan aun más la indiferencia mutua entre la ciudadanía y la clase política.

El partido de masas del siglo XIX estaba organizado, destaca Innerarity, según la matriz de las burocracias públicas y las fábricas centralizadas. La “fábrica fordista” y la “burocracia weberiana” abogaban por una producción estandarizada y la formalización de las funciones. Estos procesos estandarizados permitían dar un tratamiento similar a lo diverso, en lo que Innerarity denomina como la “lógica del contenedor”, bajo la cual la fábrica y el partido eran los grandes medios para la producción estandarizada de cosas y la gestión serializada de hombres. Las trasformaciones de ambos modos de organizar la realidad, empresarial y administrativa, ha afectado también a las instituciones políticas. El “post-fordismo”, sostiene Innerarity, ha sepultado el modelo burocrático weberiano en favor de lo ligero, abierto, difuso y policéntrico; promueve un nuevo paradigma socio-productivo, ya no caracterizado por los grandes procesos de racionalización y centralización, desconfiando así de la “lógica del contenedor” en el que todo encaja perfectamente. En la actualidad los sistemas son abiertos, similares a un organismo vivo.

El otro problema que identifica Innerarity es nuestras altas expectativas con respecto a la política, la cual debería implicar más bien un aprendizaje de la decepción. Cuando la democracia funciona bien se convierte en un régimen de desocultación, en el que se vigila, descubre, critica, desconfía, protesta e impugna. Un sistema donde hay libertad política tiene como resultado una batalla democrática en virtud de la cual el espacio público se llena de cosas negativas. Está incapacitado para la política, señala Innerarity, quien no haya aprendido a gestionar el fracaso, pues el éxito absoluto en la democracia no existe. La política es una actividad limitada, mediocre y frustrante, de allí hay que una expectativa desmesurada hacia la política se vuelve nefasta. Al moverse más rápidamente la realidad que nuestros conceptos y procedimientos, aumenta la incertidumbre y la carga emocional, junto con la desconfianza, la indignación, el miedo, la inseguridad y la desesperanza. Pero esto, a juicio de Innerarity, sería más bien un problema nuestro, ya que la democracia siempre será un sistema político decepcionante, pues apunta a ideales inalcanzables. Forma parte de su naturaleza ser siempre algo inacabado y perfeccionable, razón por la cual suele desenvolverse en ella con libertad la decepción, la protesta, la desconfianza, la alternativa y la crítica. La historia de la democracia, afirma Innerarity, es la historia de sus crisis, en la medida en que es un sistema abierto.

La democracia, concluye Innerarity, es un espacio de duda, de conflicto y de invención impredecible. El poder en ella no pertenece a nadie, es un lugar vacío ocupado solo provisionalmente. Como el poder democrático no posee una garantía trascendente, está continuamente constituido por el debate acerca de su legitimidad y no tiene más remedio que acoger e institucionalizar el conflicto. El homo democraticus está en un entorno de incertidumbre que, lejos de responder a una ausencia o vacío de sentido, está ligada a su pluralización: elecciones contradictorias que no se le imponen con absoluta evidencia, rodeado por regímenes de vida diferentes, pertenencias múltiples, alternativas posibles, crítica y contestación. El problema que identifica Innerarity es que la ciudadanía no recoge el guante de la crítica dialógica o discursiva, sino que, en la actualidad, se ha reemplazado la voz por la visión, haciendo predominar las imágenes por sobre la voz, significando todo esto un declive de la política de ideas. Vivimos así bajo una gratificación voyeurística de un público que no hace otra cosa que mirar. La política se ha convertido en algo que la ciudadanía contempla y critica desde fuera. El imperio de lo visual ha empobrecido el nivel del discurso político, favoreciendo en su lugar la impresión sensible, esto es, el espectáculo.

Eduardo Schele Stoller.

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