El capitalismo y la decadencia de la democracia

En Democracia: ¿Crisis, decadencia o colapso? El jurista y filósofo chileno Agustín Squella parte su análisis político aludiendo al origen de la palabra “democracia”: “demos” (pueblo) y “kratos” (gobierno), identificada muchas veces también con el término “isonomía”, nombre empleado por los griegos para designar al gobierno de los más o al gobierno de muchos, por oposición al gobierno de uno (monarquía) y al gobierno de pocos (la aristocracia). “Isos” se traduce por “igual”, entendida como una pareja aplicación de la ley para todos. Si bien la democracia se entiende como gobierno o poder del pueblo, la mayoría de los griegos quedaban excluidos de la misma: esclavos, sirvientes, extranjeros, mujeres. Aun así, Pericles, por ejemplo, destacaba que tal tipo de gobierno se ejercía a favor de la mayoría y no de unos pocos. Se ejerce así por la mayoría. En este contexto se destaca la labor de los sofistas, quienes, a través de sus enseñanzas, ayudaban a razonar y argumentar en público, en vista de contribuir a la práctica democrática en las asambleas. Squella señala que la frecuente crítica a los sofistas podría esconder un rechazo que, en realidad, va dirigido a la democracia, donde los propios ciudadanos atenienses, sin intermediarios, adoptaban las decisiones de gobierno y decidían por sorteo quienes deberían ocupar cargos públicos. Los sofistas, en cuanto enseñaron el arte de la palabra, de la oratoria y la retórica, prestaron un gran servicio a la democracia de su tiempo y al carácter deliberativo de esta, aunque este fuera un gobierno para la mayoría más que de la mayoría.

El problema hoy es que a la mayoría se le dificulta cava vez más ver los fundamentos de la legitimación de la democracia. La constitución chilena de 1980, nacida bajo la dictadura de Pinochet, más que proteger la democracia (opinión de sus partidarios), la limitó, de allí la necesidad de la creación de una nueva que sea verdaderamente democrática, tanto en su origen como en sus contenidos. Tarea difícil a realizar, ya que esto se da en un marco donde se transforma a los adversarios políticos en enemigos, contra los cuales ya ni siquiera se cree que vale la pena dialogar. La política se vuelve así en la continuación de la guerra por otros medios, erradicando cualquier tipo de tolerancia. Además, el lenguaje político, señala Squella, se ha vuelto anoréxico, pues ahora buscamos imágenes preconfiguradas que nos libren de la carga de buscar las palabras. Del pensamiento débil, hemos pasado al lenguaje débil. Si la democracia es razonamiento y argumentación en el espacio público, de manera que el lenguaje en ella tiene importancia máxima, la perdida y la banalización del lenguaje empobrece y desmejora la realidad. Cuando en la política nos quedamos sin palabras, nos quedamos solo con las peores, o hacemos un uso cada vez más negligente de ellas, sufre también, nos dice Squella, la actividad política.

Si hay alguien a quien conviene este escenario es al capitalismo, pues menos resistencia se le ofrece así al libre mercado y la competencia. Si esta democracia carece de legitimación popular es porque ya no está hecha para satisfacer el interés de la mayoría. El capitalismo, sostiene Squella, produce y distribuye, pero no redistribuye, pues, ante todo, acumula, aumentando la riqueza de una minoría. El neoliberalismo, nos dice Squella, luce por momentos como una teología o monoteísmo económico, concibiéndose como el único sistema económico universalmente deseable, el cual, asentado incluso en la naturaleza humana, encarnaría en dictados intemporales y eternos de justicia. Pero, en realidad, el neoliberalismo solo quiere un Estado fuerte cuando se trata de incentivar los mercados, de cautelar el orden público, de proteger la propiedad privada, aspirando a su debilidad para la regulación de los negocios y la recaudación de impuestos, transfiriendo, además, al sector privado funciones que son propias del Estado.

Si el liberalismo propicia una economía de mercado, el neoliberalismo pasa a una sociedad y vida de mercado, mediante lo que Squella denomina como “la dictadura del capital”, derivando en la idea del hombre como homo economicus, interesado solo en comprar, poseer, intercambiar, acumular, consumir y competir. El homo economicus deja atrás así al homo politicus, llevándonos a la despolitización de la economía y de la vida social. Si hoy se quiere la paz es principalmente para proteger los intereses económicos de una minoría privilegiada, la cual utiliza la política como medio para aumentar la producción y protección de su capital. Son para salvaguardar estos intereses que se imponen la ley y el orden, bajo los cuales ya queda poco o nada de la democracia inspirada en el diálogo y el bienestar de la mayoría.

Eduardo Schele Stoller.

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