El capitalismo y la decadencia de la democracia

En su análisis sobre la democracia, Agustín Squella alude primero al origen griego de la palabra: “demos” (pueblo) y “kratos” (gobierno), identificada muchas veces también con el término “isonomía”, nombre empleado por los griegos para designar al gobierno de los más o al gobierno de muchos, por oposición al gobierno de uno (monarquía) y al gobierno de pocos (la aristocracia). “Isos” se traduce por “igual”, entendida como una pareja aplicación de la ley para todos. Si bien la democracia se entiende como gobierno o poder del pueblo, la mayoría de los griegos quedaban excluidos de la misma: esclavos, sirvientes, extranjeros, mujeres. Aun así, Pericles, por ejemplo, destacaba que tal tipo de gobierno se ejercía a favor de la mayoría y no de unos pocos. Se ejerce así por la mayoría. En este contexto se destaca la labor de los sofistas, quienes, a través de sus enseñanzas, ayudaban a razonar y argumentar en público, en vista de contribuir a la práctica democrática en las asambleas. Squella señala que la frecuente crítica a los sofistas podría esconder un rechazo que, en realidad, va dirigido a la democracia, donde los propios ciudadanos atenienses, sin intermediarios, adoptaban las decisiones de gobierno y decidían por sorteo quienes deberían ocupar cargos públicos. Los sofistas, en cuanto enseñaron el arte de la palabra, de la oratoria y la retórica, prestaron un gran servicio a la democracia de su tiempo y al carácter deliberativo de esta, aunque este fuera un gobierno para la mayoría más que de la mayoría.

Dentro de los filósofos, la democracia fue duramente criticada. Platón, por ejemplo, la condenó como el peor régimen posible, inclinándose, nos dice Squella, por la aristocracia, esto es, el gobierno de unos pocos, pero de los mejores, de los más sabios y virtuosos (forma ideal de gobierno). Pero la aristocracia puede degenerarse en una timocracia si los que tienen el poder lo ejercen para honor y reconocimiento propio y no para el bien de la comunidad. Y, peor aún, puede terminar convirtiéndose en una oligarquía, donde solo se vela por el interés económico. Es la oligarquía la que termina degenerándose luego en una democracia, el peor tipo de gobierno para Platón, donde la mayoría se rebela, haciéndose con el poder para el beneficio propio, pudiendo derivar en la anarquía por obra de quienes se han embriagado de igualdad y libertad. Aristóteles, por su parte, dividía los tipos de gobierno en monarquía (gobierno de uno), aristocracia (gobierno de pocos) y politeia (gobierno de la mayoría). En cuanto estas ejercen el poder a favor del bien colectivo fueron para Aristóteles formas puras de gobierno. Pero pueden derivar en formas corruptas cuando lo que se busca es el beneficio propio; la monarquía se degrada así en tiranía, la aristocracia en oligarquía, y la politeia en democracia, cuando esta última gobierna solo a favor de los pobres, de la mayoría, y no en beneficio de todos. Esto nos muestra, afirma Squella, que el término “democracia” tiene una connotación más bien negativa, siendo usado principalmente por sus adversarios, aunque para Aristóteles, la democracia haya sido la menos mala de las formas corruptas de gobierno. Aquí se aplicaría también la doctrina ética de Aristóteles, pues la politeia se considera como el punto medio entre dos formas viciosas de gobierno; la oligarquía y la democracia.

Mientras que “república” designa el gobierno para el pueblo, “democracia” alude al gobierno del pueblo. Por esto, señala Squella, un gobierno no democrático, en cuanto gobierne para el bien común, puede ser considerado como una república. Lo que caracteriza a una república es algo cualitativo, no cuantitativo como en el caso de la democracia. La república coincide así con la politeia de Aristóteles, pero para que esta funcione, como señalaba Maquiavelo, se debía limitar el poder de los gobernantes, en vista de evitar su abuso. A raíz de la revolución francesa y, posteriormente, el liberalismo inglés, se fue consolidando el principio de la igualdad política, que señalaba que como nadie es más que nadie, nadie tiene el derecho ni la capacidad natural de mandar a sus semejantes, resultando así la democracia como la forma más coherente de gobierno. Y es que uno de los fines de la democracia, señala Squella, es asegurar la paz civil y evitar su contrario, la guerra civil, para que no predomine la ley del más fuerte. Si todo el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente, el poder democrático, al encontrarse limitado y fraccionado, es el que menos corrompe y el que comete menos excesos. En la misma línea, es la forma de gobierno que exhibe mejores resultados en cuanto a la declaración, protección y promoción de los derechos humanos.

Para el funcionamiento de una democracia es indispensable fraccionar el poder, dividirlo entre varios poderes, de manera que el poder frene al poder (Montesquieu). El problema que ve Squella hoy ante la democracia, no es su legitimidad ni su estabilidad, sino su legitimación, esto es, la satisfacción que produce en las personas como forma de gobierno. La constitución de 1980, más que proteger la democracia, según sus partidarios, la limitó, de allí la necesidad, destaca Squella, de la creación de una nueva que sea verdaderamente democrática, tanto en su origen como en sus contenidos. Otro problema que identifica Squella es la tendencia hoy a transformar a los adversarios políticos en enemigos, los que, como tales, deberían eliminarse, siendo la política la continuación de la guerra por otros medios, erradicando así cualquier tipo de tolerancia. Además, el lenguaje político, señala Squella, se ha vuelto anoréxico. Ahora buscamos imágenes preconfiguradas que nos libren de la carga de buscar las palabras. Del pensamiento débil, hemos pasado al lenguaje débil. Si la democracia es razonamiento y argumentación en el espacio público, de manera que el lenguaje en ella tiene importancia máxima, la perdida y la banalización del lenguaje empobrece y desmejora la realidad. Cuando en la política nos quedamos sin palabras, nos quedamos solo con las peores, o hacemos un uso cada vez más negligente de ellas, sufre también, nos dice Squella, la actividad política.

Squella también destaca como la democracia como ha sido mermada por el capitalismo, pues este ordena al Estado un dejar hacer, permitiendo la libre competencia y mercado, no conducidos por políticas fiscales ni sociales, buscando siempre la creación de riquezas para que estas se filtren de manera descendente hacia los pobres y más desfavorecidos (chorreo). El egoísmo, que hace a cada quien velar por sus propios intereses, terminaría así beneficiando a todos. El capitalismo, sostiene Squella, produce, distribuye, pero no redistribuye, pues, ante todo, acumula, aumentando la riqueza de una minoría. El neoliberalismo es más amigo del libre mercado que de la democracia, de los consumidores que de los votantes, de allí que Friedman haya visto con buenos ojos para la economía la dictadura de Pinochet. Hayek también señalaría antes que un gobierno autoritario puede actuar sobre la base de principios liberales. El neoliberalismo, nos dice Squella, luce por momentos como una teología o monoteísmo económico, concibiéndose como el único sistema económico universalmente deseable, el cual, asentado incluso en la naturaleza humana, encarnaría en dictados intemporales y eternos de justicia. Pero, en realidad, el neoliberalismo solo quiere un Estado fuerte cuando se trata de incentivar los mercados, de cautelar el orden público, de proteger la propiedad privada, aspirando a su debilidad para la regulación de los negocios y la recaudación de impuestos. Transfiere, además, al sector privado funciones que son propias del Estado. Si el liberalismo propicia una economía de mercado, el neoliberalismo pasa a una sociedad y vida de mercado, mediante lo que Squella denomina como “la dictadura del capital”, derivando en la idea del hombre como homo economicus, interesado solo en comprar, poseer e intercambiar, acumular, consumir y competir. El homo económicus deja atrás así al homo politicus, llevándonos a la despolitización de la economía y de la vida social. Si hoy se accede al poder político, afirma Squella, es para alcanzar objetivos no políticos, e incluso antipolíticos, aprovechándose para ello de medios políticos.

De acuerdo a lo anterior, la paz se vuelve indispensable para proteger las finalidades económicas de la sociedad, reduciéndose por esto la función de la democracia a mantener la paz civil y evitar la subversión. La ley y el orden, destaca Squella, son dos valores esenciales para conseguir un clima propicio para los negocios y la protección estatal de la propiedad. Y esto a pesar de la convicción de que el análisis económico puede y debe prescindir de consideraciones morales, pues todo pasaría solo por un cálculo de costos y beneficios, lo que nos lleva a un tipo de naturalización de la economía. Pero si el mercado es un fenómeno natural y no una creación humana, entonces, advierte Squella, bien puede quedar inmune a toda crítica y enjuiciamiento de tipo moral.

Lo más positivo que detecta Squella en la democracia ateniense es que esta se basaba en un poder en público, en el ágora, en la plaza pública, sustentada siempre en la conversación. De allí que cuando el diálogo se interrumpe, la democracia se debilita. Peor aun en una sociedad que, como ha señalado Bauman, se ha vuelto líquida, esto es, inestable e imprevisible, en donde las cosas fluyen sin saberse qué sentido van a tomar. La desazón y angustia a las que nos lleva este escenario encuentra poco o nulo respaldo en la democracia, la cual, como hemos visto, ha sido sostenidamente debilitada por los intereses económicos y anti políticos del capitalismo.

Eduardo Schele Stoller.

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