La crisis en Chile: entre el miedo y la superación

Os exprimiremos hasta la saciedad, y luego os llenaremos con nuestra propia esencia.

Orwell, 1984.

La periodista y escritora canadiense Naomi Klein recopila en su libro La doctrina del shock una serie de antecedentes que muestran cómo el capitalismo se aprovecha del caos para imponer sus doctrinas económicas. El artífice de esta estrategia fue el economista estadounidense Milton Friedman, quien proponía esperar a que se produjera una crisis para vender al mejor postor la red estatal a los agentes privados, esto mientras los ciudadanos aun se recuperan del trauma o shock generado, todo en vista de lograr rápidamente que las reformas fueran permanentes. Para Friedman, solo una crisis (real o percibida) da lugar a un cambio verdadero. Solo así lo políticamente imposible se vuelve políticamente inevitable. Algunas personas, nos dice Klein, almacenan latas y agua en caso de desastres o terremotos; los discípulos de Friedman almacenan un montón de ideas sobre el libre mercado.

Todo esto Friedman lo aplicó como asesor de la dictadura de Pinochet, a quien le aconseja la imposición de un paquete de medidas rápidas para la transformación económica del país: reducciones de impuestos, libre mercado, privatización de los servicios, recortes en el gasto social y una liberalización y desregulación general. Todas las medidas de golpe mediante una terapia de shock. Este modelo económico solo puede imponerse parcialmente en democracia, pues requiere, aparte del trauma colectivo, condiciones políticas autoritarias que permitan suspender temporal o permanentemente las reglas del juego democrático, todo en vista de establecer lo que Klein denomina como la trinidad de la política capitalista: la eliminación del rol público del Estado, la absoluta libertad de movimientos de las empresas y un nulo gasto social, constituyéndose así una progresiva transferencia de riqueza pública hacia la propiedad privada.

En suma, la doctrina del shock parte con un desastre (golpe, ataque terrorista, colapso del mercado, guerra, tsunami, terremoto) que lleva a la población a un estado de shock colectivo, lo cual, como nos dice Klein, prepara el terreno para quebrar la voluntad de las sociedades. Así como en la tortura el preso aterrorizado confiesa los nombres de sus camaradas y reniega de su fe, las sociedades en estado de shock pueden llegar a renunciar también a sus valores ético-morales. Como un fundamentalismo más, la economía de la escuela de Chicago es para sus verdaderos creyentes un sistema cerrado. La tesis principal es que el libre mercado es un sistema científico perfecto, un sistema en el que los individuos, siguiendo sus propios intereses, crean el máximo beneficio para todos. Klein alude al mismo presidente Piñera, quien afirmaba que la economía era una fuerza de la naturaleza a la que había que respetar y obedecer, porque ir contra la naturaleza es contraproducente y un engaño a uno mismo. Pinochet compartía esta idea al señalar que la gente debe someterse a la estructura porque la naturaleza muestra que el orden básico y la jerarquía son necesarios. Este argumento naturalista tiene larga data. Ya entre los griegos se debatía sobre lo justo o injusto por naturaleza. En el diálogo de Platón Hipias Mayor Calicles, ante la pregunta si es mejor o peor cometer injusticia antes que recibirla, le recrimina a Sócrates, quien defendía que era peor cometerla, que confunde y mezcla, intencionalmente, dos dimensiones distintas; la natural y la legal. Por naturaleza, según Calicles, es más feo todo lo que es más desventajoso, tal como sufrir injusticia. Pero por ley es más feo cometerla. Llegado a este punto Calicles expone una crítica a la dimensión legal del problema, pues, a su juicio, quienes establecen las leyes son los débiles, la multitud, con el fin de atemorizar a los más fuertes y capaces de poseer mucho, para que no tengan más que ellos. Establecen así que es injusto tratar de poseer más que los otros. Sin embargo, por naturaleza, afirma Calicles, es justo que el fuerte tenga más que el débil y, con esto, que lo domine. Este tipo de segregación lo podemos encontrar incluso en la filosofía de Aristóteles, para quién la naturaleza también determinaba quienes nacían para gobernar y quienes nacían para obedecer, justificando así la esclavitud.

Volviendo a los estados de shock, Klein destaca cómo bajo tales estados emocionales, la mayoría de las personas desean lo contrario a un nuevo principio. Quieren salvar todo lo que sea posible y empezar a reconstruir lo que no ha perecido, lo que aun se tiene en pie. Desean reafirmar sus lazos con la tierra y los lugares en los que se han formado. En este sentido, cuando ayudan a reconstruir la ciudad, sienten que también están reconstruyéndose a sí mismos. La crisis social que se desata en Chile el viernes 18 de octubre ha generado en la ciudadanía en general un profundo estado de shock a raíz de la violencia, no solo por los actos delictuales, sino que también por los abusos de poder de las fuerzas policiales y militares. En este caso, el shock y la violencia no permiten volver al orden, el cual se ha identificado usualmente con la normalidad. Es sobre estos tópicos, precisamente, en torno a los cuales gira este conflicto. La crisis se desata por el agobio del orden cotidiano, mediante el cual se segrega a una mayoría de ciudadanos, llevándolos a padecer una vida indigna. La marginación también cuenta como un tipo de violencia, la cual se ha aplicado consistentemente, como ha destacado Klein, con las medidas neoliberales desde la dictadura. Producto de estas se han roto los lazos con los ritos y la tradición cultural, lo cual genera, a su vez, una anemia de identidad. Esto puede explicar la falta de arraigo emocional hacia las instituciones que nos rigen y la violencia que se ha dirigido hacia ellas. Y de allí el temor de buena parte de la población de volver a la normalidad, pues nunca se identificó con ella, menos aún mientras esta no sea una que contemple una mayor igualdad social, la cual, como hemos visto, incluso se ha criticado desde un punto de vista naturalista en la defensa de los fuertes o poderosos. Esto explicaría, además, por qué el movimiento no ha decaído. El miedo y el desorden también puede ser utilizado como catalizador de un nuevo salto hacia delante, no siendo, entonces, esta estrategia un patrimonio exclusivo de los intereses capitalistas.

Este salto hacia adelante, hacia un mayor progreso con respecto a la igualdad social y superación individual, puede explicarse a través de la metáfora de las tres transformaciones que expone Nietzsche en Así habló Zaratustra. El humano, afirma Nietzsche, es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre. Su grandeza radica precisamente en esto, en ser un puente y no una meta. El hombre, tránsito y ocaso, es algo que debe ser superado. En su transformación, la metáfora plantea que el espíritu se convierte primero en camello, en vista de llevar la pesada carga del deber, la cual es impuesta externamente. Para desprenderse de tal carga, el espíritu debe ahora convertirse en león, ya que requiere de la fiereza para conquistar la libertad y dejarse guiar por el querer. Sin embargo, no basta con conquistar la libertad. Hay que recomenzar, y para esto, la última trasformación del espíritu es en un niño, ya que solo así adquirimos la inocencia y el olvido necesario para un nuevo principio, para consolidar nuestra voluntad. Si aplicamos esta metáfora a lo que vive nuestro país, Chile, siendo optimistas, se encontraría en la etapa del león. Cansado de cargar la agobiante moral del orden y el deber, se ha desprendido de esta mediante la fiereza y violencia del león, quien se cansa de obedecer ciegamente a las costumbres, llegando a desaparecer parte del miedo a la coacción que estas siempre implican, como así también la veneración y autoridad que requieren. Al oponerse que se formen nuevas y mejores costumbres, la moral, señala Nietzsche, no hace más que embrutecernos.

Todos aquellos que osaron violar con sus acciones la autoridad de las costumbres han sido denominados como criminales, muchos de los cuales se les consideró más tarde como buenos. La moral se sitúa por sobre nuestra voluntad, pues, nuestros deberes, señala Nietzsche, no son más que los derechos que los demás tienen sobre nosotros, es decir, es el mínimo poder que los demás quieren que conservemos. Lo que busca la moral es la cohesión mediante el debilitamiento y supresión del individuo, algo que, como hemos visto, se aplica bajo la “normalidad” que tanto anhela la autoridad. A pesar de estas limitaciones, Nietzsche no cae en el pesimismo, pues, a su juicio, no se trata solo de negar (león), sino que hay que aprender luego de esto nuevamente a afirmar. Es aquí donde aparece la figura del niño, en vista de crear y crecer con nuevas costumbres, cuidando, no obstante, caer en la ilusión y necesidad de un nuevo orden moral, mediante la cual sigamos amargando nuestra existencia. El shock, en consecuencia, puede tener en los individuos y comunidades dos consecuencias. Por una parte, pueden verse paralizados por el miedo, sometiéndose nuevamente a una aplastante moral de normalidad impuesta desde fuera. Por otro lado, el shock puede verse como una oportunidad de desprenderse de esta carga, pero no para deambular sin costumbres, lo que sería sinónimo de nihilismo, sino para crear costumbres y valoraciones nuevas, unas que respondan al interés de una mayoría de ciudadanos y no, como ha sido hasta ahora, que solo beneficien al selecto grupo que ostenta el poder.

Eduardo Schele Stoller.

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