Cioran y el falso refugio de la filosofía

Es el ser humano, nos dice Cioran, quien anima las ideas, proyectando en ellas sus llamas y sus demencias, transformándolas en creencias e insertándolas así en el tiempo. Asi es que nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas. La historia para Cioran no es más que un desfile de falsos absolutos, una sucesión de templos elevados a pretextos, en nombre de los cuales se puede llegar a matar; Dios, Razón, Nación, Raza. La Historia como una manufactura de ideales, de mitologías lunáticas, de ficciones, producto del frenesí de hordas de solitarios que se niegan a aceptar la realidad tal cual es. Pero vivir es cegarse sobre sus propias dimensiones. Todos nuestros actos, sostiene Cioran, desde la respiración hasta la fundación de imperios o de sistemas metafísicos, derivan de una ilusión sobre nuestra importancia.

La carencia de estas supersticiones, del delirio, deriva en el hastío, donde la vida comienza a deshacerse. De allí todos los artilugios que emplea el ser humano para divagar en procesos y sucesos que decoren la existencia. Mientras que los animales van directamente a su fin, Cioran destaca como nosotros nos perdemos en rodeos, siendo así el animal indirecto y perdido por excelencia. A pesar de que nadie ha encontrado un fin válido a la historia, todo el mundo ha propuesto alguno, de lo más divergentes y fantasiosos, anulando así la idea misma de finalidad y capacidad del espíritu. Y es que para Cioran la esperanza cuenta como una enfermedad, enfermedad a través de la cual la misma filosofía trata de evadirse. A diferencia de la música, la mística y la poesía, la actividad filosófica proviene de una savia disminuida y de una profundidad sospechosa, que no guardan prestigios más que para los tímidos y los tibios. Para Cioran la filosofía sirve de refugio junto a sus ideas anémicas, es el recurso de los que esquivan la exuberancia corruptora de la vida, gracias a lo cual todos los filósofos han acabado relativamente bien.

De aquí deriva la crítica de Cioran a la filosofía, pues, a su juicio, no se debe eludir la existencia con explicaciones, sino que hay que soportarla, amarla u odiarla, adorarla o temerla. El universo no se discute; se expresa. Y la filosofía no lo expresa. No comenzamos a vivir realmente más que al final de la filosofía, sobre sus ruinas, cuando hemos comprendido su terrible nulidad, y que era inútil recurrir a ella, que no iba a sernos de ninguna ayuda. Enfrentados a realidad desnuda, la conciencia se estremece y surge el vértigo de la existencia. Cansado de saber y presa del asco, el ser humano ya no encuentra aroma en la materia ni enigma en los pensamientos. La gastronomía metafísica se convierte en víctima de nuestra inapetencia. Pero el escéptico puede llegar a enamorarse también de sus dudas, no pudiendo evitar así el humano ser un dogmático por excelencia. Y es que cada uno, señala Cioran, es para sí mismo un dogma supremo. Ninguna teología protege a su dios como nosotros protegemos a nuestro yo; y este yo, si le asediamos con dudas y le ponemos en cuestión, no es más que por una falsa elegancia de nuestro orgullo. El problema es que siempre estamos demasiado presentes a nosotros mismos, ya que cada uno es para sí el único punto fijo en el universo. Y si alguien muere por una idea, es porque es su idea, y su idea puede llegar a ser su vida. De allí que, si lo sacudimos e intentamos despertar de su sueño dogmático, esto es, cuestionado sus ideas, no estaremos con ello más que poniendo en peligro su propia existencia, pues él es sus ideas.

Por esta razón, nos dice Cioran, en la medida que el ser humano esté protegido por la demencia, este actuará y prosperará; pero cuando se libra de la tiranía fecunda de las ideas fijas, se pierde y termina por arruinarse. Todo le comienza a valer lo mismo, se extiende su tolerancia hasta aceptar crímenes, monstruosidades, vicios y aberraciones. Ha perdido su «carácter» a falta de un punto de referencia o de una obsesión. La vista universal funda las cosas en la indistinción, quien las distingue todavía, sin ser ni su amigo ni su enemigo, lleva en él un corazón de cera que se moldea indiferentemente sobre los objetos o sobre los seres. Las criaturas, afirma Cioran, no florecen más que dando la espalda a lo universal. En cambio, ser algo sin condiciones es una liberación, pero para marchitarse. Este es el precio que se paga por pisotear todas las convicciones. Este tipo de pensador, que reflexiona sin ilusión sobre la realidad humana, si quiere permanecer en el interior del mundo, Cioran nos dice que tiende a desembocar en una visión en la que se mezclan la sabiduría, la amargura y la farsa, llegándose a desplegar, como en caso de Diógenes el cínico, la burla ante los demás, manifestando públicamente su asco hacia ellos. Aquí Cioran también hace una crítica a nuestro lenguaje, concebido como una anomalía de nuestro espíritu. Las palabras, nos dice, nacen del uso cotidiano, pero son ascendidas milagrosamente a alturas superiores, exagerándose, convirtiéndose así en ridículas monstruosidades. La poesía, por ejemplo, la ve como una divagación cosmogónica del vocabulario, como naderías infladas hasta el cielo, todo en vista de justificar la monotonía de la existencia, su legalidad, previsión y orden. Todo en vista de eliminar el miedo, el que nace, según Cioran, cuando pensamos continuamente en nosotros mismos, no pudiendo imaginar un curso objetivo de las cosas. El miedoso es así víctima de una subjetividad exagerada, creyéndose como el mayor blanco de los acontecimientos hostiles del mundo.

Realizadas estas críticas ¿Qué le queda ahora a la filosofía? Para Cioran su labor debería ser la de la prostitución; desprendida de todo y abierta a todo, compartiendo el humor y las ideas del cliente, cambiando de tono y de rostro en cada ocasión, dispuesta a ser triste o alegre, permaneciendo indiferente, prodigando suspiros por interés comercial. Carecer de convicciones y estando al margen de la sociedad, tal es la enseñanza de la prostitución, aceptando y negando todo. Y es que para existir debemos dar marcha atrás e integrarnos en la farsa o aceptar las consecuencias de una condición separada, la cual implica una sobreabundancia de tragedia, todo como efecto de la libertad, la cual, a su vez, prospera en las épocas más desengañadas y estériles de la historia, pues en ellas se pone al desnudo la esencia de la vida; farsa y amargura. Esta “verdad”, nos dice Cioran, solo se vislumbra en los momentos en los que los espíritus, olvidados del delirio constructivo, se dejan arrastrar por la disolución de las morales, de los ideales y de las creencias. En ese momento se favorece el repliegue sobre sí mismo, comenzando así también el drama del individuo, esto es, su gloria y declinar, aislándose del correr utilitario de la vida y emancipándose de los fines objetivos. ¿Cómo logramos vivir en comunidad luego de esto? Lo anterior se logra, sostiene Cioran, gracias a que todos somos impostores, de esta forma nos soportamos los unos a los otros. Solo el respeto de las apariencias nos separa de las carroñas, pues si precisáramos el fondo de las cosas y de los seres, pereceríamos. Nuestra constitución no tolera más que una cierta dosis de verdad. De hecho, Cioran destaca que un pueblo se muere cuando no tiene fuerza para inventar otros dioses, otros mitos, otros absurdos. Pero es en este momento donde florece, al menos durante un breve momento, la libertad del individuo, pero con ello también se acrecienta su conciencia, no solo sobre lo intelectual, sino que también sobre lo pasional, pues también se pasan a meditar las sensaciones, esto es, saber que se quiere y, con ello, llegar a querer más de lo necesario. Este tipo de conciencia, advierte Cioran, puede llegar a ser incluso más profunda y peligrosa que la conciencia intelectual.

La conciencia comienza a penetrar en todas partes; de tal modo que el hombre no vive ya en la existencia, sino en la teoría de la existencia. Es aquí que el uso de los conceptos se nos vuelve esencial, pues a través de ellos nos hacemos dueños de nuestros temores. Bautizando las cosas y los sucesos, nos dice Cioran, eludimos lo Inexplicable, permitiéndonos circular por una realidad dulcificada y más confortable. La reflexión se fuga así de la existencia, pues cuando se está en ella, sin la compañía de las palabras, se redescubre el universo incalificado, esto es, el objeto puro y el acontecimiento desnudo. De esta forma, ya no se especula sobre la muerte, se es la muerte. En este sentido, Cioran destaca que nuestras desdichas las soportamos gracias a la “desdicha”. Suspendido este y otros vocablos no podríamos soportar la existencia. Es así la abstracción, las sonoridades sin contenido, las que nos impidió hundirnos ¿Qué fue lo hizo sino Adán una vez expulsado del paraíso? Pues bautizar las cosas, ya que la única manera que se tiene para acomodarnos a ellas, es a través del sometimiento al lenguaje que las describe.

Eduardo Schele Stoller.

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Un comentario en “Cioran y el falso refugio de la filosofía

  1. Nuevamente se plantea el problema existencial ‘del hombre en libertad, sin ataduras o prejuicios’, para lo cual Aristoteles, en ‘La política’, señala que: ‘el hombre superior, Dios, no quiere ataduras de ningún tipo, para este ‘ hombre’ no existe familia, sociedad, Estado, convicciones, reglas o ataduras que lo ‘sometan’, al final ‘es un hombre que respira guerra’. Un hombre ‘que al vivir en libertad absoluta’ no puede ser observado por lo cual no existe. Los físicos, ‘a problemas inexplicables’, los han llamado ‘materia oscura, no observable, agujeros de gusano, agujeros negros, que todo se lo tragan, lo engullen’, ¡Como el hombre de la guerra para el que todo debe ser destruido, hasta la propia muerte!.

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