Sabato y el túnel de la existencia

El pesimismo del pintor Juan Pablo Castel, personaje principal de El túnel de Sabato, en un principio lo ilustra de manera inconsciente a través de su arte. De allí la importancia de la ventana que pinta en su cuadro, importancia que él mismo desconocía pero que parecía haber llamado la atención de María. Nacemos, según Castel, en medio de dolores; crecemos, luchamos, nos enfermamos, sufrimos, hacemos sufrir, gritamos, morimos, mueren y otros están naciendo para volver a empezar la comedia inútil. Toda nuestra vida no sería más que una serie de gritos anónimos en un desierto de astros indiferentes.  A Castel la humanidad le pareció siempre detestable. La codicia, la envidia, la petulancia, la grosería, la avidez y, en general, todo el conjunto de atributos que forman la condición humana puede verse en una cara, en una manera de caminar, en una mirada.

A juicio de Castel, la sensación de estar solo en el mundo aparece mezclada a un orgulloso sentimiento de superioridad y de desprecio por los hombres. El problema surge cuando se comprende que uno también forma parte de ese mundo, de allí se explican los sentimientos de furia, de aniquilación y de, incluso, tentación por el suicidio. En tales momentos, Castel declara que siente cierta satisfacción en probar su propia bajeza, y en verificar que no es mejor que los sucios monstruos que le rodean, los cuales no hacen más que vivir en un simulacro, en una ficción carente de solides y estabilidad. La vida le parece, así como una larga pesadilla de la cual solo quiere despertar. Pero ¿despertar a qué?  Lo que lo hace desistir entonces de la opción del suicidio es la posible precipitación en la nada absoluta y eterna. Esto explicaría, según Castel, el apego que tenemos por la vida, el que se da no tanto por las cosas y fenómenos que ocurren en ella, sino por la incertidumbre que produce en nosotros la muerte. Bajo esta lógica, cualquier elemento bueno, por pequeño que sea, adquiere un desproporcionado valor, aferrándonos a ellos con desesperación, en vista de no rodar en el abismo.

María fue para Castel uno de estos elementos, creyendo, al menos en un comienzo, que sus respectivos pasadizos se habían unido logrando comunicar sus almas. Pero esto no fue más que una ilusión, pues los pasadizos, aunque de vidrio, siempre fueron en realidad paralelos. No había así túneles que los unieran. Castel así reconoce que había un solo túnel oscuro y solitario, el de él mismo. Por una grieta de sus muros logró ver a María, pensando, ingenuamente, venía por otro túnel paralelo con el cual podría interceptarse, cuando en realidad ella pertenecía al mundo sin límites, esto es, a la gente no vive en túneles como él, pero que, aun así, logro ver a través de la ventana de su arte la soledad del túnel de su existencia. El problema era que solo lograban encontrarse en ventanas, a ratos, no logrando traspasar de lado a lado. Mientras Castel avanzaba siempre por su propio pasadizo presenciando lo absurdo y frívolo de la existencia, no pudo soportar como María disfrutaba de todo esto. Imposibilitado el cruce de túneles, no vio más opción que terminar con su vida.

Eduardo Schele Stoller.

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