Rimbaud y el infierno de la conciencia

Todo ser verdaderamente consciente ha tenido que pasar, al menos una vez, una temporada en el infierno. La excesiva conciencia hace que, como señala Rimbaud, la vida deje de ser un festín, pasando a evidenciarse la amargura de la belleza. Con ello, se desvanece la esperanza y se estrangula la alegría. Todo este sufrimiento, que nace con la razón, nos azota, derriba y arrastra. Perdida la inocencia y timidez, Rimbaud se pregunta ahora: ¿A quién venderse?  ¿A qué bestia adorar? ¿Qué mentira sostener? Al parecer, ante un tal abandono, no nos queda más que el simple embrutecimiento. Lo mejor sería dormir, por ejemplo, completamente ebrio sobre la playa. Ante la sensación de no pertenencia (religión, leyes, moral) y el desconocimiento de sí mismo y la naturaleza, parece inminente la precipitación en la nada. De allí el hambre de una dieta metafísica que nos nutra de sentido y significado, pero al no estar garantizado ya su producción, no queda más que someterse a los gustos frívolos. Ante este escenario infernal; nos habituamos o terminaremos cesando con la farsa de nuestras vidas.

Ahora bien, esta angustia vital lo es en la medida en que nos hemos decepcionado de la metafísica, es decir, quien nos la ha inculcado nos dejó en las puertas del infierno, pues este no es nada para el pagano, aquel que no asciende como Ícaro con las alas de la razón. Pero, llegado a cierta altura, se siente el anhelo de volver a anclarse en la creencia común, en la guía de la fe colectiva, en el amparo de Dios. Sin embargo, como destaca Rimbaud, ya estamos muy lejos de él y, por lo demás, ya olvidamos como rezar. Ya no se puede volver a creer en los encantamientos metafísicos ni en las invenciones o alucinaciones del lenguaje, mediante las cuales se creía posible expresar lo inexpresable. Esto no era más que inocencia, sueño, virginidad. Desprendida el alma de los sufragios humanos y entusiasmos cotidianos, se alza el vuelo alejándose de la esperanza, sucumbiéndose a un mañana rodeado de brasas y llamas ardientes. La visión desde las alturas se agudiza o, al menos, nos permite ver el panorama completo, presenciando, como nos dice Rimbaud, la vida de los seres como una forma de malgastar sus fuerzas, todo en vista de alimentar la bendita ignorancia. La ignorancia es aquí el ángel, la conciencia el demonio.

Si queremos salir del infierno, debemos volver a saludar a la belleza. Si bien estamos todos ya condenados, no tenemos por qué ser conscientes de esto. Aquí es donde debe reinar la ingenuidad de la evasión. El mismo Rimbaud afirma que su estancia en el infierno se acaba cuando terminan sus dos céntimos de razón occidental (filosofía) y se entrega al trabajo humano que, de vez en cuando, logra iluminar su abismo. Del intento de creación y la creencia de tener poderes sobrenaturales, dispensado de toda moral, es restituido ahora a la tierra, anhelando un deber y una realidad tangible para volver a estrechar. El ángel que hay en nosotros quiere volver a aterrizar en la ignorancia, escapando del infernal desencanto de la conciencia.

Eduardo Schele Stoller.

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