Son diversas las doctrinas éticas que consideran que lo esencial para la felicidad de la vida es lo que uno tiene en sí mismo. Esta es también la opinión de Schopenhauer, para quien la felicidad pertenece a los que se bastan a sí mismos, en el marco de una ocupación puramente espiritual y no dedicada al servicio de la voluntad, como sucede en el hombre común, que está limitado a las cosas exteriores. Su centro de gravedad esta así fuera de el mismo.

Nuestra vida, señala Schopenhauer, representa una oscilación entre el dolor y el tedio. La necesidad y la privación engendran el dolor, mientras que el bienestar y la abundancia el tedio. La riqueza es como el agua salada: cuanto más se bebe más sed da. En consecuencia, el sabio no debe perseguir el placer sino la ausencia de dolor. La vida no es para que se disfrute de ella, sino para que se desentienda uno de ella lo antes posible. Y esto porque la vida busca potenciar la voluntad, es decir, la ambición del deseo. A mayor riqueza interior (espiritual) menos tedio.

Son tres, nos dice Schopenhauer, los resortes fundamentales de las acciones humanas: el egoísmo, la perversidad y la conmiseración. Toda acción humana debe referirse a uno de estos tres móviles. El único deseo del hombre es el de conservar su existencia, liberarse de todo dolor y privación ¿Cómo mantener a raya este egoísmo radical? Una forma es a través del Estado, el cual para Schopenhauer es la obra maestra del egoísmo inteligente y razonado, el cual al caer dejará ver toda la perversidad del ser humano. El Estado nos convierte así en Lobos con bozal. Para evitar este egocentrismo primordial, Schopenhauer nos invita a la renuncia del querer, pues en el desear radican todas las causas de nuestros sufrimientos. El suicida, por ejemplo, no se mata porque ya no quiera vivir, sino que -aunque suene paradójico- lo hace porque quiere en demasía la vida, quejándose solo de las condiciones en que esta se le ofrece. Si cesa de vivir es, precisamente, porque no puede dejar de querer o liberarse de la voluntad.

Es por esto que el hombre inteligente evitara el dolor, buscara el reposo y el ocio. Una vida tranquila y modesta. Si es un espíritu muy superior, buscará la soledad. Cuanto más posee en sí mismo el hombre, menos necesidad tiene del mundo exterior. Menos útiles le pueden ser los demás. Cuanto más tenemos en nosotros mismos, menos pueden servirnos los demás. La sociabilidad de cada cual, cree Schopenhauer, está en razón inversa de su valor intelectual. La superioridad de la inteligencia conduce así a la insociabilidad. Y es que es en la soledad donde cada uno se ve reducido a sus propios recursos, revelándose lo que posee por sí mismo. Al carecer el sujeto vulgar de riqueza interna (intelectual) solo se preocupa de pasar el tiempo, mientras que el individuo de talento de aprovecharlo.

La estrategia ética de Schopenhauer es de retirada ante los males del mundo. Estos males abundan, puesto que la vida misma sería manifestación y desarrollo de la voluntad, la que implica a su vez la insaciable búsqueda de la satisfacción del deseo. Si vivir es desear y desear es sufrir, se infiere que la vida será inevitablemente sufrimiento. De allí la retirada que nos sugiere Schopenhauer ante cualquier cosa que alimente nuestros deseos. Por eso la recomendación a refugiarnos en la soledad; a disminuir nuestro circulo de acción; en hacer depender todo de nosotros mismos. De esto, claro está, no es consciente el hombre común, para quién su voluntad lo es todo y su capacidad de sufrir es, por tanto, infinita.

Toda restricción, sostiene Schopenhauer, hace feliz. Cuanto mas reducido es nuestro circulo de visión, de acción y de contacto, mas felices somos; cuanto mas vasto es, mas atormentados o inquietos nos sentimos. Al ampliarse nuestro círculo se agrandan y se multiplican los dolores y deseos. Esta regla, cree Schopenhauer, nos explicaría por que la segunda mitad de nuestra vida es mas triste que la primera. El horizonte de nuestras miras y relaciones va ensanchándose. En la infancia está limitado a la vecindad más próxima. Cuanto menos excitación de la voluntad hay, menos sufrimiento habrá. La limitación del circulo de acción quita a la voluntad las ocasiones exteriores de excitación.

En la infancia nos inclinamos mucho mas al conocimiento que a la voluntad. En eso se funda la felicidad de la primera cuarta parte de la vida, que ha de verse después como un paraíso perdido. Durante la infancia tenemos relaciones poco numerosas y necesidades limitadas y, por consiguiente, poca excitación de la voluntad. La mayor parte de nuestro ser está ocupado en conocer. Por el encanto de la novedad, señala Schopenhauer, nuestros años de infancia son una poesía ininterrumpida. Durante la infancia la vida se presenta como una decoración de teatro, vista desde lejos; durante la vejez, como la misma, pero vista desde cerca. La vida, afirma Schopenhauer, vendría siendo como un tapiz bordado, del cual en la infancia vemos solo la superficie, para solo más tarde ser conscientes del reverso, lado menos bello, pero más instructivo, puesto que nos permite reconocer el enlace de los hilos.

Durante la infancia, la novedad de las cosas y de los acontecimientos hace que todo se imprima en nuestra conciencia, haciendo así que los días nos parezcan más largos. Las horas de los niños, según Schopenhauer, son más largas que los días del anciano. El tiempo de la vida tiene un movimiento acelerado como el de una esfera que rueda sobre un plano inclinado. Al igual que un disco que gira, cada punto corre tanto más aprisa cuanto más distante está del centro. La infancia es así el periodo más rico en recuerdos, el más largo de nuestra existencia.

En concreto, Schopenhauer nos muestra una serie de reglas a seguir para llevar, en lo posible, una vida con menos sufrimiento. Al respecto, describe inicialmente cómo tendemos a situarnos en el mundo llenos de aspiraciones, donde tenemos la esperanza de poder satisfacer todos nuestros deseos. Sin embargo, pronto la experiencia nos enseña que la felicidad y el goce son meras quimeras, ilusiones en la lejanía, mientras que el dolor y el sufrimiento se nos aparecen efectivamente como reales, manifestándose realmente, sin necesidad de ilusión o esperanza. De ahí en más, afirma Schopenhauer, cesamos de buscar la felicidad y goce, solo procurando ahora escapar al dolor. En este sentido, lo mejor que podemos esperar es un presente indoloro, tranquilo, soportable.

La riqueza vendría a ser impedimento para lograr lo anterior, pues como el agua de mar, cuanto más se bebe, más sed da. Es decir, para Schopenhauer, la fuente de nuestro descontento se encuentra en nuestros intentos siempre renovados de subir de nivel en nuestras pretensiones. Esto nos muestra que no debemos esperar que nuestras circunstancias externas cambien, sino que lo debemos transformar es nuestro propio estado interior, de lo contrario, siempre que aliviemos alguna preocupación que nos oprima, pronto aparecerá otra en su lugar. Schopenhauer sostiene que todo júbilo desmesurado se basa siempre en la ilusión de haber encontrado algo en la vida que, de hecho, no se puede hallar en ella, a saber, una satisfacción permanente de los deseos que nos atormentan y que renacen constantemente. De cada una de estas ilusiones hay que, inevitablemente, retornar más tarde a la realidad y pagarla. Se parece bastante a un lugar elevado al que se había subido y del que solo se puede bajar dejándose caer. Por eso habría que evitar las ilusiones, pues cualquier dolor excesivo que aparece repentinamente no es más que la caída desde semejante punto elevado, o sea, la desaparición de una ilusión que lo ha producido. Ya la ética estoica se había propuesto liberar el ánimo de todas estas ilusiones y sus consecuencias.

¿Cómo evitar, entonces, el dolor? Pues viviendo no como queremos, sino como podemos, limitando, afirma Schopenhauer, el propio ámbito de acción, para evadir así el infortunio. Es la limitación la que nos hace feliz. La prudencia nos llama así a no aspirar al placer, sino que a la ausencia de dolor. Debemos poner riendas a la fantasía, evitando construir castillos en el aire, pues después las pagamos caro con la decepción. La imperturbabilidad estoica (apatheia) nos llama a no entregarnos a grandes júbilos ni a grandes lamentos, de lo contrario, nos amarramos a las preocupaciones del futuro o a la nostalgia del pasado, menospreciando y descuidando el presente. Entonces, vivir feliz significa vivir lo menos infeliz posible.

Para lograr estos estados, Schopenhauer propone además una estrategia que, de hecho, la gente suele implementar inconscientemente; contemplar la desgracia ajena. A su juicio, no hay consuelo más eficaz que la observación de sufrimientos mucho más grandes que los nuestros. Tal como lo expone Tool en su tema Vicarious, pareciera que necesitamos ver las cosas morir desde la distancia. Vivimos en la medida que el resto muere, de allí la morbosa necesidad de alimentarse de la desgracia ajena, en vista de opacar las miserias de la propia vida.

Eduardo Schele Stoller.

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2 Comments

  1. Hay un error ortográfico en donde dice
    “pues como el agua del mar, cuanto más se bebe, más se da” y debe ser “más sed da”

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