Filosofía de la tortura

Ya en la Grecia clásica la tortura o tormento físico era infligido por parte del poder público con la finalidad de obtener una confesión, la cual, de aquí en adelante, servirá como justificación para aplicarla como forma de castigo y amedrentamiento a los enemigos políticos. En este contexto, el testimonio de un esclavo llegó a considerarse como más confiable que el de un ciudadano libre, pues este último no podía ser torturado. En el libro Así se torturó en Chile, el cual resume partes de las atroces torturas aplicadas en nuestro país durante la dictadura de Pinochet, se señala que la etimología de la palabra “tortura” refiere al latín “torquere”, que significa retorcer o curvar, en consonancia con el elemento de tortura más celebre de la época romana y que hacia finales del Medioevo también fue replicado; el “potro”. Este consistía en un armazón de madera que, mediante un sistema de pesos y cuerdas, dislocaba los miembros de la víctima. Estos mecanismos de tortura se fueron diversificando increíblemente durante esta época, cuya finalidad ya no era obligar al acusado a decir la verdad, sino a declararse culpable, práctica que también se adopta en el siglo XX.

La aparición de una nueva elite militar en el siglo XX llevó a subordinar los principios de la vida política y social al de seguridad nacional, la cual se veía supuestamente amenazada, desestimando incluso las reglas de la guerra convencional. El libro destaca como, basados en avances científicos, tecnológicos y en manuales de tortura como el Kubark de la CIA, buscaban golpear la “yugular” psicológica, más que solo generar dolor físico. El sufrimiento corporal debía graduarse de tal manera que alimentara el miedo, provocando en el prisionero un estado de regresión infantil que lo despoje de las defensas del hombre civilizado y lo someta a sentimientos de dependencia y culpa, en virtud de los cuales libere su deseo reprimido de colaborar para dejar de sufrir, llegando incluso a ver en el torturador a una figura paterna, que le genere odio y calidez al mismo tiempo. Todo esto se logra privando al detenido de estímulos sensoriales y de toda referencia conocida que le permita sostener sus nociones del tiempo y el espacio, y, por ende, de su propia identidad, acelerando así el desquiciamiento.

¿Cómo explicar tanto horror? Se preguntaba el entonces presidente Ricardo Lagos en el prólogo al informe Valech. ¿Cómo entender el regocijo del ejercicio de la crueldad? En el mismo libro se nos dan algunas respuestas. Una razón que suele darse es el placer derivado del poder reducir a otro ser humano a un estado de impotencia absoluta, lo cual genera la impresión de soberanía sobre el otro. Tales acciones además se suelen amparar en instituciones y contextos que facilitan a los torturadores desprenderse de los códigos de la civilización. La idea aquí es que ese paraguas institucional libera a la bestia primitiva, rasgando el tenue velo que protege a las convenciones sociales de nuestros impulsos primitivos. Esto se justifica, entonces, en la idea de una especie de maldad por naturaleza en el ser humano.

Todorov, por su parte, tratando de dilucidar el sadismo de torturadores franceses en Argelia, cree que estas conductas son productos sociales, no naturales, pues ningún animal, aparte de nosotros, la muestra. También estaba la presión lateral, esto es, la influencia y juicio de los pares en caso de no seguir con la conducta del grupo, conducta que busca además deshumanizar al otro, esto es, atribuirles una condición incluso animal, en vista de facilitar el “trabajo” de la tortura. Estos incluso pretendían lograr cierta impresión de ausencia, de ser un mero espectador de las atrocidades, queriendo transformar el mundo real en uno de ficción. En este sentido, la pérdida de identidad que se buscaba lograr en el torturado también podía darse en el torturador, de hecho, era deseable, pues así se protegían de la sensación de culpa al ejecutarla. Si no soy “yo” quien comete un acto atroz, no tengo por qué hacerme cargo de sus consecuencias, al abstraerme, además, de las normas, convenciones y moral de una época. De esta forma, bajo el alero de la institución, grupo o masa, anulo mi conciencia y, con ello, la sensación de la culpa. Solo así quizás pueda explicarse la conducta sádica. No obstante, lo anterior en ningún caso la justifica.

Eduardo Schele Stoller.

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