Peterson y la receta contra el caos

Las 12 reglas para vivir que propone el psicólogo canadiense Jordan Peterson (1962-), vienen a hacer frente a lo que él describe como el caos de la existencia. Este fenómeno no es nuevo, pues los grandes mitos e historias religiosas del pasado ya poseían una intención moral más que descriptiva, es decir, se centraban en cómo debería actuar el ser humano para mantener un cierto tipo de orden. El orden aparece allí donde las personas actúan de acuerdo con unas normas sociales asumidas de tal forma que todo resulta predecible. Este es el mundo, afirma Peterson, de la estructura social. El caos, por el contrario, aparece cuando ocurre algo inesperado. Es todo aquello que resulta nuevo, impredecible y que rompe la familiaridad de los lugares comunes. Es la creación y la destrucción.

Las creencias compartidas del orden, destaca Peterson, simplifican el mundo, porque las personas saben que esperar de la demás y pueden cooperar más fácilmente entre sí. Y es precisamente la conservación de este punto lo que permite que todas las personas vivan juntas de forma pacífica, predecible y productiva, ya que reduce la incertidumbre y la caótica mezcla de emociones intolerables que esta conlleva. Si bien un sistema cultural compartido estabiliza la interacción humana, también establece una jerarquía de valores en la que se otorga prioridad e importancia a unas cosas por sobre otras. A falta de un sistema de valores de este tipo, señala Peterson, la gente simplemente no puede actuar. Tanto la acción como la percepción requiere de un objetivo al cual otorgarle valor. Gran parte de las emociones positivas que sentimos está relacionada con objetivos que implican alguna opción de progreso. De lo contrario, el horror de la existencia se vuelve rápidamente incontrolable, entrando en escena el nihilismo con su angustia y desesperanza.   Si no hay valores no hay significado. El problema es que estos valores se han ido relativizando, en vista de reducir el peligro de la confrontación colectiva entre diversos sistemas de valores, lo cual ha traído como consecuencia la desesperación que supone la falta de significado objetivo y la imposibilidad de progreso.

Peterson cree que es posible hacer frente a esta situación mediante la aplicación de ciertas estrategias o reglas de vida, que son las que precisamente él expone en su libro. Estas apuntan a trascender la adhesión ciega a las doctrinas del grupo y a evitar también el nihilismo, todo esto mediante la elevación y el desarrollo del individuo, asumiendo la carga del propio Ser. La gente, a juicio de Peterson, necesita de principios rectores para hacer frente al caos y hacer frente a la existencia. Necesitamos así de rutina y tradición, de una guía para estar en la línea divisoria entre el orden y el caos; lugar en que se da el equilibrio exacto entre estabilidad, exploración, transformación, reparación y cooperación. Ahora bien, ¿es posible llegar a este equilibrio cuando lo que parece reinar hoy es el caos?

El caos, como el mismo Peterson lo define, es el dominio de la ignorancia, de lo no explorado, de la desesperación. Es el horror que siente cuando las cosas se derrumban. Es todas aquellas cosas y situaciones que ni conocemos ni comprendemos. Representa así el azar, la incertidumbre y la heterogeneidad. El caos es sentir que caminamos sin rumbo ni apoyo a través del espacio, una vez que las tradiciones y las rutinas que nos servirán de referencia se han desplomado. Todas estas son características propias de nuestra sociedad posmoderna, a la cual Peterson no le reprocha nada, pues, según él, el cambio debe ser individual. De hecho, se niega a los cambios o revoluciones sociales. Nuestra sociedad, afirma, se enfrenta a una petición creciente de desmontar las tradiciones que le sirven de base para incluir a grupos cada vez más pequeños de personas que no pueden o no quieren encajar en las categorías a partir de las cuales establecemos nuestras percepciones. En este sentido, las revoluciones no son buenas, pues desestabilizan y son peligrosas para el mantenimiento del orden. El cambio, como señalábamos, debe ser a su juicio individual. Por ejemplo, en la primera regla, señala que el erguirse físicamente también implica erguirse metafísicamente, lo cual significaría “aceptar voluntariamente la carga del Ser”. Significa que “decides voluntariamente transformar el caos de lo potencial en la realidad es de un orden habitable, una realidad productiva y significativa”.

La psicología de Peterson es así profundamente metafísica, pues asume la existencia de una estructura de Ser que habita en cada uno de nosotros, la cual se puede llegar a corromper, por ejemplo, a través de la mentira (regla 8). Sería responsabilidad de cada cual hacer frente al caos, imponiendo orden y significado a la existencia, restaurando el equilibrio en esta supuesta estructura del Ser, estructura que Peterson nunca define. La solución a la angustia que genera el caos pasa así por la imposición de un orden individual, no social, pues este último implicaría un mayor desorden. Sin embargo, las revoluciones nunca son permanentes, pues siempre buscan, a la larga, sustituir un orden por otro. Efectivamente, si bien no podemos vivir en el caos y la incertidumbre total, esta es la que genera en nosotros el movimiento y el rol activo del sujeto, mediante, principalmente, la crítica y la reflexión. En este sentido, es el caos, y no el orden, lo que alimenta a la filosofía. Ya sabemos que no ocurre lo mismo en la psicología.

Eduardo Schele Stoller.

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Un comentario en “Peterson y la receta contra el caos

  1. Simon Bolívar planteó la problematica del hombre en libertad. En “la política” de Aristóteles, el hombre como ser racional, necesariamente debe vivir en asociaciones con otros hombres a través de reglas, leyes, límites, que definen y conforman el Estado. “El hombre ajeno u opuesto a esa estructura social, es un hombre que respiara guerra”, dice Aristóteles. En la Física, clasica o moderna, “no existe una partícula completamente libre, para verificar su existencia requiere de un observador, que según su perspectiva, altera, describe la existencia de la particula”.

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