La pesada carga de la razón

El filósofo chileno Ignacio Moya defiende lo que él mismo denomina como “pesimismo profundo”, a través del cual se llega a aceptar el sinsentido de la vida y, por consiguiente, del sufrimiento, para el cual no existen razón o justificación alguna. Al asumir la insignificancia de nuestras vidas, nada parece realmente importante, volviéndose ahora todo irrelevante. Nuestro sufrimiento no tiene así utilidad alguna, al no haber racionalidad en el mundo. De ser esto así, ¿qué sentido tiene enunciar el sin sentido? Bajo estas condiciones Moya recomienda el silencio, es decir, ni siquiera hablar de todo esto.

El pesimismo filosófico asume que la vida es fundamentalmente sufrimiento, lo cual suele derivar en un nihilismo existencial, al afirmarse que la vida tampoco tiene un propósito final. El pesimismo profundo, al aceptar estas dos realidades, le añade el silencio filosófico. Ahora bien ¿por qué la vida es sufrimiento? En este punto Moya acude a Schopenhauer, quien señalaba que donde hay vida, hay deseo, y donde hay deseo, habrá sufrimiento. Siguiendo a Schopenhauer, todos los seres vivos somos, en esencia, voluntad, la cual lo único que hace es desear. Carece así de objetivo final, pues su esencia es querer, sin que ese querer tenga nunca un fin. El que cree haber alcanzado todo lo que desea y, por lo tanto, no desea más, se aburre. Y con el aburrimiento volvemos al sufrimiento, pues volvemos a querer. Entre desear, encontrar y volver a desear nos pasamos nuestra existencia.

La vida, afirma Moya, con sus infinitas dolencias, termina por cansarnos a tal punto de que ya no la queremos vivir. En esto, entonces, consiste vivir. En aprender a no querer vivir más. El filósofo noruego Peter Zapffe sostiene que el ser humano, producto de la gran capacidad racional que ha adquirido a través de la evolución, se ha convertido en una aberración de la naturaleza. La evolución se excedió, cometiendo un error con nosotros. Aunque nos dotó de algo grande, majestuoso, poderoso, bello; la razón, esta no nos permite vivir en tranquilidad o armonía con nuestro mundo. La naturaleza, destaca Moya, nos dotó de una razón que nos impulsa a buscar sentido y propósito, a hacernos preguntas. Sin embargo, la naturaleza no nos ofrece respuestas.

De lo anterior provendría el origen de todos nuestros males, ya que, por culpa de la razón, queremos encontrarles un propósito a nuestras vidas, en un mundo donde, paradójicamente, no existe el propósito. Pedimos así lo que no se puede pedir, lo que no hay. Esperamos lo que no puede ser, constatación que nos deprime e inmoviliza. Es por esto que, a juicio de Moya, nos terminamos aferrando a la vida no porque la consideremos buena, sino más bien por temor a la incertidumbre de la muerte.

Eduardo Schele Stoller.

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