Mark Forsyth no teme en afirmar que antes de ser humanos, fuimos bebedores. Si comenzamos a cultivar no fue porque quisiéramos comida, sino que alcohol. Alrededor del 9.000 a.C. inventamos la agricultura porque, según Forsyth, queríamos emborracharnos regularmente. William James sostenía que el dominio del alcohol sobre la humanidad se explica su capacidad para estimular las facultades místicas de la naturaleza humana, generalmente aplastadas por los datos duros de la sobriedad. La sobriedad disminuye, disgrega, niega; mientras que la embriaguez expande, une y afirma.

Según James, el dominio del alcohol sobre la humanidad es incuestionable debido a su capacidad para estimular las facultades místicas de la naturaleza humana, generalmente aplastadas por los datos duros y las secas críticas de la sobriedad. La sobriedad disminuye, disgrega y dice que no; la embriaguez se expande, une y dice que sí. La conciencia del borracho es una parte de la conciencia mística, y nuestra opinión total de ella debe encontrar su lugar en nuestra opinión de ese todo más grande. Esto es algo que se sistematiza aún más con el nacimiento de nuestra cultura occidental. Los griegos, de hecho, lo vieron como un medio de reflexión.

Desde el punto de vista de Platón, señala Forsyth, emborracharse era como ir al gimnasio: la primera vez te sientes mal y adolorido, pero la práctica hace al maestro. Si podías beber mucho y comportarte, entonces eras un hombre virtuoso. Al hacerlo en público, podías mostrar a los demás que eras un hombre ideal, luciendo en la práctica la virtud del autocontrol incluso bajo la influencia del alcohol. La virtud debía demostrarse  incluso en la embriaguez, manteniendo la nave estable en el tormentoso mar del vino. Esto se ejercía en el symposium, llevados a cabo en una redonda al centro de las casas llamada “andron” (sala de hombres). Mediante una metódica borrachera, se debía beber el vino antes de que este fuese mandado a rellenar por el anfitrión del symposium, quien imponía el ritmo de la borrachera. Se sabe de Sócrates, por ejemplo, que en estos eventos lograba beber grandes cantidades de alcohol sin jamás embriagarse.

Quizás esta práctica casi ritual de los filósofos griegos tenga que ver con una características del alcohol que destaca Forsyth; el alcohol nos hace decir la verdad. Si la política está plagada de mentiras y mentirosos ¿no tendría sentido atiborrarlos de alcohol a todos? La filosofía de esta época buscaba encarecidamente la verdad, de allí quizás la importancia del alcohol como medio para alcanzarla, o al menos asegurarse de la veracidad de los juicios de quienes participaban de los symposium. La borrachera lograría así descubrir el velo de la verdad, accediendo al plano oculto de la existencia social, develando a su vez nuestras verdaderas intenciones y personalidades. En este sentido, Forsyth distingue entre culturas húmedas y culturas secas. En las primeras, hay un mayor relajo con respecto al alcohol, la borrachera es algo cotidiano pero rara vez hasta perder el sentido. La secas registren su uso, pero cuando lo permiten, se revientan. Nuestra cultura ¿es húmeda o seca? Se hace difícil la distinción, pues en nuestro país se bebe cotidianamente pero además hay ritos de embriaguez desenfrenado. Donde hayan existido humanos, sostiene Forsyth, estos se han reunido para embriagarse. Sin importar lo justas o buenas que estas sean, cada cierto tiempo necesitamos escapar de ellas, aunque sea por puro aburrimiento. Nunca se está aburrido mientras se está ebrio. Quizás de esto es lo que quiere escapar compulsivamente nuestra cultura.

Eduardo Schele Stoller.

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