Espiritismo y carencia de sentido

En su estudio sobre el espiritismo, el historiador y ensayista chileno Manuel Vicuña explica el auge que tuvo a mediados del siglo XIX este movimiento en nuestro país como un rechazo tanto al dogmatismo eclesiástico como también al escepticismo científico. Esto se enmarca en una regresión de la conciencia hacia un pensamiento de orden más mágico, en vista de satisfacer nuestra necesidad de lo absoluto. Es una reacción, entonces, ante la evidente crisis de las tradiciones y la sensación de orfandad. El espiritismo, señala Vicuña, cuenta como medicina del alma ante un mundo privado de sentido. Se concibe a sí mismo como una mezcla de ciencia experimental, de revelación religiosa y de consuelo ante la muerte. Lo anterior se realiza a través del médium, quien es visto como el vehículo para el contacto con el mundo de los desencarnados (muertos). Mediante un rito de despersonalización y en trance, este pierde su identidad y aloja en sí una identidad extraña, reteniendo por momentos las formas residuales de esa vida, tales como experiencias, sentimientos y reflexiones.

Los espiritistas cuestionaban las jerárquicas funciones sacerdotales, queriendo debilitar el monopolio del clero como mediador entre Dios y los fieles. De hecho, muchos espiritistas renegaron de la religión al cuestionar los excesivos privilegios del clero. Sin embargo, al decaer el catolicismo, también se erigió como un consuelo ante el incipiente escepticismo materialista de la época y la demolición de las convicciones sociales. Vicuña afirma que los espiritistas querían, mediante comprobaciones empíricas, devolver la fe a los que dudan y desesperan, restaurando así el pacto con el misterio del mundo y la creencia en la inmortalidad del alma, amortiguando de paso la incertidumbre ante la muerte, lo cual lo saldan en vida, mediante las sesiones que prometían el contacto con los seres queridos.

En sintonía con otros enfoques de la época, tales como la masonería y la teosofía, el espiritismo, nos dice Vicuña, cree en la reencarnación y en el progreso del alma, convirtiendo al cuerpo presente en tan solo un hospedaje pasajero del espíritu en su viaje hacia la perfección. Para este proyecto de emancipación espiritual se volvía innecesaria la lúgubre y poco democrática teología eclesiástica, la cual se volvía una traba para el esfuerzo espiritista por expandir el imperio moral de la libertad y la tolerancia. Es en este punto, nos dice Vicuña, es donde el espiritismo se diferencia, pues reniega del secretismo, excesivo ritualismo y jerarquía, por ejemplo, de la  masonería. Lo anterior, a juicio de los espiritistas, tendría positivas consecuencias a nivel social, al tender a humanizar al poderoso y dulcificar la amargura del pueblo, con la esperanza de mejores vidas pasadas o futuras, es decir, al creer que no todo se juega en esta vida.

Ante el decaimiento de las certezas y de las instituciones que las sustentaban, hoy volvemos a presenciar un resurgimiento del pensamiento mágico. Producto del pesimismo de esta vida, no parece quedar más opción que proyectarse en otras, destendiendo el presente, el cual es visto como un mero medio para un fin superior, medio que no vale nada por sí mismo, al sostenerse sobre la desazón y la carencia de significado. En consecuencia, el escepticismo, tan propio de nuestra época, no nos lleva a renunciar a la búsqueda de sentido, sino que a buscarlo en otros lados.

Eduardo Schele Stoller.

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