El arte según Nietzsche

Podemos encontrar en Nietzsche una visión del arte como liberación. El mismo afirma que tenemos el arte para que la verdad no acabe con nosotros. El arte deambula entre lo apolíneo (superación de los defectos e inconsistencias de la vida corriente), que nos lleva a la existencia de un mundo superior y lo dionisiaco (pasiones, embriaguez, éxtasis), que nos lleva a un mundo meramente representacional. Los que sufren debido al empobrecimiento de la vida, señala Nietzsche, buscan librarse de sí mismos mediante el arte, buscando la embriaguez, el aturdimiento, la locura. El arte cuenta así como un remedio para una realidad fracasada. Pero esto es lo que motiva a su vez el arte, pues no lo hay sin sueños ni embriaguez.

Esto une al arte con cierta sensación de disconformidad, con el nihilismo, pues cuenta como un atrevimiento de valorar las cosas de manera contraria. El deseo de destrucción, de cambio, de devenir. La obra de arte como una consecuencia de la insatisfacción con la realidad, como una superación de la interpretación moral de mundo, moral que nos ha ensombrecido, empequeñecido y empobrecido, llevándonos, según Nietzsche, a la mediocridad del hombre de rebaño, no teniendo las fuerzas para interpretar de maneras distintas o para crear ficciones. El nihilista, en cambio, juzga lo que no debería ser, pensando, a su vez, que lo que debiera ser, no existe.

La masa carece de fuerza voluntad, pues no puede prescindir del sentido ya existente de las cosas, sentido que el nihilista viene precisamente a cuestionar. El objetivismo filosófico, sostiene Nietzsche, puede ser un signo de pobreza de la fuerza y de la voluntad, pues solo se quiere comprobar lo que ya es, y no como debieran o podrían ser las cosas. El artista, en cambio, es un tipo intermedio, porque establece al menos una metáfora de lo que debiera ser. El nihilismo pretende la superación de los filósofos y la aniquilación del mundo de lo existente, mediante, por ejemplo, el arte que busca contrariar las cosas, insultar la realidad. El arte para Nietzsche sirve así como medio de destrucción y no como revelación de un mundo superior.

El instinto estético del artista, destaca Nietzsche, abarca las consecuencias más lejanas, no es alguien corto de vista que se queda en lo más próximo, al justificar lo terrible, el mal, lo problemático, esto es, lo no atractivo. El valor de lo bello, en cambio, procede de la óptica de primer plano, que solo considera las consecuencias próximas. De allí que la censura sea propia del corto de vista, esto es, de aquél que no es capaz de ver más allá de su comodidad inmediata. El arte para Nietzsche se constituye así como una lucha contra la moralización, dándonos una mayor libertad, evitando la estrechez de pensamiento.

Nietzsche niega la oposición entre un mundo verdadero y uno aparente, reduciéndolo todo a este último, donde lo que reina es lo falso, cruel, contradictorio, traicionero y el sin sentido. Al carecer de confianza, necesitamos de la mentira de la verdad para orientarnos en la realidad. Por esto nace la metafísica, la moral y la religión. No obstante, siempre entre las quiméricas certezas de estas disciplinas asoma el arte liberador que logra ver el carácter terrible y dudoso de la existencia, que se rebela contra las formas decadentes del intelectualismo humano, tales como la misma filosofía, que reducen nuestras fuerzas y apagan el ánimo de la voluntad. Tenemos el arte, afirma Nietzsche, para que la verdad no acabe con nosotros.

Eduardo Schele Stoller.

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