Dinero, consumo y la pérdida de la comunidad

Si bien hoy se tiende a constatar una mayor satisfacción por el bienestar material y mayor acceso a objetos de consumo, también se tiene la sensación de un profundo desagrado. El abogado y doctor en filosofía chileno Carlos Peña (1959-) destaca que la modernización capitalista no solo acarrea la expansión del consumo de bienes materiales, sino que también simbólicos, los cuales vienen a reemplazar aquellos que sustentaban los aspectos rituales y comunitarios de la existencia, resaltándose ahora solo los mecanismos monetarios de intercambio. Así, señala Peña, si bien se vive mejor, también se vive más a la intemperie. Lo que caracteriza a nuestra época es una mezcla de satisfacción y desencanto, dado esto último principalmente por el alto nivel de abstracción que suponen ahora las interacciones humanas, las cuales ya no comprometen ni la identidad ni la memoria. El uso del dinero, afirma Peña, se convierte en un destructor de las relaciones comunicativas tradicionales, corroyendo las tradiciones y formas de existencia en las que el individuo tendía a estar más protegido.

Se ha perdido la libertad, en la medida que, producto de la progresiva división del trabajo, cada vez más dependemos de otros para satisfacer nuestros también cada vez mayores deseos y necesidades, entrando en un espiral sin fin que termina por esclavizarnos. Los objetos que deseamos no son así meros útiles, sino que encarnan también relaciones sociales. De hecho, mediante la adquisición de bienes lo que se busca, principalmente, es la distinción, esto es, alejarse de la mayoría. La gente, nos dice Peña, no consume una materialidad, sino que una diferencia. El consumo es visto así más como un fenómeno de diferenciación de signos que de cosas, abstracciones que pasarían a dominarnos y  a separarnos unos de otros.

El usual rechazo al mercado Peña lo asocia con la nostalgia de una vida humana como experiencia colectiva, de un esfuerzo mancomunado, en donde la suerte de uno depende de la de los demás. Bajo el mercado la conciencia moral se adelgaza hasta casi desaparecer. Al no haber una misma conciencia moral, se va en desmedro de la cohesión social. Al respecto, Peña nos pide que pensemos, por ejemplo, lo que ocurre hoy con las sociedades anónimas, donde pueden haber miles de personas propietarias que unifican sus esfuerzos mediante el dinero, pero que no se conocen entre sí, no suponiendo así ninguna comunidad vital entre las personas. Y es que el mercado mismo mediante el consumo nos llama a la diferenciación mediante la elección diversa de bienes materiales para poder ser vistos como queremos que nos vean. En este sentido, sostiene Peña, el sujeto se erige a partir de su relación con los objetos.

Por tanto, a pesar de que nos vemos cada vez más aligerados de los intercambios sociales,  al mismo tiempo, destaca Peña, quedamos más expuestos al desamparo. Esto parece lógico, ya que si soy cada vez menos responsable socialmente del otro, el otro, congruentemente, también será menos responsable de mí. La preocupación ya no pasa así por pertenecer a una misma comunidad, sino por diferenciarse de la misma, mediante la adquisición de bienes que cuentan, como señala Peña, como marcadores de rangos sociales, como instrumentos de ascenso y movilidad social. En suma, lo que se busca mediante la adquisición de dinero y el consumo es mostrar prestigio y poder, identificándose con el pequeño grupo de seres privilegiados económicamente, pero, al mismo tiempo, diferenciándose del resto de individuos que pertenecen a la comunidad, lo cual, llevado a su extremo, nos aleja tanto que los único que nos termina uniendo son las relaciones funcionales del comercio, perdiendo en el camino los ritos, tradiciones y costumbres que antes nos unían.

Eduardo Schele Stoller.

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