El ocio, a juicio del investigador científico estadounidense Andrew J. Smart, constituye el único camino verdadero al autoconocimiento. Nuestra actual obsesión por estar ocupados, por perdernos en el ajetreo, no nos deja espacio para el libre desarrollo de las ideas. Esto comenzó a agudizarse a partir del desarrollo industrial del siglo XIX, volviéndose los humanos en meros engranajes de una fábrica. Smart considera que esto ha ido en desmedro incluso de nuestro funcionamiento cerebral, pues, según estudios, es en los momentos de ocio cuando se incrementa la actividad neuronal y, con ello, la imaginación y la creatividad.

La activación mayor se produce así, por ejemplo, cuando estamos echados en el césped, cuando cerramos los ojos o cuando miramos por la ventana mientras estamos en la escuela o el trabajo. Pero estos momentos escasean, pues la sociedad hoy nos inculca la obligación moral de estar tan ocupado como sea posible. Pero aunque suene paradójico, al entregarnos obsesivamente al trabajo, no dejamos que nuestra mente trabaje. El cerebro, afirma Smart, tiende a trabajar más cuando no estamos haciendo nada. Si nos entregamos al pensamiento independiente del estímulo, esto es, dejando vagar la mente, el cerebro se organizará mejor que cuando estemos tratando de concentrarnos en alguna tarea.

Si el ocio parece ser algo tan básico y simple ¿Por qué lo evitamos? Esto quizás ocurra, nos dice Smart, porque nuestro inconsciente tiende a guardar contenidos que preferiríamos dejarlos donde están. Puede que los trabajólicos, entonces, no soporten el ocio y la inactividad porque, en el fondo, eluden el dolor emocional mediante la actividad continua, el cual ya ni siquiera es trabajo. Pensemos, por ejemplo, en el tiempo empleado en los artefactos tecnológicos y redes sociales. Smart señala al respecto que empezamos a identificarnos más con el teléfono que llevamos en el bolsillo que con la mente que tenemos sobre los hombros. En suma, la dificultad para generar los momentos de ocio no solo son externos, sino que también recae en el temor a hacernos cargo de lo que somos, lo cual aflora precisamente cuando nuestra mente comienza a divagar libremente. La esclavitud parece así preferible a cambio de poder perdernos de vista.

Eduardo Schele Stoller.

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