La censura, señala el escritor sudafricano J.M Coetzee (1940-), no es una ocupación que atraiga a mentes inteligentes y sutiles. La censura parte de una reacción a algo que para una persona o grupo representa una ofensa, y la ofensa, a su vez, radica en la ausencia de duda de sí mismo. Es decir, quien censura lo hace porque está seguro que una acción o fenómeno atenta contra ciertos principios concebidos como verdaderos. La censura, en este sentido, puede ir perfectamente de la mano con el fanatismo y la intolerancia. Coetzee afirma que cuando alguien que mantiene una posición se ofende al ser cuestionado, esto es signo de la debilidad de dicha posición. Su indignación no es más que un disfraz con el cual se engaña a sí mismo quien tiene una posición de debate débil. Las instituciones que censuran perjudican la vida cultural y espiritual de la comunidad, pues, mediante ley y restricciones, terminan por condenar a los individuos a vigilarse a sí mismos, no pudiendo florecer así el arte. Al respecto, Coetzee considera que todos los puntos de vista merecen ser escuchados.

Sin embargo, ¿qué es lo que se ataca cuando nos sentimos ofendidos? Lejos de nuestro ser esencial, lo que se ataca son las construcciones gracias a las cuales vivimos, es decir, lo que se vulnera es una ficción fundacional. El respeto pareciera entonces ser, a juicio de Coetzee, un concepto superfluo pero indispensable para el funcionamiento del teatro de la vida. Toda infracción contra la moral se considera así que amenaza a la sociedad en su conjunto, pues lo censurado pone en cuestión los hábitos y costumbres que cuentan como los cimientos de la comunidad. Quizás el ejemplo paradigmático para dar cuenta de esto es lo que ocurre con la pornografía.

El Marqués de Sade (1740-1814) afirmaba que el ser humano debe obedecer, nutrirse y servirse de las pasiones, puesto que es lo único que nos conduce a la felicidad. Aconseja así despreciar todo lo que sea contrario a las leyes del placer. Se debe destruir consecuentemente a la virtud, la tradición y a la educación que la replica. Hay que convertirse al libertinaje, pervirtiendo los principios de la moral. La literatura pornográfica de Sade puede ser vista así como un medio de crítica ante las costumbres de su época, esto es, a los sesgos de la moral cristiana. De hecho, señala explícitamente que Dios es solo una quimera creado por la razón. Todas nuestras ideas, afirma Sade, son representaciones de los objetos que nos golpean. Dios es así una idea sin objeto. Todo principio es un juicio, todo juicio es resultado de la experiencia y ésta solo se adquiere a través del ejercicio de los sentidos, de lo que se sigue que los principios religiosos no demuestran nada ni tampoco son innatos. De allí que una fundamentación de la moral no pueda proceder de principios trascendentes. Desde un punto de vista naturalista y, podríamos añadir, evolutivo, la bondad, que ha sido tradicionalmente considerada como una virtud, no es más que una actitud de los débiles. El imperativo máximo de una moral naturalizada será el del egoísmo. El deleite, según Sade, debe ser propio y sin importar si este ha sido a expensas de los demás. En un estado de guerra natural, como expuso Darwin mediante la selección natural, solo los más fuertes prevalecerán. La crueldad así para Sade es una virtud y no un vicio.

La literatura de Sade sería así un medio para criticar la ideología dominante de la época, de allí las constantes censuras que recibió su obra. Podemos encontrar la misma lógica de censura en el caso que en 1960 involucró a Penguin Books cuando decide publicar El amante de lady Chatterley de D. H. Lawrence,  ante lo cual son demandados por la Corona británica por quebrantar la Ley sobre Publicaciones Obscenas británicas (1959), por la posible depravación de las personas que podrían leerla. De acuerdo a su contenido, esta obra también buscaba transgredir las fronteras sexuales y sociales de la época.

Pero la pornografía ha pasado de ser una herramienta de cuestionamiento de las normas a representar los intereses de un determinado grupo dentro de la comunidad; los hombres. Hoy se señala que la pornografía cosifica, es decir, trata a la mujer como medio y no como un fin en sí misma, despojándola así de su libertad. La pornografía, señala Coetzee, proporciona la respuesta a la pregunta sobre qué quieren los hombres, es decir, muestra el modo en que los hombres ven el mundo. Para la abogada y escritora estadounidense Catharine MacKinnon (1946-), la sexualidad masculina es la posesión y el consumo de las mujeres como objetos sexuales. La pornografía visual satisface la sexualidad masculina creando para ella objetos sexuales asequibles, es decir, imágenes de mujeres. Como objetos del deseo masculino, las mujeres y las imágenes de mujeres no pertenecen a categorías distintas. Los hombres tienen relaciones sexuales con su imagen de la mujer. La mujer con quien un hombre tiene relaciones físicas es solo un vehículo a través del cual él trata por todos los medios de alcanzar el conjunto de representaciones que a sus ojos forman la imagen de ella. El problema mayor es que, a juicio de MacKinnon, la sexualidad de la mujer es también una construcción del poder masculino, es decir, desea ser poseída como objeto y consumida. Por medio del vehículo de la mujer real, el hombre tiene relaciones con la imagen de la mujer, en cuanto esta, se experimenta a sí misma como un ser sexualizado y por lo tanto sexualmente construido en un terreno asimismo imaginario.

De esta forma, de ser un medio de crítica social, la pornografía pasa a ser una representación del poderío masculino en la sociedad, ensalzando un universo cerrado de explotación del débil por el fuerte, sin ningún tipo de justicia reparadora. Sin embargo, Coetzee se pregunta; si tenemos que proscribir la pornografía por sus representaciones de violencia sexual ¿por qué no hacerlo también con todas las representaciones violentas, tales como guerras y matanzas? Como ha señalado MacKinnon, si la pornografía revela la verdad del imaginario masculino, el censurarlo no haría más que invisibilizar aún más las relaciones de poder que sustentan nuestra comunidad. Para que haya conciencia crítica y debate debe hacerse ante la presencia de lo cual estamos disconformes. La prohibición, en este sentido, lejos de eliminar, tan solo oculta. Por lo demás, si de cosificación se tratase, este es un fenómeno presente en la sociedad por completo. Perdidos en la masa, los individuos, tanto hombres como mujeres, no hacen más que pasar a valer tan solo como objetos de consumo. En este sentido, si nos ofenden ciertas manifestaciones artísticas, es porque nos recuerdan algo de lo cual no queremos ser conscientes. En el caso de la pornografía, de que no diferimos mucho del resto de los animales. En cualquier caso, lo que se reivindica o ataca no es más que, como ha señalado Coetzee, construcciones de nuestro propio imaginario. De allí la importancia de develarlas a través del arte, ya sea para alabarlas o criticarlas.

Eduardo Schele Stoller.

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