Según el filósofo italiano Umberto Eco (1932-2016), originariamente, el artista plasma en sus obras su experiencia concreta, esto es, su vida interior y espiritualidad, en forma de reacción al ambiente histórico en el que vive. Pero si esto rige para quien crea arte, también se aplica para quien lo interpreta. El arte se alimenta de los modos de pensar, vivir y sentir de una época. Contrario a lo que ocurre en las ciencias, en la dimensión artística no debemos despojarnos de nuestros propios deseos, opiniones o gustos, pues estos nos guiarán precisamente hacia las estructuras formales que los han estimulado. De allí la imposibilidad de un componente del todo objetivo en el juicio estético.

Eco se pregunta, ¿captamos la realidad sensible o solo nuestras reacciones emotivas ante ella? Ante esto señala que no se trata de una proyección de mi psique en la cosa, sino de una excitación de mi psique por parte de la cosa. Es esta última la que produce en nosotros un esquema rítmico de respuesta. De esta forma, toda imagen estética suscita otras, abriendo un tipo de representación y relación con el inconsciente, algo que, por ejemplo, la filosofía no logra captar. En este sentido, señala Eco, el arte es lo más sublime que existe para el filósofo, pues mientras este se crea una imagen artificial de la naturaleza, el arte le proporciona una visión más originaria y natural, tratando de exhibir las formas de las cosas tal como son en sí mismas. Como afirmaba Coleridge, “lo que nosotros llamamos naturaleza es una poesía que yace enterrada en una escritura secreta y maravillosa”, algo que el arte buscaría precisamente revelar.

Reconociendo su naturaleza histórica, filosofía y arte, a juicio de Eco, deberían coincidir en no pretende nunca cristalizarse en un sistema válido de una vez para siempre, ya que ambas no pretenden modificar la realidad de las experiencias concretas, sino que ponerse al servicio de éstas. Precisamente esto es lo que presenciamos hoy, donde la ciencia se ha infiltrado en el arte, ya no conformándonos con gozar sus obras, sino que queremos ser conscientes del mismo. No solo sentir, sino que por sobre todo entender. Ya no sentimos sin filosofar sobre nuestros sentimientos y no vemos sin explicar nuestra visión. Pero si el arte se convierte en soporte de conocimiento, Eco sostiene que no podrá diferenciarse ni de la ciencia ni de la filosofía.

A través de este cognitivista proceder difícilmente hallaremos placer en una obra artística, pues esto depende de una reacción emocional ante los estímulos físicos del objeto, no demorado por los procesos y juicios del orden intelectual. Siguiendo la senda de la exactitud unívoca de la comprensión intelectual, más los intereses sociales de turno, el arte dejará de liberarnos de los dictámenes de la razón y, en consecuencia, de proporcionarnos el placer que proporciona la contemplación desinteresada.

Eduardo Schele Stoller.

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