La nueva escuela

En el texto Escuela o barbarie, los autores Carlos Fernández, Olga García y Enrique Galindo, postulan que el sistema educativo se ha convertido en una industria para la producción de capital humano, en un mecanismo gubernamental de coaching para gestionar la estabilidad emocional de las grandes masas. Aquí ya no vale, como incentiva la filosofía, el saber por el saber, sino que ahora se requiere de una serie incentivos pedagógicos, lúdicos, participativos y emotivos para lograr algún tipo de interés por el saber. En vez de concebirse como un derecho, la educación pasa a evaluarse como un servicio, como una inversión, en la cual ya no se instruye en conocimientos y materias, sino en competencias, destrezas, habilidades técnicas y emocionales. A esto se refiere la “educación integral”.

Debido a los incesantes cambios sociales, ya no se necesitan profesores, sino entrenadores, que transmitan en sus alumnos flexibilidad adaptativa, emprendimiento, automotivación y proactividad, no anclándose a ningún objetivo determinado. En vista de despertar el interés, se crean una serie de cebos psíquicos para morder el anzuelo, pues, por sobre todo, aprender ha de ser divertido, cuando, en realidad, todo esto no se basa más que en un nuevo condicionamiento o adiestramiento de la mano de obra, solo que ahora centrada en los intereses vitales de cada persona, esto es, en la doxa o la mera opinión. Pero el rol de la escuela sigue siendo el mismo; formar a los futuros ciudadanos y trabajadores según las necesidades sociales del momento. La diferencia, según estos autores, es que al menos antes la escuela ayudaba a los incultos a volverse cultos. Ahora, en cambio, les hace creer a los incultos que ya son cultos. Esto va de la mano con la ideología del momento; el relativismo constructivista. Al considerarse toda verdad como un constructo social contingente, se elimina la posibilidad de que haya verdades mejores o peores que otras, reduciendo las valoraciones a meros a gustos subjetivos, haciendo primar así la felicidad y el interés de cada uno.

Pero con esto, señalan estos autores, la figura del profesor queda sometida a los imperativos del reciclaje permanente y a una necesaria pérdida de autoridad, pues deja de ser visto como un sujeto que ostenta algún tipo de saber, para convertirse en un mediador, en un coach, animador sociocultural o gestor administrativo, sometido ahora a las demandas de sus alumnos clientes. Este tipo de escuela, plantean los autores, impide la emancipación personal, al crea sujetos débiles y manejables, gracias al vaciado progresivo de contenidos y a la infantilización de los alumnos. Mediante el auge de habilidades limitadas a lo social, concepción meramente adaptativa, se imposibilita el necesario distanciamiento teórico a partir del cual se pueda ejercer la crítica. A base de integración, el constructivismo pretende erradicar los obstáculos epistemológicos, tan solo obviándolos, eliminando la reflexión, reduciéndola a la mera opinión.

Los autores advierten que la escuela queda reducida a una guardería ciudadana o a un gimnasio laboral, donde lo único que se está garantizando, democráticamente, es el acceso a la ignorancia. La eliminación progresiva del contenido no solo nos hace progresivamente más idiotas, sino que también nos hace más ignorantes del fundamento de la nueva escuela, reduciendo, como hemos visto, toda posible crítica ante la misma. Si toda crítica es crítica de algo, es, precisamente, ese algo lo que hoy se nos oculta.

Eduardo Schele Stoller.

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