Dostoyevski y la carga moral

El argumento filosófico central detrás de Crimen y castigo de Dostoyevski tiene que ver con la carga moral de la culpa ¿Por qué sentimos un cargo de conciencia al realizar ciertas acciones? Gran parte de nuestras miserias, defiende Raskolnikov, personaje central de la obra, se debe a los prejuicios e inútiles temores culturales que nos rodean, los cuales terminan por someternos y paralizar nuestras acciones. Anémicos de conductas, no nos queda más que el trabajo del pensamiento, de la reflexión, habilidad por la cual se nos puede llegar a admirar, pero no a estimar, pues el trabajo intelectual conlleva siempre cierto grado de arrogancia y orgullo, aunque, en realidad, no nos rodee más que la pobreza. Raskolnikov vivía encerrado en sí mismo, como si escondiera un secreto, un tesoro, el cual a nadie le interesaba abrir. Es precisamente la reflexión y el convencimiento de ciertas tesis filosóficas, que lo convencen a llevar a cabo su delito, pues llega a pensar que efectivamente la culpa no es más que un prejuicio de la masa, meras costumbres aparentes y relativas. El problema es si, a pesar de ser conscientes de esto, logramos o no desprendernos de las mismas, esto es, purificar nuestras emociones y sentimientos de la carga moral que conllevan nuestras acciones.

La fundamentación de su criminen Raskolnikov la tenía clara, de hecho, lo había publicado poco tiempo antes. Según él, los seres humanos pueden dividirse en dos clases: los ordinarios y los extraordinarios. Los primeros deben vivir en la obediencia, no sintiendo nunca el derecho a transgredir las leyes. Los extraordinarios, en cambio, están autorizados a violar todas las leyes y a cometer todo tipo de crímenes. Estos tienen el derecho, no legal, sino moral, de dejar a su conciencia franquear algunos obstáculos en el caso de que de esa manera lo exija la realización de sus pensamientos. Todos los legisladores y guías de la humanidad, afirma Raskolnikov, fueron criminales. Al promulgar nuevas leyes, debían violar las anteriores que habían sido cumplidas lealmente por toda la sociedad y que fueron trasmitidas de generación en generación. Ninguno de estos seres extraordinarios dio un paso atrás frente a los derramamientos de sangre, por poco que fuese el beneficio que de ello obtuvieran.

La clase inferior, de hombres ordinarios, corresponde al rebaño cuya sola misión es reproducir seres similares a ellos. Conservadores, sensatos, obedientes y dependientes. La clase superior, en cambio, no responde a las leyes, teniendo la tendencia a violarlas, destruyendo el orden establecido en vista de alcanzar un mundo mejor. Raskolnikov creía ser uno de estos y con su crimen no hacía más que probarse a sí mismo si efectivamente podía empezar a vivir una vida superior e independiente. El crimen no fue más que su radical método para comprobarlo. Pues, por más que se sentía quizás a gusto en su confinamiento intelectual, sus condiciones materiales eran más que precarias. Como señala, en los cuartos bajos y angostos, como en el que vivía, se terminan por ahogar el alma y el pensamiento. El crimen era una vía para salir de tal condición. Quiso, audazmente, obtener poder sacudiendo el edificio en sus bases para terminar destruyéndolo por completo, así como quien necesita de un sobresalto para despertar de un sueño. Así, más que matar a otro, lo que buscaba Raskolnikov era matarse a sí mismo.

Como señalara antaño Calicles, quienes establecen las leyes, parecen ser los débiles, la multitud, con el fin de atemorizar a los más fuertes y capaces de poseer mucho, para que no tengan más que ellos. Establecen así que es injusto tratar de poseer más que los otros. Sin embargo, por naturaleza, afirma Calicles, es justo que el fuerte tenga más que el débil y, con esto, que lo domine. Pero, a pesar que los seres superiores tengan de su lado la naturaleza ¿pueden desprenderse de la carga moral de sus acciones? A Raskolnikov, como parece mostrarnos Dostoyevski, no parece haberle ido muy bien con esto. Una cosa es creerse un hombre superior, otra muy distinta es serlo.

Eduardo Schele Stoller.

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