Bauman y la visión turística de mundo

Al igual que el vagabundo, el turista, nos dice Bauman, sabe que no permanecerá mucho tiempo en el sitio al que llegó. La capacidad estética del turista, su curiosidad, necesidad de diversión, disposición y capacidad de vivir experiencias nuevas y placenteras buscan lograr poseer una libertad de esparcimiento total. Los turistas, a juicio de Bauman, pagan por su libertad, pagan por el derecho a pasar por alto los intereses y sentimientos de los nativos (2011: 275).

El turista quiere tejer su propia red de significados, obtenidas mediante una transacción netamente comercial. La rutina cotidiana para los nativos, para el turista, destaca Bauman, es una mera colección de emociones exóticas, de dramas históricos y de rutinas ajenas. Físicamente cerca, espiritualmente remoto, esa es la fórmula del turista. El alto precio que paga lo hace en parte para que no haya proximidad moral, es decir, para asegurar su libertad y evadir el deber (2011: 275).

Pero el problema es que, como ha destacado Bauman, en el mundo posmoderno, el turista ya no es una persona marginal o confinada a un tiempo determinado. Sino que ha pasado a configurar el modelo de vida y cotidianeidad. El turismo ya no es así algo que solo se practique en vacaciones. La vida normal, la vida buena, deberá ser una vacación continua. La pretensión es vivir en una cultura del carnaval, en donde haya constantes ferias de ruptura publica de la moralidad, la tradición, la rutina (2011: 276).

El rito, el exceso, representados en la figura de Dionisos de antaño, amenaza ahora con extender su temporalidad a un estado de vacación constante, en donde la única moral que vale será aquella del derecho a la liviandad, a la felicidad, al no reconocimiento del otro. Pero en el fondo, esta es una no moral, pues ésta siempre ha sido entendida de la mano del deber, idea que busca erradicarse desde la lógica del turismo.

Eduardo Schele Stoller.

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