La felicidad ¿medio o fin?

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Antes de hacernos esta pregunta deberíamos saber qué es o qué se entiende por felicidad. Nos limitaremos aquí a la definición utilitarista, la cual parece primar en nuestros días. Para este enfoque, la acción adecuada es aquella que produce el máximo de felicidad para una mayor cantidad de población, es decir, remite solo a criterios cuantitativos. William Davies ha destacado que para el utilitarismo, la política y el derecho deben imitar a las ciencias naturales, donde cada nombre se refiere a algo real y no ficticio. Las palabras del discurso filosófico (bondad, deber, existencia, mente, justo, autoridad, causa, etc.) no designan nada en absoluto (Bentham). Por lo tanto, cuanto más abstracta es la proposición, más probable es que tenga que ver con una falacia (2015: 21, 25). Si bien la felicidad, nos dice Davies, puede que no sea un fenómeno físico y objetivo, sí es el resultado de varias fuentes de placer, por lo que tiene una firme base fisiológica. En este sentido, la labor de un gobierno consiste en promover la felicidad de la sociedad, por medio del castigo y la recompensa. Dejando atrás el mundo de las ilusiones lingüísticas, bajo criterios como la duración, la certeza, la extensión y la intensidad. (2015: 26-28, 31).

A esto ha contribuido además los cambios en las visiones económicas. Los economistas políticos clásicos, señala Davies, argumentaban que el valor de un bien o servicio estaba en función del tiempo empleado en hacerlo. Sin embargo, Jevons, Walras y Menger cambiaron este enfoque al considerar ahora el valor desde la perspectiva de la persona que efectuaba el desembolso de dinero, en lugar de la del individuo productor de los bienes. El valor iba a convertirse así en una cuestión de percepción subjetiva. Ahora serían las ansias interiores del consumidor las que determinarían el valor, en base a sus miedos y fantasías (2015: 65-67, 69).

El capitalismo moderno, según Davies, se entiende como un escenario de experiencias psicológicas, en el que los objetos físicos son vistos solo como medios para la producción de sensaciones que se adquieren por medio de dinero. Una mercancía es así cualquier cosa que pudiera ofrecer placer o evitar sufrimiento. La premisa psicológica de Bentham que establecía que el dinero genera una cantidad proporcional de felicidad ha sufrido un giro, pues lo que ahora se sugiere es que una determinada cantidad de felicidad sirve para producir una suma precisa de dinero (2015: 70, 135). En un mundo en el que no podemos ponernos de acuerdo sobre lo que es bueno y lo que es malo, Davies destaca que la medición cuantitativa ofrece una solución, olvidándose de las problemáticas filosóficas en torno al “bien común”, “la justicia” o “la verdad” (2015: 171, 173).

El utilitarismo se obsesionó con la felicidad, ya sea a nivel individual o social. Como ya concebía Aristóteles, la felicidad sería, efectivamente, el bien supremo, pues, se quiere por sí misma y no para alcanzar otra cosa. Bentham y Mill coincidían en tal diagnóstico. Sin embargo, bajo el utilitarismo contemporáneo, la felicidad es entendida como un medio más en la búsqueda de obtención de beneficio económico. El problema es que este beneficio, alcanzado a través del consumo, ahora no siempre es propio.

Eduardo Schele Stoller.

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