Harari y la superación de lo humano

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Según Yuval Noah Harari, los evidentes aumentos en los niveles de prosperidad humana, hará que nos tracemos nuevas metas y objetivos, a saber, la felicidad y la divinidad. Y es que el hombre no se contenta solo con suplir las necesidades básicas. Al respecto, Harari señala que la felicidad se sustenta en dos aspectos: uno biológico y otro psicológico. Con respecto a esto último, la felicidad depende no solo de condiciones objetivas, sino que también de expectativas, de donde se genera el problema que, al mejorar las condiciones básicas, las expectativas se disparan, pero con ello, a su vez, disminuye la satisfacción (2016: 30, 33, 45, 47).

La filosofía que ha estado detrás de esto ha sido, sostiene Harari, el humanismo, mediante el cual se ha sacralizado la vida, la felicidad y el poder del homo sapiens. Sin embargo, ahora la humanidad se ve ante la posibilidad de sustituir la selección natural con el diseño inteligente, extendiendo además la vida desde el ámbito orgánico al inorgánico (2016: 80, 89). Lo anterior tiene que ver con el reconocimiento de que la historia gira alrededor de nuestros relatos de ficción, los cuales no solo han sido utilizados para describir la realidad, sino que también para remodelarla. Las ficciones, afirma Harari, nos permiten cooperar mejor, pero, a cambio, nos arriesgamos a que la misma ficción pase a determinar los objetivos de nuestra cooperación. En este sentido, nos puede parecer que el sistema funciona muy bien, pero únicamente si adoptamos los criterios propios del mismo sistema (2016: 177, 189, 198).

Por ejemplo, según Harari, la religión es una creación humana que se define por su función social y no por la creencia en existencia de deidades. Las religiones legitiman así las estructuras sociales asegurando que reflejen ciertas leyes, mediante la revelación dada por diferentes visionarios y profetas (Buda, Lao-tsé, Hitler, Lenin). La religión, por tanto, es una herramienta para preservar el orden social y para organizar la cooperación a gran escala[1] (2016: 205, 208).

Pero esto pacto social hoy viene a ser reemplazado por la ciencia. Mientras la religión, señala Harari, busca la mantención de la estructura social, la ciencia, en cambio, está mas interesada en el poder (curar, combatir, producir). El pacto de la modernidad es un contrato mediante el cual renunciamos al sentido a cambio de poder. Mientras antes había un plan cósmico que daba sentido a la vida humana, lo hacía a través de una restricción de nuestro poder, pues solo éramos actores en un escenario y en una trama ya escrita. Pero a cambio de la renunciar al poder, la vida de los humanos premodernos ganaba en sentido, ya que contaban con una protección psicológica ante la adversidad. Sin embargo, afirma Harari, hoy la vida ya no tiene guion, dramaturgo, director, productor ni sentido. Las cosas simplemente ocurren, una después de otra. Pero al no creer el mundo moderno en la finalidad, ahora somos libres para hacer todo lo que queramos (2016: 223, 225-226).

El deber nos daba sentido, el poder ahora nos da libertad y, con esto, nos hace más conscientes de nuestras creencias y acciones ¿A quién responsabilizar ahora por lo que hacemos o no hacemos? El desamparo, la angustia, la ansiedad, son sentimientos propios de un humano que sufre el necesario mareo de la constatación de la libertad. A la deriva, sin rumbo prefijado por un diseñador que lo ampare, cada cual ha de trazar su ruta de sentido. Pero en realidad, lo que hacemos, es ir a ciegas tras las muchas rutas que han trazados otros. Seguimos evitando el pensar por uno mismo, seguimos evitando hacernos responsables de nuestra propia existencia. Quizás aquí radique la razón de la obsesiva tendencia a la superación de la humanidad a través de la tecnología. Quizás convertidos en dioses lograremos regocijarnos en nuevos sentidos, en una nueva religión.

Eduardo Schele Stoller.

[1] La religión difiere a su vez, según Harari, de la espiritualidad, pues ésta úlrima representa un viaje individual, no social. De allí que las religiones la vean más bien como una amenaza (2016: 208, 210, 211).

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