El utilitarismo de Mill

Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho.

Mill plantea que al tener todas las acciones como motivo algún fin, debemos suponer que las reglas de las acciones dependen del fin al que están subordinadas. Es decir, lo correcto o incorrecto no puede ser determinado de antemano (a priori), subordinándose solamente a la comprensión del significado de ciertos términos. Lo correcto y lo incorrecto, afirma Mill, así como la verdad y la falsedad, son cuestiones de observación y experiencia. En particular, se dirimen en torno a la noción de utilidad (2007: 42-42).

Desde Epicuro a Bentham, se ha asociado la utilidad con el placer y la liberación del dolor. La moral de la utilidad o del principio de la mayor felicidad, afirma que las acciones son correctas en la medida en que tienden a promover la felicidad, incorrectas en cuanto tienden a obstaculizarla. El placer y la exención del sufrimiento, señala Mill, son las únicas cosas deseables como fines. Todas las cosas deseables son deseables ya bien por el placer inherentes a ellas mismas o como medios para la promoción del placer y la evitación del dolor (2007: 50).

Por ejemplo, si alguien sacrifica su propio interés en beneficio de otro, tal acción será considera un bien solo si incrementa la suma total de la felicidad, de lo contrario se considera como inútil. Esto quiere decir que el utilitarismo es coherente con la regla de oro, pues demanda a comportarnos con los demás como queramos que los demás se comporten con nosotros. De esta manera, señala Mill, se logran armonizar la felicidad o los intereses de cada individuo con los intereses del conjunto (2007: 65-67). Quienes desean la virtud por sí misma la desean ya bien porque la conciencia de ella les proporciona placer, o porque la conciencia de carecer de ella les resulta dolorosa, o ambas. La felicidad para Mill es el único fin de la acción humana y su promoción el único criterio mediante el cual juzgamos la conducta, de donde se sigue, a su juicio, que necesariamente debe constituir el criterio de la moralidad (2007: 100-101).

Lejos de los placeres corporales, el utilitarismo de Mill hace prevalecer los placeres mentales, pues estos cumplen con una serie de criterios que los convierte en superiores y más deseables, a saber, mayor persistencia, seguridad y menor costo. En este sentido, la estimación de los placeres no depende solo de la cantidad (Bentham). Lo que se busca finalmente es generar la mayor cantidad de felicidad posible. Y aunque ésta sea inalcanzable en plenitud, al menos debemos, sostiene Mill, mitigar la infelicidad (2007: 51, 53, 55, 57, 59). Si bien el utilitarismo de Mill le da preponderancia a los placeres espirituales, nos queda la dificultad de cómo dirimir entre estos. Si debemos elegir por aquellos que produzcan el mayor goce o menos sufrimiento en una mayoría de individuos, los criterios vuelven a ser cuantitativos, dando pie nuevamente a la posible arbitrariedad en la elección de los mismos.

Eduardo Schele Stoller.

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