Merleau-Ponty y la filosofía como tránsito

En su caracterización de la labor del filósofo, Merleau-Ponty señala que si bien éste tiene el gusto de la evidencia, también lo tiene por el sentido de la ambigüedad. Su trabajo es moverse sin cesar del saber a la ignorancia y de la ignorancia al saber. Si reposa, lo hace en ese movimiento. Otro aspecto a destacar es que la relación del filósofo con el ser no es la relación frontal del espectador y el espectáculo; sino que hay una complicidad entre ambos, una relación oblicua y clandestina. Si filosofar, nos dice Merleau-Ponty, es descubrir el sentido primero del ser, no se filosofa abandonando la situación humana: es precisamente, por el contrario, sumergirse en ella a través de la percepción (2006: 8, 14).

Sin embargo, ¿podemos llegar a descubrir este sentido primero del ser? Merleau-Ponty afirma que mientras más nos empecinemos en esta tarea, más veremos multiplicarse entre ellas y nosotros las apariencias por las cuales ellas se expresan y las palabras por las cuales nosotros las expresamos. El espíritu se niega a permanecer inmóvil y concentra toda su atención en esta negativa, no determinando jamás su posición actual más que en relación con la que acaba de dejar (Bergson), como un viajero que, a la zaga de un tren, nunca vería más que los lugares que ha dejado atrás. Estamos siempre, según Merleau-Ponty, en la situación de este viajero (2006: 16-17). La filosofía no puede ser un cara a cara del filósofo con lo verdadero o un juicio llevado en lo alto sobre la vida, el mundo, la historia, como si el filósofo no estuviera en él. Quizás esta constatación ha convertido al filósofo en lo que Merleau-Ponty caracteriza como un mero funcionario, un escritor sin libertad, amarrado al universo académico, donde las oposiciones de la vida son amortiguadas y las ocasiones del pensamiento veladas (2006: 23-24, 29).

Hoy se nos dificulta el transito entre la ignorancia y el saber, pues, tendemos a comprometernos con la confianza o la desconfianza, ambas de carácter dogmático. Estas actitudes no pueden ir más que en desmedro de la crítica racional, reemplazándose ahora por un sinnúmero de reacciones viscerales ante los más diversos juicios. Ya sea que crea que, a priori, una visión contraria a la propia nunca está en la verdad (dogmatismo) o que la verdad misma es inalcanzable (escepticismo), en cualquier caso, cualquier tipo de diálogo se vuelve infructuoso. Ya lo decía Merleau-Ponty; si amamos pocas cosas (o nos comprometemos solo con una actitud), detestaremos muchas. Perdido el continuo tránsito entre el saber y la ignorancia, perdida se encuentra también la filosofía.

Eduardo Schele Stoller.

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