Lavelle y la cura del narcisismo

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Quizás la figura mitológica que mejor representa hoy nuestra falta de conciencia es la de Narciso. En su estudio sobre este mito griego, Luois Lavelle señala que no podemos conocernos a menos que regresemos hacia nuestro propio pasado, es decir, hacia un ser que ya no somos. Sin embargo, vivimos constantemente volviendo nuestra voluntad hacia un provenir en el que todavía no estamos y esto, porque Narciso no deja de mirarse y de pensar en sí mismo, rehusándose a dejar de convertir un manantial en una fuente para contemplarse, intentando, a su vez, disfrutar de su propia historia antes de que ésta haya concluido (2007: 12).

Narciso, afirma Lavelle, es castigado por querer contemplar su ser antes de haberlo creado. Quiere encontrar en sí una existencia que, mientras no la haya ejercitado, no será sino una mera potencia. Narciso se contenta con esta posibilidad, convirtiéndola en una imagen engañosa, estableciendo en ella su morada, en vez de hacerlo en su propio ser. Su error más grande radica entonces en creer que su apariencia se corresponde con un verdadero ser, algo que solo se logra, según Lavelle, en la medida en que avanzamos en la vida, lo cual nos va dando un mayor conocimiento de nosotros mismo. Al mirar hacia atrás podremos medir el camino recorrido y descubrir la huella de nuestros pasos. La fuente en la que Narciso se contempla debería ser visitada en el crepúsculo y no en la aurora, de lo contrario nos unimos solo con lo aparente (2007: 13).

Narciso, señala Lavelle, busca además el milagro de la conversión de su propio ser en uno al que pueda ver como alguien distinto de él. Es el deseo de amarse a sí mismo como otro podría amarlo, lo que hace que intente conocer la apariencia que proyecta de sí mismo a algún otro ¿Cómo verse, se pregunta Lavelle, si no es transformándose en eso visto y de lo que está ausente? Es necesario así abandonarse para poseerse, pues el conocimiento no puede poseer la existencia de aquello que conoce. Pero Narciso quiere reunir el ser y el conocer en el mismo acto de su espíritu (2007: 14-15).

Lavelle nos dice así que el deseo de Narciso es el de ser él mismo el amante y el objeto amado, esto es, el de reunir en sí dos actos que no se producen sino oponiéndose; encontrarse al abandonarse. El crimen de Narciso radica en preferir su imagen antes que a sí mismo, ya que, podríamos decir, se obsesiona con poseerse como si fuera un otro, algo imposible, pues, como nos dice Lavelle, alcanzar su propia imagen y confundirse con ella significaría morir (2007: 16). Pero aunque lo lograra, dejar atrás su propia apariencia no haría más que causarle pesar y desilusión, pues el amor se basa siempre en un cierto grado de idealización y/o simbolización que, para mantenerse, requiere de cierta distancia. En este sentido, Narciso, al menos hoy, no busca conocerse a sí mismo, sino conocer como lo idealizan o simbolizan los demás. El narcisismo se cura, en consecuencia, siendo más conscientes de nuestro verdadero ser, pero esto no llega sino hasta entrada la vida, pues es conciencia del pasado. De allí que el narcisismo aflija necesariamente a la juventud, al radicar sus obsesiones principalmente en el presente y el futuro.

Eduardo Schele Stoller.

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