La ética de Aristóteles

En la ética aristotélica podemos ver claramente su enfoque teleológico, pues considera allí que toda actividad humana tiene un fin y que tiende hacia algún bien. El bien, de hecho, es aquello hacia lo que todas las cosas tienden. Vivir y obrar bien para Aristóteles es sinónimo de felicidad, fin último y supremo del ser humano, ya que el bien que se busca por sí mismo será el más perfecto. Este es el caso de la felicidad, la cual se busca por sí misma y nunca por otra cosa, mientras que los honores, el placer, las podemos desear a causa misma de la felicidad. Nadie busca la felicidad por otra cosa, pues es algo perfecto y suficiente (2007: 21,24, 31).

¿Cómo alcanzar la felicidad? Para Aristóteles la alcanzamos mediante la realización de la función que nos es propia; la actividad del alma según la razón, función especifica del ser humano (2007: 30). Aquí se une lo gnoseológico con lo ético, al señalarse que el bien del hombre es una actividad del alma (racional) de acuerdo con la virtud. El hombre feliz vive y obra bien, pues los que actúan rectamente alcanzan las cosas buenas y hermosas (2007: 31-32). Con respecto a la virtud, Aristóteles identifica dos tipos, las dianoéticas, que se originan y desarrollan producto de la enseñanza (requieren de tiempo y experiencia), y las éticas, que proceden de la costumbre. Al no ser dadas en nosotros por naturaleza, las virtudes deben practicarse. Seremos justos, por ejemplo, practicando la justicia. En lo concreto, para Aristóteles, la virtud se asocia al termino medio entre dos extremos, uno considerado como defecto y el otro como exceso. Por ejemplo, el valor será considerado una virtud, pues es el término medio entre la cobardía (defecto) y la temeridad (exceso) (2007: 45, 49).

Si bien Aristóteles considera, además de la vida contemplativa, la política y el placer como modos de vida, tiene una visión crítica con respecto a esta última, al afirmar que los hombres que eligen inclinarse por el placer se muestran serviles al preferir una vida de bestias. Y es que los placeres no los considera en absoluto como un bien, de hecho, el hombre moderado es aquél que logra rehuir de los placeres, buscando la ausencia de dolor más que la sensación de lo agradable. Pero la principal dificultad, según Aristóteles, es que los placeres impiden el pensar. Cuanto mayor es el goce, menor es el pensamiento1. La mayoría se inclina hacia los placeres y son esclavos de ellos, considerados como fines en sí mismo, están impedidos a llegar al termino medio (2007: 25, 159, 214).

La virtud entonces no se refiere al cuerpo, sino al alma, y la felicidad será una actividad propia de ella, pues se relaciona el intelecto, sostiene Aristóteles, con el conocimiento de los objetos nobles y divinos. La actividad contemplativa, de acuerdo con la virtud, será la felicidad perfecta. Las virtudes, entonces, van siempre acompañadas de la razón, ya que no es posible ser bueno sin prudencia, ni prudente sin virtud moral (2007: 39, 139-140, 219). La importancia del enfoque teleológico para la ética de Aristóteles radica, por tanto, en esclarecer cual es nuestro verdadero fin. Si la razón nos pertenece por naturaleza, nuestra meta será alcanzar la felicidad mediante el ejercicio de la misma; bueno será, a su vez, todo aquello que nos ayude a perfeccionarla y malo todo aquello que lo dificulte, tal como hemos visto con la entrega a los placeres. Aristóteles no podría así más que criritar el hedonismo contemporáneo.

Eduardo Schele Stoller.

1Vease por ejemplo lo que ocurre con niños y animales (2007: 159).

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