Pierre Hadot y el sentimiento oceánico

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El “sentimiento oceánico”, aludido por primera vez por Romain Rolland, quiere expresarse la impresión de ser una ola en un océano sin límites, de ser una parte de una realidad misteriosa e infinita, esto es, el sentimiento de estar aquí y ahora, en medio de un mundo intensamente existente (Michel Hulin). Es la sensación, señala Hadot, de una pertenencia esencial entre yo mismo y el universo ambiente o la impresión de inmersión, de dilatación del yo en Otro. El estremecimiento de la voluptuosidad divina al pensar en espacios infinitos (28-29).

El sentimiento oceánico es el paso previo a un despertar mayor de la conciencia de la propia existencia. El mismo Hadot cree que el origen de su vocación filosófica coincide con tal sentimiento, al haberle proporcionado el desarrollo de una sensibilidad mayor con respecto a la naturaleza, el universo y la existencia, en donde el yo tiene el sentimiento de una presencia o de una fusión con otra cosa distinta (125). Lo mismo ya había sido constatado por Wittgenstein, al señalar que la existencia misma, esto es, el hecho de que que el mundo sea, es algo místico, algo indecible, que produce tanto angustia como felicidad. En el momento de este éxtasis, señala Hadot, el yo sale de sus limites y se dilata en el infinito, accediéndose a un modo de ser superior, pues al punto más elevado al que puede llegar el yo es el punto en que tiene la impresión de perderse en algo que lo supera (128, 133).

Hadot describe tres niveles del yo: el de la conciencia sensible (identificación del yo con el cuerpo), el de la conciencia racional (el yo toma conciencia de sí mismo como alma y reflexión discursiva) y el de la conciencia espiritual (en el que el yo descubre que siempre ha sido espíritu o intelecto, superando la conciencia racional, para alcanzar una mayor lucidez espiritual e intuitiva, sin discurso ni reflexión). Pero la experiencia mística representaría un nivel distinto, pues allí se supera la identificación con el espíritu, llegando a un estado de unidad y simplicidad absoluta; en indeterminación e infinidad. Se dilata el yo en el infinito, experiencia, según Hadot, rara y excepcional para el filósofo (134).

El sentimiento oceánico puede despertar la inquietud filosófica, más no ser su compañera, pues su sensación se acerca más a lo místico, ante lo cual el espíritu se diluye y decae la reflexión. Si al filósofo se le entiende como amante de la sabiduría, éste no podría más que angustiarse en un estado carente de razón. La necesidad del sentimiento oceánico radica quizás en, de vez en cuando, sacarnos de nuestras certidumbres, sirviendo como un impulso a la reflexión o, tal vez, como un descanso de la misma.

Eduardo Schele Stoller.

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