Consumismo, ideología y dogmatismo

Un comentario

Según Lipovetsky, el hedonismo de la sociedad de consumo ha sacudido los cimientos del orden autoritario, disciplinario y moralista, razón por la cual ya no sería apropiado interpretar nuestra sociedad como una máquina de disciplina, de control y de condicionamiento. Contra las imposiciones colectivas, hoy se manifiesta la liberación sexual, la emancipación de las costumbres, la ruptura del compromiso ideológico. La vida a la carta, afirma Lipovetsky, es la de un sujeto que espera y que, por lo mismo, acaba conociendo la decepción, pues deseo y decepción van siempre de la mano (2008: 16-17, 20).

Así, mientras más aumentan las exigencias de bienestar, más aumenta la frustración. Si bien la súper oferta, los ideales psicológicos y los ríos de información han dado lugar a un individuo más reflexivo, de paso, nos señala Lipovetsky, también han contribuido a generar un individuo más exigente, es decir, más propenso a sufrir decepciones. Ya no vivimos en la cultura de la vergüenza y la culpa, sino en la de la ansiedad, la frustración y el desengaño (2008: 21). El problema es que ya no disponemos de hábitos religiosos o institucionales que logren aliviar tales dolores. La responsabilidad y el pesar caen hoy en uno mismo. Pero lejos de afrontarlo, a lo que se nos invita es a la constante distracción y gozo. Las sociedades tradicionales, señala Lipovetsky, tenían el consuelo religioso; las sociedades hipermodernas, en cambio, utilizan la incitación incesante a consumir, a gozar, a cambiar (2008: 23),

En las sociedades antiguas se lograba vivir en una mayor armonía, pues se tendía a no desear más de lo efectivamente factible o alcanzable y, en consecuencia, las decepciones eran más bien acotadas. Mientras que en las sociedades modernas, según Lipovetsky, ya no se sabe qué es posible y qué no. Al ya no estar sujetos por normas sociales estrictas, los apetitos se disparan, ya no estando dispuestos a resignarnos ni contentarnos con la suerte (2008: 25).

La sociedad de consumo nos condena a vivir en un estado de insuficiencia perpetua, a desear más de lo que podemos comparar. Se nos tiene siempre insatisfechos, amargados por todo lo que no podemos permitirnos. El neoconsumidor, señala Lipovetsky, lo quiere todo y de manera inmediata, pues la menor avería o demora le pone furioso. La hipervelocidad es de hecho otro motivo de irritación y descontento (2008: 44, 46)

Como hemos destacado, quien debe hacerse cargo de este malestar es el mismo individuo, debido a la cada vez mayor dificultad para adherir a una ideología, lo cual, a su vez, según Lipovetsky, ha generado una explosión de identidades que genera un proceso de fragmentación social, cuyo resultado es un mosaico de minorías y grupos que se menosprecian o se odian entre sí (2008: 68). En este sentido, no necesariamente una mayor diversidad y pluralismo teórico conlleva una mayor tolerancia, pues, de hecho, lo que podemos constatar hoy en la práctica es que cada quien parece atrincherarse en su propio marco, atacando y desacreditando a los demás. El dogmatismo parece así también haberse pluralizado, respondiendo eso sí ahora a los caprichos del consumidor. Seguimos creyendo lo que queremos creer, la diferencia ahora es el aumento de la oferta de dogmas.

Eduardo Schele Stoller.

 

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