La sociedad de masas y los peligros de la deshumanización del otro

Para el filósofo chileno Jorge Millas (1917-1982) el fenómeno de masificación es uno de los componentes del proceso de cambio social que se atestiguaba ya en el siglo XX. A través del desarrollo de la técnica y el maquinismo, se ha hecho primar la cantidad por sobre la calidad, el automatismo por sobre la libertad, el acostumbramiento por sobre el asombro, lo utilitario por sobre lo ético y estético, la comodidad por sobre el esfuerzo y lo artificial en vez de lo espontáneo (1962: 31, 49). Tales características contribuyen para la conversión del ser humano en cosa. La cosa, destaca Millas, es algo con que nos encontramos pero que no nos importa por sí, sino por su pertenencia a una legalidad instrumentalmente indispensable para vivir. La cosa carece así de toda dignidad, pues su atingencia es puramente funcional, según el interés humano que la valore. Por lo demás, la cosa es siempre un ejemplar de cosa, esto es, un miembro indiferente de una clase de unidades idénticas, careciendo, por tanto, de todo interés individual. El humano, convertido en cosa, despojado de dignidad, acaba, según Millas, por ser tratado como una mera herramienta, como fin no en sí, sino siempre en relación con otra cosa (1962: 53).

Es en esta cosificación deshumanizadora en donde reside el principal peligro de la sociedad de masas, a saber, cuando las personas comienzan a estar de más y comienzan a molestarse entre sí. La sociedad de masas nos induce al aburrimiento y a la indiferencia ante un prójimo excesivamente reiterado en torno nuestro. Los humanos dejan de ser individuos. Cuantificados, nuestra condición se hace genérica, desindividualizándonos, deviniendo en meros objetos (1962: 53, 55).

¿Qué relación tiene este fenómeno con la moral y la ética? La relación ética, afirma Millas, es la expresión suprema de la percepción cualitativa del prójimo. Solo hay deberes morales respecto al otro reconocido como persona. No obstante, si el otro, como hemos visto, se transforma en lo otro, esto es, en una entidad indiferente e impersonalizada, desaparece el soporte ontológico de la relación moral y, por tanto, la posibilidad misma de la experiencia ética, haciéndose común entonces la impasibilidad frente al sufrimiento ajeno (1962: 55). La anestesia de la conciencia moral lleva además, sostiene Millas, a la degradación de la libertad como valor, pues se destruye la estructura dialogante del ser humano. Al eliminarse el prójimo, se extingue la relación intersubjetiva y, con ello, el dominio de mi posibilidad de ser, pues lo que somos se basa siempre desde los otros. Esto es lo que hace suicida todo acto destructivo de la identidad personal del prójimo, ya que al despojar de valor al otro, me despojo de valor a mí mismo (1962: 55-56).

Paradójica situación la de hoy en día; la masificación de los medios de comunicación ha hecho cada vez más improbable la comunicación. Producto de esto, destaca Millas, ningún otro tiempo tuvo una conciencia más preocupada de sí ni fue más ego consciente que el nuestro. Vivimos inclinados sobre nosotros mismos, con obsesiva pasión de autoconocimiento. Y es que la identidad del otro ya no nos importa, pues éste solo es visto como obstáculo o como vía para la realización de nuestros fines. El yo y el otro, afirma Millas, se han vuelto indiferentes, banales, ejemplares sustituibles de una monstruosa entidad colectiva (1962: 56, 90, 97, 100). La masificación social trae aparejada, por tanto, la negación del espíritu. El hombre convertido en una unidad idéntica del número masivo, anulada su cualidad singular por la cantidad indiferenciada, deviene, señala Millas, en cosa inerte, en masa, en algo carente de impulso propio y que se mueve a merced de la acción mecánica de algún control externo. No podemos así más que sentirnos frustrados al constatar, si es que logramos hacerlo, que cada vez somos menos dueños de nosotros mismos (1962: 89, 116)

¿Cómo reclamar la moral si el valor ya no está en las personas sino en las cosas? ¿Cómo incitar al diálogo si no hay un otro que reciba mi mensaje? Y si hubiese otro ¿cómo recibir su mensaje si yo mismo me he vuelto un objeto? El otro así ya ni si quiera puede ser visto como una herramienta, pues esto supondría saber lo que yo quiero hacer con ella. Pero un objeto no piensa, no es consciente más que de sus disposiciones naturales o intereses personales. Lo único que busca la masa como fin es el consumo, y las personas, como ha destacado Millas, no son hoy más que medios para esto. Lo cuantitativo, que siempre fue visto como un medio para alcanzar alguna cualidad superior, hoy, en la sociedad de masas, es valorado como un fin supremo.

Eduardo Schele Stoller.

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