Benjamin señalaba que la primera experiencia que el niño tiene del mundo no es que los adultos son más fuertes, sino su capacidad de hacer magia. Tal magia, no es, a juicio de Agamben, conocimiento de los nombres, sino que, por el contrario, trastorno y desencantamiento del nombre. De allí la felicidad de un niño al inventar una lengua secreta. Y es que su tristeza, considera Agamben, no proviene de la ignorancia de los nombres mágicos, sino de su dificultad para deshacerse de los nombres que le han sido impuestos (2005: 21, 24-25).

Esto puede relacionarse con lo que Agamben llama “parodia”. Mientras la ontología presenta una relación coherente entre lenguaje y mundo, la parodia expresa la imposibilidad de la lengua para alcanzar la cosa y la de la cosa para encontrar su nombre. La parodia estará marcada así por el luto, la burla e incluso por la lógica del silencio (2005: 62). Pero lejos de seguir el camino de la profanación, históricamente hemos sido condenados a ser presos de las palabras. Este es, por ejemplo, la vía seguida por la religión.

Es posible definir la religión, señala Agamben, como aquello que sustrae cosas, lugares, animales, o personas del uso común y los transfiere a una esfera separada. No solo no hay religión sin separación, sino que toda separación contiene o conserva en sí un núcleo auténticamente religioso. Un dispositivo que realiza y regula tal separación es, según Agamben, el sacrificio, pues a través de éste se lleva lo que pertenece al ámbito de lo profano al ámbito de lo sagrado, esto es, de la esfera humana a la divina (2005: 98).

Si uno de los roles de la religión es hacer respetar la separación entre lo sagrado y lo profano, a través de ella, por tanto, no se busca unir a los hombres con los dioses, sino que velar por mantenerlos separados, evitando así la profanación (2005: 99). Sin embargo, la lengua parece hoy haber perdido su carácter normativo y, con ello, su tinte religioso. Se han desencantado así los nombres, perdiendo sus trascendencias y estatus. De regreso a la infancia, hoy nos sentimos libres para deshacernos de los nombres impuestos para crear en su lugar palabras y denotaciones propias[1]. Hoy, como nunca, nos vemos posibilitados para hacer magia.

Eduardo Schele Stoller.

[1] Véase, por ejemplo, el conflicto que ha generado la propuesta de un lenguaje no sexista.

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