La identidad desnuda y el desencanto de la belleza

El deseo de ser reconocido por los otros es inseparable del ser humano. Y es que solo a través del reconocimiento de los otros es que el hombre puede constituirse como persona. Originalmente, destaca Agamben, persona significa “mascara”, y es a través de ésta que el individuo adquiere un rol y una identidad social. La máscara termina por coincidir con la personalidad que la sociedad le reconoce a todo individuo. Si los otros seres humanos son importantes y necesarios, es sobre todo porque pueden reconocerme (2011: 68).

Este reconocimiento es el que ha cambiado, pues la identidad ya no se basa en función del reconocimiento personal. El hombre, señala Agamben, se quitó la máscara que durante siglos había permitido que se lo pudiera reconocer, pasando ahora a confiar su identidad a algo que le pertenece de modo íntimo y exclusivo, pero con lo que no puede identificarse de manera alguna. Ya no son los otros los que garantizan mi reconocimiento, y tampoco mi capacidad ética de no coincidir con la máscara social que he asumido, tal como un pulgar teñido de tinta, dispositivos biométricos ópticos, esto es, datos puramente biológicos (técnicas antropométricas), mediante los cuales se busca un control absoluto y sin límites por parte de un poder que disponga de los datos biométricos y genéticos de sus ciudadanos (2011: 73-74).

Agamben afirma que la nueva identidad es una identidad sin persona ¿Qué quiere decir esto? Pues que la máscara suponía lo privado, lo oculto, al caer ésta la identidad se desnuda. La reducción del hombre a la vida desnuda nos hace esperar el colapso de los principios éticos personales que han regido tradicionalmente a la ética occidental. Así como el deportado a Auschwitz ya no tenía nombre ni nacionalidad, siendo, afirma Agamben, tan sólo el número que se le tatuaba en el brazo, así también el ciudadano contemporáneo se ha perdido en la masa anónima de los datos biométricos (2011: 75, 77). Esto no deja, sin embargo, de traer cierto alivio, pues nos liberamos del peso de la persona y de la responsabilidad tanto moral como jurídica que ésta supone. La culpa requiere de ser unificada en alguien, pero hoy las máscaras se han multiplicado, difuminando con ello la responsabilidad (2011: 76-77).

Al estar la identidad desnuda, esto es, al imposibilitarse la esfera de lo privado que suponía la máscara, ha decaído con ello también, a juicio de Agamben, la belleza, pues en ella el velo y lo velado, la envoltura y su objeto están unidos, en una relación dominada por lo “secreto”. Bello es el objeto al que le es esencial el velo. La belleza es entonces, en su esencia, indevelable. Si lo bello solo puede existir velado, entonces, afirma Agamben, en el secreto está el fundamento divino de la belleza, pues ella solo puede ser aparente (2011: 122-123). Pero hoy no podemos presenciar más que el desencanto de la belleza en la desnudez, mediante una miserable exhibición de la apariencia, más allá de todo misterio y de todo significado, la obsesión por lo público ha dejado entrever el simple e inaparente cuerpo humano. La desnudez no significa nada, por eso, según Agamben, nos traspasa (2011: 133).

Eduardo Schele Stoller.

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