Feminismo e igualdad de género

Más que analizar los orígenes históricos del movimiento feminista, trataremos de centraremos en la idea de desigualdad género, motor de las recientes demandas de las mujeres en nuestro país. Quien quizás mejor ha dado cuenta de este fenómeno ha sido la filósofa francesa Simone de Beauvoir (1908-1986), quien afirmaba que ya desde la antigüedad, se creía que la mujer es lo que es en virtud de una determinada carencia de cualidades (Aristóteles), considerándose su carácter como algo naturalmente defectuoso (Santo Tomás), esto es, como un hombre fallido (Génesis). La humanidad, sostiene Beauvoir, es masculina, siendo el hombre quien define a la mujer, no en sí misma sino en relación con él. Esto hace que la mujer no tenga consideración de ser autónomo, independiente del hombre. Ella no es más que lo que el hombre decida. En la sociedad humana nada es natural. La mujer es uno de tantos productos elaborados por la civilización. La mujer no se define así por sus hormonas ni instintos, sino por la forma en que percibe, a través de las conciencias masculinas, su cuerpo y su relación con el mundo (2015: 50, 896).

Los dos sexos, plantea Beauvoir, nunca han compartido el mundo en pie de igualdad, aspecto que contradice la perspectiva existencialista que ella misma defendía, según la cual todo sujeto se afirma concretamente a través de los proyectos como una trascendencia, como una expansión hacia un futuro indefinidamente abierto. Pero en el caso de la mujer, la anhelada trascendencia cae en la inmanencia, degradándose así su existencia en una frustración y opresión de su libertad. Los hombres le imponen, afirma Beauvoir, que se asuma con alteridad, pretendiendo petrificarla como objeto, condenándola a la inmanencia, a la inesencialidad, ya sea a través de justificaciones fisiológicas, psicológicas o económicas (2015: 55, 63).

Sin embargo, Beauvoir destaca que solo es posible la comparación entre sexos desde una perspectiva a sí mismo humana, es decir, no es algo dado. Obramos para hacer lo que somos. El hombre no es una especie natural, sino que una idea histórica (Merleau-Ponty). Esto quiere decir que la mujer no es una realidad inmutable, sino un devenir, teniendo que definirla entonces por sus posibilidades. En consecuencia, Beauvoir afirma que no se nace mujer: se llega a serlo. El conjunto de la civilización elabora este producto intermedio entre el macho y el castrado que se suele calificar de femenino (2015: 96, 371).

¿Puede llegar a revertirse esta condición? Beauvoir confiaba en que sí, pero para esto debe antes abrírsele el futuro, dejando de aferrarse al pasado. Los defectos que históricamente se le han reprochado (mediocridad, pequeñez, timidez, mezquindad, pereza, frivolidad, servilismo) ilustran precisamente la estrechez de su horizonte. Si se les destaca solo por la sensualidad y la inmanencia, es porque se las ha encerrado en ellas mismas, dejándolas en una importancia meramente animal. Si la mujer ha dado importancia a las cosas pequeñas, sostiene Beauvoir, es porque no ha tenido acceso a las grandes. Son estas circunstancias las que invitan a la mujer, más que al hombre, a volverse hacia sí y a consagrarse a su amor (narcisismo). Si se ofrece a sí misma a sus propios deseos es porque desde su infancia se le ha reforzado el verse como un objeto (2015: 763-764, 791-792).

Por su parte, la filósofa norteamericana Judith Butler afirma que la noción de “sexo” surge como un ideal regulatorio que busca producir los cuerpos que gobierna. Se constituye así como un poder de producción, como una construcción ideal que se materializa obligatoriamente a través del tiempo, en virtud de la reiteración forzada de esa norma. El “sexo” (femenino o masculino) no es, por tanto, algo que uno sencillamente tiene o una descripción estática de lo que uno es (2002: 16, 19). Lo mismo ocurre, a su juicio, con el “género”, que viene a ser la construcción social del “sexo”, mediante la cual logra accederse a este último. El “sexo” es así absorbido por el “género”, convirtiéndose, en consecuencia, en una mera ficción lingüística (2002: 23-24).

Lo anterior quiere decir, según Butler, que la “mujer” no tiene una esencia. Primero, porque ha sido históricamente excluida del discurso metafísico, siendo vista tan solo como una copia pobre y degradada del hombre. Y segundo, a raíz de esto, su “sexo” ha sido fruto de una mera construcción, pues los cuerpos, como destaca Butler, solo llegan a ser un todo mediante la imagen especular idealizadora y totalizante sostenida en el tiempo por el nombre marcado sexualmente. Tener un nombre es estar posicionado dentro de lo simbólico, relaciones que no existen fuera de algún tipo de poder y regulación (2002: 67, 79, 146). La igualdad de género, en consecuencia, no podrá ser efectiva hasta que esta visión degradante de la mujer sea superada. Pero esto nos deja múltiples interrogantes: ¿tienen hombres y mujeres esencias? De no ser así, ¿quién debe construir las nociones de género? ¿Bajo qué criterios? ¿O son estos términos meras ficciones y arbitrariedades lingüísticas? Algunas de estas y otras inquietudes trataremos de abordar en este café filosófico.

Eduardo Schele Stoller.

* Texto expuesto en el III Café filosófico del Colegio Saint Dominic de Viña del Mar.

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